Thursday, May 21, 2020

Comienzos (11): Génesis 3 - por Julia Blum - 14-5-2020

Comienzos (11): Génesis 3

El Coronavirus ha cambiado los planes de millones —y este blog, desde luego, no ha sido la excepción de esta desafortunada influencia—. Originalmente planeé tener mi serie de «Comienzos» desde principios del 2020 hasta la Pascua —pero como ya sabes, esto no fue lo que sucedió—. Este artículo resume esta serie; y te recuerdo que ahora estamos en Génesis 3, y estamos lidiando con las consecuencias de la Caída. Escribir sobre este capítulo es una tarea desafiante —Génesis 3 es una de las historias más conocidas del mundo—. Sin embargo, ¿podría ser que aún nos estamos perdiendo de algo aquí?
¿Quién fue maldecido?
Primero que todo, hablemos sobre maldiciones y castigos. De alguna manera, las personas a menudo piensan que en esta historia todos fueron maldecidos. Sin embargo, cuando leemos el texto detenidamente, vemos que este no fue el caso. La maldición no estuvo sobre los humanos. Adám nunca fue maldecido. Eva tampoco fue maldecida —ella fue castigada, como lo fue Adám—; él fue castigado al tener que trabajar en un suelo maldecido —porque el suelo, la tierra, desde luego fue maldecido—. Lo mencionamos previamente cuando comentamos sobre la palabra adám: la conexión etimológica entre «hombre» y «suelo» es muy evidente en hebreo, aún así uno no puede notarlo realmente en español. En hebreo cuando dices Adám casi puedes escuchar la palabra adamá en este nombre: se corresponden y relacionan el uno con el otro, como lo hacen los sustantivos masculinos y femeninos en hebreo. Y aquí en Génesis 3 vemos otra prueba poderosa de esta conexión: Cuando Dios castiga a Adám, es adamá quien es maldecida. Esta maldición probablemente se sintió tan fuerte por las generaciones primitivas de los descendientes de Adám, que todos anhelaron que fuera eliminada; lo escuchamos muy claramente en las palabras proféticas de Lamec, el padre de Noé, cuando escoge un nombre para su hijo. Evidentemente Lamec sintió el peso del trabajo sobre la tierra que Dios había maldecido, y miró a su hijo como aquel que traería liberación de la maldición —como uno que proporcionaría comodidad y descanso—. «Y él le llamo Noé, diciendo: “Este nos aliviará de nuestras obras y del trabajo de nuestras manos, a causa del suelo que el Señor maldijo”».[1] Hablaremos sobre esto cuando lleguemos a esos capítulos.
A parte de adamá, la única que recibió la maldición fue la serpiente, la culebra. El SEÑOR pronunció una maldición permanente sobre la serpiente: «Porque hiciste esto, más maldecida serás que todo ganado y que todas las bestias salvajes: sobre tu vientre te arrastrarás y polvo comerás todos los días de tu vida».[2] Es importante saber que el hebreo bíblico no identifica a la serpiente con Satanás. Fue hasta finales del siglo I en un documento judío —el libro de Apocalipsis— que la «serpiente» fue claramente identificada con Satanás: «la serpiente antigua que es el Diablo y Satanás».[3]
Transfiriendo la culpa
Sabemos que, al responder la pregunta de Dios, Adám señaló con su dedo a su mujer: ella tiene la culpa. Cuando Dios le pregunta a Eva, él recibe una respuesta similar: la serpiente tiene la culpa. Después de esto, el SEÑOR pronuncia su castigo —pero, ¿Adám y Eva fueron castigados solo por haber comido del fruto?—.
Desde luego, todos somos conscientes de este juego de transferir la culpa en Génesis 3 y del hecho de que a Dios no le agradó. Sin embargo, nadie ve en esto un problema tan crucial como su desobediencia al mandato de Dios. Aún así, las Escrituras nos dan la razón para creer que desde luego, esto fue un pecado muy grave ante los ojos de Dios —que el castigo posterior de Dios no fue solo por desobediencia, sino también por transferencia de culpa—. ¿Cómo lo sabemos?
¿Alguna vez se han preguntado por qué la línea monárquica de David llegó de la tribu de Judá? ¿Por qué este hijo particular de Jacob fue honrado con este grandioso privilegio? Encontramos una respuesta en Génesis 38, en la historia de Tamar: aquí Judá se convierte en la primera persona en la Biblia en tomar responsabilidad por sus propias acciones y arrepentirse. A diferencia de Adám que dijo: «ella tiene la culpa», Judá dijo: «yo tengo la culpa».
«Ella ha sido más justa que yo».[4] Judá es la primera persona en el libro de Génesis —,y por lo tanto, en toda la Biblia— que confiesa su pecado, toma responsabilidad por este y cambia su comportamiento: él se arrepiente. Creo que esta es la razón por la que Dios bendice a la tribu de Judá con tan sorprendente privilegio. El nombre Yehudá (Judá) incluso proviene del verbo lehodót, que no solo significa «agradecer» (como probablemente saben muchos de mis lectores), sino también «admitir, confesar». (Por ejemplo, el nombre de una oración de confesión, Vidúi, proviene de esta raíz). Y una vez que entendemos cuán importante es esta confesión ante los ojos de Dios, también entenderemos qué pecado tan terrible fue este juego de transferir la culpa en Génesis 3.
Vestiduras de piel en lugar de vestiduras de luz
Leemos en Génesis 3 que antes de que Dios expulsara a Adám y a Eva del jardín, él les hizo vestiduras para la piel. Algunos comentaristas judíos dicen que antes de que Adám y Javá (Eva) pecaran, sus cuerpos estuvieron vestidos de luz y que como resultado de su pecado, las vestiduras de luz fueron reemplazadas por vestiduras de piel. ¿El texto apoya este concepto?
Si lo lees en hebreo, queda claro por qué los judíos sabíos dijeron eso. La palabra hebrea para «piel» es ÓR (עוֹר): «áyin, váv, résh». La palabra hebrea para «luz» también es ÓR (אור) pero se deletrea: «álef váv, résh». Originalmente, Dios vistió a Adám y a su esposa con las vestiduras de luz celestial. ¿Por qué la perdieron?
Esta es una de las sorprendentes características del hebreo: los profundos mensajes de sus letras no deberían perderse. Las palabras hebreas para «luz» y «piel» difieren solo en una letra: álef para «luz» y áyin para «piel». El valor numérico de álef es 1 y el de áyin es 70. La diferencia entre ellos es 69, representado por las letras hebreas sámej (ס) y tét (ט). La raíz de la palabra sámej significa «apoyarse», «apoyar». La pictografía para tét se ve como una culebra. Al apoyarse sobre la culebra, Adám y Eva perdieron sus vestiduras de luz (אור) y tuvieron que vestirse con vestiduras de piel.

