Thursday, May 13, 2021

La Saga de José (2): Comienza El Plan de Dios - Julia Blum - abril 29, 2021

 

La Saga De José (2): Comienza El Plan De Dios

¿Qué se puso José?

La última vez nos detuvimos en el versículo 3 de Génesis 37: «Israel amaba a José más que a todos sus hijos, y le hizo ropas muy especiales». En hebreo este abrigo o túnica se llama (כְּתֹנֶת פַּסִּים; ketonét pasím). La idea tradicional de la mayoría de las traducciones es que se trataba de una especie de prenda exterior multicolor: «una capa de muchos colores».[1]. Sin embargo, el hebreo permite una comprensión diferente de estas palabras. En los comentarios judíos, la palabra pasím se ha traducido como «colorido» (Radak; Septuaginta), «bordado» (Ibn Ezra; Bachya; Nachmanides), «rayado» (Ibn Janach; Radak, Shorashim) o «ilustrado» (Targum Yonathan). También puede referirse a una prenda de manga larga, que llega hasta las «palmas» de las manos (Rashbam; Ibn Ezra; Baalei Tosafoth; Midrash Rabbah) y los pies (Lekach Tov). Incluso puede referirse al material con el que se hizo el abrigo, lana fina (Rashi) o seda fina (Ibn Janach). Por lo tanto, ketonét pasím puede traducirse no solo como «un abrigo de muchos colores», sino también como «una prenda de manga larga», «un abrigo que llega hasta los pies», «una túnica ornamentada», «una túnica de seda» o «una fina capa de lana». De hecho, encontramos una traducción diferente de las mismas palabras hebreas y vamos a hablar de eso dentro de un momento.

Sorprendentemente, en todo el Tanáj (Biblia hebrea), las mismas palabras aparecen solo una vez más, en la historia de Amnón y Tamar en 2 Samuel 13:8. Allí esta túnica definitivamente significa una distinción real: «ahora ella tenía una túnica de muchos colores (כְּתֹנֶת פַּסִּים), porque las hijas vírgenes del rey usaban tal vestimenta». De este versículo podemos entender que la túnica de José era probablemente el tipo de túnica que usaba la realeza; de hecho, era una túnica muy especial. Sin embargo, también parece que esta túnica especial y hermosa estaba destinada a ser un presagio de la tragedia que se avecinaba. Las dos veces que encontramos este atuendo en las Escrituras las historias son muy trágicas: José casi fue asesinado y luego vendido; Tamar fue violada y expulsada. En ambas historias el final de esta prenda es muy triste: los hermanos «despojaron a José de su túnica», luego la rasgaron, mojaron la túnica en la sangre de una cabra y se la llevaron a su padre en un acto engañoso; Tamar «rasgó su vestido de mangas largas (כְתֹ֧נֶת הַפַּסִּ֛ים) que estaba sobre ella, puso su mano sobre su cabeza y se fue, llorando en voz alta mientras caminaba».[2]

Por cierto, ¿ha notado que en el último versículo las mismas palabras se traducen como «vestido de mangas largas»? Este es solo un ejemplo de lo importante que es la comprensión de las Escrituras hebreas. De las traducciones, no podemos ver que la ropa de Tamar fuera la misma que la de José; sin embargo, gracias a este versículo en hebreo podemos entender que el manto de José era realmente muy especial: no solo una hermosa túnica de muchos colores, sino probablemente el tipo de manto que usa la realeza.

Comienza el plan de Dios

Por la narración sabemos que los hermanos odiaban a José. Si lees la primera parte de este capítulo, la palabra «odio» abunda aquí, esta es la impresión principal de estos versículos: que los hermanos odiaban a José. Por lo tanto, ¿en qué estaba pensando Jacob cuando envió a su amado hijo a Siquem para ver cómo estaban sus hermanos? ¿No sabía que habían odiado a José? ¿Por qué lo hizo?

Leemos en el versículo 13, «Israel le dijo a José: “¿No están tus hermanos apacentando el rebaño en Siquem? Ven, te enviaré con ellos»». Presta mucha atención al nombre «Israel» aquí. No es Jacob, es Israel quien envía a José. Cada vez que a Jacob se le llama Israel, debemos saber que está actuando como un instrumento en las manos de Dios. Es lo mismo aquí: no es solo un padre amoroso, es el instrumento de Dios y el plan de Dios comienza a desarrollarse a través de su decisión extremadamente extraña e irracional.