[1] Génesis 5:29.
[2] Génesis 3:14.
[3] Apocalipsis 20:2.
[4] Génesis 38:26.

En este artículo se incluyen extractos de mis libros «Biblical Portraits: Judah» y «Unlocking  the Scriptures». Si te gustaron los artículos de este blog, también puedes disfrutar de mis libros, los puedes obtener desde mi página en Amazon:
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Además, si estos artículos abrieron tu apetito por descubrir los tesoros ocultos de la Biblia hebrea, o estudiar en profundidad la Parashát Shavúa, junto con ideas del Nuevo Testamento, estaré muy contenta en proporcionar más información (y también un descuento de maestro para nuevos estudiantes) respecto a los cursos de eTeacher(juliab@eteachergroup.com).

About the author

Julia BlumJulia is a teacher and an author of several books on biblical topics. She teaches two biblical courses at the Israel Institute of Biblical Studies, “Discovering the Hebrew Bible” and “Jewish Background of the New Testament”, and writes Hebrew insights for these courses.

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Wednesday, May 20, 2020

La embriagadora magia de Jerusalem - Esti Rosen Snukal - 20-5-2020

La embriagadora magia de Jerusalem

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La embriagadora magia de Jerusalem
La magia de Jerusalem llega a lo más profundo de tu corazón.

Iom Iersuhalaim se conmemora este año desde la puesta de sol del jueves 21 de mayo hasta la puesta de sol del viernes 22 de mayo de 2020.

Quienes tuvieron la bendición de caminar, dormir o rezar en la sagrada ciudad de Jerusalem, ya conocen su magia. No es un mito ni una fábula infantil. La magia de Jerusalem es una verdad que permanece en los labios de todo el que respiró su dulzura. Es una magia que te sigue durante años (incluso décadas), te susurra, te llama, te atrae.
Pueden haber pasado sólo unos pocos días o lo que parece ser toda una vida desde que caminaste por sus estrechas callejuelas, o regateaste por el precio de un candelabro de latón con un comerciante con la piel curtida por el sol. Quizás la última vez que besaste las piedras frescas del Muro Occidental fue el último verano o cuando eras un niño pequeño.
Pero en los momentos de calma, cuando cierras los ojos y sólo escuchas tu respiración, puedes sentir en tus venas su mágica calidez. Recuerdas su tacto, la forma en que sentiste las piedras bajo tus dedos: suaves y rugosas, cálidas y frescas.
Y puedes escucharla. Incluso desde la costa de tierras lejanas. Incluso bajo el ruido de las impresoras y la presión por presentar un proyecto a tiempo. Incluso con niños cansados y quejosos y con la rutina cotidiana. Puedes escucharla. La música del mercado, bullicioso y desbordante del frenesí de la vida y del pulso de su gente. El estremecedor sonido del shofar sobre las verdes montañas. La mendiga anciana y sin dientes, sacudiendo su vaso de cartón con unas pocas monedas en la escalera que lleva de la Ciudad Vieja al Kótel, con sus ojos suplicantes.
Puedes oír las sirenas de las ambulabncias que perforan el aire, te estremecen y detienen tus latidos por lo menos durante unos segundos. Y la otra sirena, la que te hace sonreír cada viernes antes de la puesta del sol, recordándote que la Reina Shabat llega dentro de diez minutos. Puedes oír las pisadas de los niños que corren en los patios empedrados debajo de un mosaico de ramas de olivo secas. Y el sonido que producen las lágrimas, la plegaria, la sensación de pertenencia y la verdadera devoción a Dios. Porque lo viste cara a cara en los rostros de tus hermanos y hermanas apoyados con fuerza sobre el Kótel, con sus corazones y sus almas completamente abiertos.
Y cuando rezas, sin importar en dónde te encuentres, y dices la palabra Ierushalaim, puedes sentir que tu alma atraviesa océanos y campos, atraída hacia sus estrechas callejuelas doradas. La escuchas. El antiguo idioma hebreo de nuestro pueblo y las sagradas palabras de nuestra Torá resuenan sobre los techos de tejas y susurran entre los árboles de granada.
Y puedes sentir su olor. Hueles el aroma fresco de lafas y pitas, ya sabes, esas que acaban de salir burbujeantes, suaves y saladas de un horno de ladrillo. Porque ese pan es el aroma de Jerusalem: cálido, embriagador y acogedor. Puedes sentir el perfume de las flores de naranjo en una calurosa y pegajosa noche de agosto, que llega con el aire dulce y delicado del verano.
Sí, ya la conoces. Ya conoces la magia de Jerusalem. Cómo puede atraerte y emocionarte. Cómo puede hacer que te sientas pleno y dejarte vacío de todo menos de añoranzas. Cómo puede devastarte cuando sangra y sufre. Cómo su magia puede alcanzarte incluso si estas cabeza abajo en la otra mitad del planeta nadando en las olas azules de la Gran Barrera de Coral. O sentado en tu oficina en un rascacielos en Manhattan.
Su magia, como tu sombra, siempre te acompaña, acrecentándose por su luminosidad.
Cuánto amamos, nos perdimos, reímos, jugamos, soñamos, lloramos y vivimos toda una vida y mucho más sobre sus adoquines dorados. Debajo de sus arcos. En sus suaves colinas cubiertas de musgo. En sus callejones iluminados por el sol.
Si te olvidara, Oh Iesrushalaim…
Imposible.