Creo que durante muchos años José realmente sospechó que su padre había estado involucrado en el complot. Cuando, después de todo el sufrimiento y las pruebas de José finalmente lo vemos triunfar e influir, nos sorprende un detalle muy interesante en esta narrativa. Cuando nació su primer hijo en Egipto, José lo llamó Menasé: «porque Dios me ha hecho olvidar (נשני; nashani) todo mi trabajo y la casa de mi padre». «¿Olvidar… la casa de mi padre?». ¿No amaba José a su padre? ¿Por qué querría olvidarlo? Hay otro detalle extraño en esta historia que es realmente difícil de explicar. Muchos estudiantes me han preguntado al respecto a lo largo de los años: ¿por qué José no se comunicó con Jacob durante todo este tiempo?

Debemos recordar que José no sabía lo que hacemos los lectores; no sabía que sus hermanos habían engañado a su padre y que Jacob pensaba que José estaba muerto. Probablemente se estaba preguntando, especialmente durante sus primeros años de esclavitud: «¿Por qué no me busca mi padre?». Egipto está tan cerca de Canaán que podemos suponer que José esperaba que su padre viniera a buscarlo, pero como sabemos, nunca sucedió. Jacob no buscó a José porque pensó que José había sido asesinado, pero José no sabía eso. Probablemente, por un tiempo, José estuvo esperando que su padre apareciera y lo encontrara, pero cuando no sucedió, pudo haber decidido que Jacob estaba involucrado en el complot en primer lugar. Después de todo, fue su padre quien lo envió a los hermanos. Por supuesto, José sabía que su padre lo amaba, pero también conocía demasiado bien las historias de los Padres: Abraham amaba a Ismael, pero Dios eligió a Isaac; Isaac amaba a Esaú, pero Dios eligió a Jacob. José sabía que si Dios escogía a otro de los hijos de Jacob, y si era la voluntad de Dios que José fuera desterrado de su familia, su padre aceptaría y obedecería esta voluntad.

Solo cuando llegaron los hermanos, José se dio cuenta de que Jacob no sabía nada sobre el crimen. Ahora está ansioso por resolver este malentendido, tal vez incluso por pedir perdón, y por eso su primera pregunta es: «¿Mi padre sigue vivo?».[3]

La próxima vez, seguiremos el plan de Dios que se desarrolla en este capítulo crucial: Génesis 37. Mi plan original era escribir cuatro o cinco publicaciones sobre la saga de José, pero como puedes ver, necesitaré tres artículos solo para el primer capítulo de esta saga. Esta es una historia asombrosa, hay tantas ideas deliciosas en hebreo aquí y no quiero perderme nada. Por lo tanto, ten paciencia conmigo y, por favor, queda atento.

[1] Génesis 37:3.

[2] 2 Samuel 13:19.

[3] Génesis 45:3.

Los conocimientos que lees en estas páginas son típico de lo que compartimos con nuestros estudiantes durante las clases de DHB (Discovering the Hebrew Bible/Descubriendo la Biblia Hebrea) o WTP (Weekly Torah Portion/Porción Semanal de la Torá). Si estos artículos te abren el apetito por descubrir los tesoros ocultos de la Biblia hebrea, o por estudiar en profundidad la Parashát Shavúa, junto con los conocimientos del Nuevo Testamento, me complacerá proporcionar más información (y también un descuento de maestros para nuevos estudiantes) con respecto a los cursos de eTeacher (juliab@eteachergroup.com). Además, en este artículo se incluyen extractos de mis libros (y en muchas otras publicaciones aquí), así que si te gustan los artículos de este blog, es posible que también disfrutes de mis libros, puedes conseguirlos aquí.

About the author

Julia BlumJulia is a teacher and an author of several books on biblical topics. She teaches two biblical courses at the Israel Institute of Biblical Studies, “Discovering the Hebrew Bible” and “Jewish Background of the New Testament”, and writes Hebrew insights for these courses.


Wednesday, May 12, 2021

Nuestra Señora de Fatima - y otros...