Este artículo apareció originalmente en el Jewish Link

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Saturday, May 16, 2020

De la ley al Espíritu del amor - Domingo VI de Pascua - Fernando Torres, cmf

Comentario al Evangelio del 

Fernando Torres cmf

De la ley al Espíritu del amor
      La moral no está de moda en nuestros días. Todo el mundo parece saber perfectamente lo que ha de hacer en cada momento y nadie soporta que le impongan normas u obligaciones. Desgraciadamente, hay muchos que siguen viendo la fe cristiana como una colección de normas, de mandamientos, de obligaciones que hay que cumplir escrupulosamente. Esa sería la condición para obtener la salvación. El que cumple las normas, muchas de ellas de tipo ritual, como ir a misa todos los domingos, confesarse una vez al año, etc. o de cumplimiento externo, como casarse por la iglesia, se garantiza la salvación. Quizá por eso hay muchos cristianos que terminan yendo a misa con el tiempo justo, se quedan en el fondo sin participar demasiado y, como ya están cerca de la puerta, se van en cuanto el sacerdote da la bendición o incluso antes.
      Jesús, en el Evangelio de hoy, plantea la cuestión exactamente del modo contrario. La obligación de los mandamientos como tal no tiene ningún sentido si no se entiende en el contexto de una relación personal con el mismo Jesús: “Se me amáis, cumpliréis los mandamientos”. No se trata pues de cumplir los mandamientos de una forma automática o ciega con el objetivo de conseguir la salvación. El paso primero es encontrarse con Jesús, descubrir quién és y que significa en nuestra vida. De esa relación personal surge el amor y el seguimiento. Los mandamientos son pura consecuencia de esa vida de seguimiento. Pero primero es el amor. Y éste, en ningún caso, se puede imponer como obligación. ¿Es que los que siguen a Jesús y le aman entenderán como una mera obligación la invitación de la Iglesia a reunirse una vez a la semana para escuchar juntos la Palabra y compartir el Pan y el Vino en la mesa de la Eucaristía? Más que una obligación es un gozo y un derecho: el de reunirme con mis hermanos y hermanas y juntos dar gracias a Dios por todo lo que nos regala. 
      Ser cristiano, formar parte de la Iglesia Católica, no es cumplir una serie de normas y mandamientos de forma automática y porque sí. Es formar parte de una familia que se extiende más allá de la sangre y de la cultura. Es haber acogido en el corazón una tradición que viene de siglos. Es haber escuchado la predicación de Felipe y haber recibido el Espíritu Santo de los apóstoles. Ser cristiano es hacer de Jesús el centro de mi vida y amarle y amar a mis hermanos con la fuerza de su ejemplo y de su espíritu. 
      Este domingo hay que mirar a Jesús, hacerle presente en nuestro interior y mirarle a los ojos. Él es la única razón que tenemos para seguir confesándonos cristianos, para cumplir con lo que nos pide el Evangelio y la Iglesia.

Para la reflexión
      ¿Alguna vez amar a un hermano o hermana en una situación concreta me ha llevado a quebrantar una norma de la Iglesia? ¿Por qué? ¿Qué es más importante amar o cumplir los mandamientos? ¿No será que los mandamientos son casi siempre expresión concreta de ese amar que debe caracterizar mi vida como cristiano?

Saturday, May 9, 2020

Comentario del Santo Evangelio del domingo, 10 de mayo de 2020

Comentario al Evangelio del 

Fernando Torres cmf

Somos linaje elegido, nación consagrada, pueblo de Dios
      Está avanzado ya el tiempo de Pascua y conviene que los cristianos tengamos una idea clara de nuestra identidad más profunda. A veces, de tanto caminar por los días de diario y los trabajos de cada cual, se nos olvida que hemos sido elegidos como portaestandartes de una bandera que no es sólo para nosotros sino para toda la humanidad. En Cristo Jesús resucitado somos todos sacerdotes que celebramos la acción de gracias por la salvación que Dios ha regalado al mundo. Así es como construimos el reino de Dios. Porque los sacrificios que ofrecemos no son como los de la Antigua Alianza –holocaustos de carneros y toros– sino la entrega de nuestras vidas al servicio del Reino de Dios, comprometidos en formar ya aquí la familia de Dios, donde reina la verdad, el amor y la justicia. 
      Eso es lo que los cristianos somos por nuestro Bautismo. El desafío está en llegar a ser en la vida real lo que ya somos en la presencia de Dios. Nuestra llamada consiste en llevar a la práctica de cada día ese amor con el que Dios nos amó en Jesús y que nos transformó en “pueblo elegido y nación consagrada”. Para llegar a nuestra meta, el evangelio de hoy nos muestra el camino: el mismo Jesús que dice de sí mismo que es “el Camino, la Verdad y la Vida”. A los apóstoles les costó comprender que mucho más importante que aprender unas verdades era seguir a Jesús. Les costó comprender que no se trataba de aprender teología sino de encontrarse con Jesús y dejarle que fuese el guía que les llevase hasta el Reino del Padre. No había más camino que seguir sus huellas. Hoy nos tenemos que decir lo mismo: ser cristiano es seguir las huellas de Jesús, comportarnos como él lo haría, amar a nuestros hermanos y hermanas hasta darlo todo, como él hizo. 
      Hacer eso en la vida cotidiana no siempre es fácil. Hoy enfrentamos problemas y situaciones que no tienen nada que ver con las que enfrentaron Jesús o los apóstoles. Pero ése es precisamente nuestro desafío: encontrar soluciones creativas, en línea con el Reino, a los problemas que nos encontremos. Como hicieron los apóstoles en la primitiva iglesia, al ver que un grupo de la comunidad, las viudas de los “griegos”, no recibían la atención que debían. Inmediatamente solucionaron el problema creando un grupo que las atendiese: los diáconos. Así tenemos que ejercer nuestro seguimiento de Jesús: tratando de ofrecer soluciones a los problemas que nos encontramos, preguntándonos siempre: ¿qué haría Jesús en una situación como ésta? Y dejándonos llevar por el Espíritu. Hasta encontrar las formas y los modos concretos que nos lleven a expresar de la forma más eficaz posible el amor por los hermanos y hermanas, especialmente por los más necesitados. 

Para la reflexión
      ¿Hay personas en nuestra parroquia, comunidad o familia que se quedan sin atender, que sufren sin que nadie les haga caso ni ayude? ¿Qué podemos hacer para estar cerca de ellos y aliviar sus sufrimientos? ¿No es ésa la mejor forma de seguir a Jesús, camino, verdad y vida?

Thursday, May 7, 2020

El impacto de las pequeñas acciones - Emor (Levítico 21-24) por Rav Elisha Coffman

El impacto de las pequeñas acciones

Emor (Levítico 21-24)



El impacto de las pequeñas acciones



Enseñanzas sobre crecimiento personal basadas en la parashá de la semana.

“Serán santos a su Dios y no profanarán el Nombre de su Dios…” (Vaikrá 21:6).
Esta parashá habla acerca de la obligación de los cohanim de conservar su santidad y la necesidad de “Serán santos a su Dios” más que el resto del pueblo de Israel. La parashá anterior habló de la obligación de cada judío de ser santo, pero los cohanim tienen una obligación adicional de buscar y conservar esa santidad mayor que la que Dios le otorgó al resto del pueblo.
Sin embargo, es curioso que Dios les haya pedido a los cohanim en un mismo versículo algo tan elevado como ser santos e, inmediatamente después, prohibirles algo tan obvio y bajo como no profanar el Nombre de Dios. Rav Yaakov Neiman formula y responde esta pregunta1 señalando que si uno no busca la santidad, uno simultáneamente está a punto de profanar el Nombre de Dios.
Esta idea aparece también en el segundo párrafo que leemos en el Shemá: “He aquí que si obedecen Mis preceptos que Yo les ordeno hoy, de amar a Hashem su Dios, y de servirlo con todo su corazón y con toda su alma, entonces Yo proporcionaré lluvia para su Tierra en su momento propicio, las primeras y las últimas lluvias, para que puedas cosechar tus granos, tu vino y tu aceite. Proporcionaré hierbas en tu campo para tus vacunos y comerás y te saciarás. Sean precavidos, para que su corazón no sea seducido y se desvíen y sirvan a otros dioses y se inclinen ante ellos” (Devarim 11:13-16). En otras palabras, debemos amar a Dios y ser precavidos de nos servir a otros dioses: si no amamos a Dios, corremos el riesgo de servir a otros dioses.
Aparentemente la idea no tiene sentido, pero los sabios nos dicen: “Esta es la manera de actuar de la inclinación al mal: te incita a hacer esto y después lo otro hasta que te incita a adorar ídolos”2. Esto también explica por qué en la lectura de la Torá de Iom Kipur en la tarde leemos los versículos de las relaciones prohibidas: si uno no aprovecha Iom Kipur y se une a Dios, puede eventualmente violar inclusive las prohibiciones más severas.
No debemos menospreciar el impacto de los pequeños actos que poco a poco moldean nuestra personalidad. De hecho, no hay acto inocuo en la vida. Cada acto que llevamos a cabo, minúsculo o impactante, deja huella en la personalidad. Tomemos por ejemplo manejar un automóvil por algunos minutos: ¿corriges tu egoísmo al ceder el paso ante los peatones o lo fomentas al no hacerlo?3. Uno no permanece igual inclusive después de hacer algo tan aparentemente insignificante como trasladarse de un lugar a otro en automóvil.
Cada acto deja un impacto. Si no estamos en un camino que busca santificar el Nombre de Dios, muy posiblemente estamos en un camino que eventualmente lo profanará.

1 En Darké Musar sobre esta parashá.
2 Shabat 105b.
3 Ejemplo de Rav Aryeh Leib Malin, antiguo Rosh Yeshiva de Beis haTalmud en Nueva York.


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Tuesday, May 5, 2020

SÉ SACRIFICIO Y SACERDOTE PARA DIOS De los Sermones de san Pedro Crisólogo, obispo

SEGUNDA LECTURA
De los Sermones de san Pedro Crisólogo, obispo
(Sermón 108: PL 52, 499-500)
SÉ SACRIFICIO Y SACERDOTE PARA DIOS
Os exhorto por la misericordia de Dios. Pablo, o, mejor dicho, Dios por boca de Pablo, nos exhorta porque prefiere ser amado antes que temido. Nos exhorta porque prefiere ser padre antes que Señor. Nos exhorta Dios, por su misericordia, para que no tenga que castigarnos por su rigor.

Oye lo que dice el Señor: «Ved, ved en mí vuestro propio cuerpo, vuestros miembros, vuestras entrañas, vuestros huesos, vuestra sangre. Y si teméis lo que es de Dios, ¿por qué no amáis lo que es también vuestro? Si rehuís al que es Señor, ¿por qué no recurrís al que es padre?

Quizás os avergüence la magnitud de mis sufrimientos, de los que vosotros habéis sido la causa. No temáis. La cruz, más que herirme a mí, hirió a la muerte. Estos clavos, más que infligirme dolor, fijan en mí un amor más grande hacia vosotros. Estas heridas, más que hacerme gemir, os introducen más profundamente en mi interior. La extensión de mi cuerpo en la cruz, más que aumentar mi sufrimiento, sirve para prepararos un regazo más amplio. La efusión de mi sangre, más que una pérdida para mí, es el precio de vuestra redención.

Venid, pues, volved a mí, y comprobaréis que soy padre, al ver cómo devuelvo bien por mal, amor por injurias, tan gran caridad por tan graves heridas.»

Pero oigamos ya qué es lo que nos pide el Apóstol: Os exhorto -dice-, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos. Este ruego del Apóstol promueve a todos los hombres a la altísima dignidad del sacerdocio. A presentar vuestros cuerpos como hostia viva.

Inaudito ministerio del sacerdocio cristiano: el hombre es a la vez víctima y sacerdote; el hombre no ha de buscar fuera de sí qué ofrecer a Dios, sino que aporta consigo, en su misma persona, lo que ha de sacrificar a Dios; la víctima y el sacerdote permanecen inalterados; la víctima es inmolada y continúa viva, y el sacerdote oficiante no puede matarla.

Admirable sacrificio, en el que se ofrece el cuerpo sin que sea destruido, y la sangre sin que sea derramada. Os exhorto -dice-, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva.

Este sacrificio, hermanos, es semejante al de Cristo, quien inmoló su cuerpo vivo por la vida del mundo: él hizo realmente de su cuerpo una hostia viva, ya que fue muerto y ahora vive. Esta víctima admirable pagó su tributo a la muerte, pero permanece viva, después de haber castigado a la muerte. Por esta razón, los mártires nacen al morir, su fin significa el principio, al matarlos se les dio la vida, y ahora brillan en el cielo, cuando se pensaba haberlos suprimido en la tierra.

Os exhorto -dice-, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa. Es lo que había cantado el profeta: No quisiste sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo.

Sé, pues, oh hombre, sacrificio y sacerdote para Dios; no pierdas lo que te ha sido dado por el poder de Dios; revístete de la vestidura de santidad, cíñete el cíngulo de la castidad; sea Cristo el casco de protección para tu cabeza; que la cruz se mantenga en tu frente como una defensa; pon sobre tu pecho el misterio del conocimiento de Dios; haz que arda continuamente el incienso aromático de tu oración; empuña la espada del Espíritu; haz de tu corazón un altar; y así, puesta en Dios tu confianza, lleva tu cuerpo al sacrificio.

Lo que pide Dios es la fe, no la muerte; tiene sed de tu buena intención, no de sangre; se satisface con la buena voluntad, no con matanzas.
RESPONSORIO    Ap 5, 9. 10
R. Eres digno, Señor, de tomar el libro y abrir sus sellos, porque fuiste degollado * y por tu sangre nos compraste para Dios. Aleluya.V. Has hecho de nosotros para nuestro Dios un reino de sacerdotes.R. Y por tu sangre nos compraste para Dios. Aleluya.
ORACIÓN.
OREMOS,
Dios todopoderoso, concédenos que la celebración de las fiestas de Cristo resucitado aumente en nosotros la alegría de saber que estamos salvados. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén

Monday, May 4, 2020

Propone en Francia misas y oratorios en casa - Gaudium Press 4/5/2020

Como en los primeros tiempos de la Iglesia: sacerdote propone en Francia misas y oratorios en casa

El P. François-Maria Léthel, consultor de la Congregación para las Causas de los Santos, afirma que lo “más urgente es poder dar la comunión a los fieles”.
París (30/04/2020 17:29, Gaudium Press) Ante la negativa del gobierno francés de retomar el culto en las iglesias al menos hasta antes del 2 de junio, las iniciativas para proporcionar la eucaristía a los fieles empiezan a pulular. Una de ellas es la del P. François-Maria Léthel, carmelita descalzo y consultor de la Congregación para las Causas de los Santos.
“No perdamos tiempo luchando con los gobiernos. Lo más urgente es poder dar la comunión a los fieles. En comunión eclesial y en un diálogo confiante y abierto entre obispos, sacerdotes y laicos, es preciso buscar, explorar e inventar todas las vías posibles para dar Jesús Eucaristía a todos, también fuera de la celebración de la misa y de los lugares de culto, como se hace por los enfermos”, expresa el carmelita.
Propuestas concretas
“Se podría así dar ampliamente a los sacerdotes el permiso de celebrar eucaristías domésticas en las casas de los fieles, para llegar hasta las familias, también con el permiso de guardar la Presencia Eucarística en esas casas seguras, recordando que ya en el pasado, familias cristianas tenían el permiso excepcional de un oratorio. Así sería posibles para esas familias y sus vecinos vivir en conjunto la adoración eucarística, la celebración de la Palabra y la comunión”, dice el P. Léthel.
Recuerda el sacerdote que en los tres primeros siglos de la Iglesia – tiempos de persecución – la vida sacramental no estaba ligada a lugares de culto determinados: “Antes de Constantino, se celebraba en casas privadas, particularmente en aquellas de las grandes damas romanas. Si hoy el gobierno impide la celebración en las iglesias, nada nos prohíbe celebrar la misa en las familias, e incluso en las familias ampliadas (parientes, amigos, vecinos…)”.
Nuevas misiones para los ministros de la Eucaristía
Las anteriores propuestas darían pie a un visión ampliada y renovada de los ministros de la eucaristía. Estos, en el pensamiento del P. Léthel “deberían ser ahora más numerosos, con una formación acelerada y adaptada a la nueva situación. Cada vez más fieles son ya bien preparados para ello. (…) Ellos están listos para llevar la comunión pero también para guardar la eucaristía la casa. Los sacerdotes deben simplemente confiar esta misión a cristianos serios que ellos conozcan, nada más”.
Comunión espiritual – comunión sacramental: la voz de los santos
Reconoce el carmelita los beneficios de en estos días invitar a través de los medios a realizar la comunión espiritual, “pero esta comunión espiritual no reemplaza la comunión real. Hay hoy una gran necesidad de dar la comunión a los fieles fuera de la misa. Hay urgencia. El pueblo de Dios no debe quedar mucho tiempo en esta situación”.
Recuerda en sus declaraciones a Famille Chrétienne el sacerdote carmelita el gran aprecio de santos por la comunión sacramental frecuente, como Santa Teresita del Niño Jesús, la co-patrona de Europa Santa Catalina de Siena o el Venerable vietnamita Monseñor Vant Thuan, quien “desde el inicio de su detención en las prisiones comunistas vietnamitas, había logrado tener un poco de vino en un frasco de ‘medicamentos contra el mal de estómago’, con pequeñas hostias escondidas. Él podía pues celebrar la misa cada día con tres gotas de vino en la palma de la mano y un fragmento de hostia en la otra. Él celebraba totalmente solo durante el periodo de aislamiento. ¡Qué ejemplo! Los santos tienen este amor de la eucaristía que ellos consideran como la más grande unión con Dios en Jesucristo”.
Y concluye el sacerdote recordando la encíclica Mysterium fidei, de Pablo VI, texto muy importante sobre la devoción eucarística, donde se trata de la necesidad del cristiano del acceso a Jesús sacramentado.