 

DÍA 13 DE MAYO

 

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NUESTRA SEÑORA DE FÁTIMA. A partir del 13 de mayo de 1917, la Virgen María se estuvo apareciendo a los niños Francisco, su hermana Jacinta y su prima Lucía, en Cova de Iría, lugar de Fátima, en Portugal. Los videntes habían nacido en Ajustrel, caserío de Fátima, eran niños normales y sanos, piadosos y cercanos a la parroquia, y se dedicaban al pastoreo. A diario cuidaban de sus ovejas, jugaban y rezaban el Rosario. Ya habían tenido apariciones de un ángel, cuando aquel día se les apareció la Señora vestida de blanco sobre un carrasco; las apariciones se repitieron. Nadie daba fe a lo que decían los niños, que tuvieron que pasar un tiempo en la incomprensión y una cierta persecución. En sus mensajes, la Virgen llamaba a los fieles a la oración por los pecadores y a la conversión íntima de los corazones.- Oración: Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te adoramos profundamente y te ofrecemos el preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación de los ultrajes con los que Él es ofendido. Por los méritos infinitos del Sagrado Corazón de Jesús y del Inmaculado Corazón de María, te pedimos la conversión de los pecadores. Amén.


ACTO DE CONSAGRACION AL SAGRADO CORAZON DE JESUS

 

CONSAGRACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS  

 

¡Sacratísima Reina de los cielos y Madre mía amabilísima! Yo N.N., aunque lleno de miserias y ruindades, alentado sin embargo con la invitación benigna del Corazón de Jesús, deseo consagrarme a Él; pero, conociendo bien mi indignidad e inconstancia, no quisiera ofrecer nada sino por tus maternales manos, y confiando a tus cuidados el hacerme cumplir bien todas mis resoluciones.

Corazón dulcísimo de Jesús, Rey de bondad y de amor, gustoso y agradecido acepto con toda la decisión de mi alma ese suavísimo pacto de cuidar Tú de mí y yo de Ti, aunque demasiado sabes que vas a salir perdiendo. Lo mío quiero que sea tuyo; todo lo pongo en tus manos bondadosas: mi alma, salvación eterna, libertad, progreso interior, miserias; mi cuerpo, vida y salud; todo lo poquito bueno que yo haga o por mi ofrecieren otros en vida o después de muerto, por si algo puede servirte; mi familia, haberes, negocios, ocupaciones, etc., para que, si bien deseo hacer en cada una de estas cosas cuanto en mi mano estuviere, sin embargo, seas Tú el Rey que haga y deshaga a su gusto, pues yo estaré muy conforme, aunque me cueste, con lo que disponga siempre ese Corazón amante que busca en todo mi bien.

 Quiero en cambio, Corazón amabilísimo, que la vida que me reste no sea una vida baldía; quiero hacer algo, más bien quisiera hacer mucho, porque reines en el mundo; quiero con oración larga o jaculatorias breves, con las acciones del día, con mis penas aceptadas, con mis vencimientos chicos, y en fin, con la propaganda no estar a ser posible, ni un momento sin hacer algo por Ti. Haz que todo lleve el sello de tu reinado divino y de tu reparación hasta mi postrer aliento, que ¡ojalá! sea el broche de oro, el acto de caridad que cierre toda una vida de apóstol fervorosísimo. Amén.

 

  Hay concedida indulgencia parcial a todos los fieles que devotamente reciten esta CONSAGRACIÓN PERSONAL al Sagrado Corazón de Jesús.

 

Forma resumida de pacto con el Corazón de Jesús: "Corazón de Jesús yo cuidaré de tu honra y de tus cosas y tú cuida de mí y de las mías."

ACTO DE CONSAGRACION AL INMACULADO CORAZON DE MARIA

Rezarla junto con tu espos(o)a

 Oh, María, Madre de la Divina Gracia, para responder a los deseos de Tu Corazón Inmaculado, renuevo hoy, en Tus Manos, los compromisos de mi Bautismo.

Renuncio para siempre a Satanás, a sus seducciones, y a sus obras.

Me consagro enteramente a Jesús, Hijo Tuyo amado, para llevar detrás de Él mi cruz, día tras día siempre. Para ser más fiel que en mi vida pasada. Te elijo hoy, en la presencia de los Ángeles y de los Santos, como mi Madre y Dueña.

A Ti, como hijo esclavo, yo me abandono y consagro todo mi mismo, mi cuerpo y mi alma, mis bienes internos y externos, el valor de mis buenas obras pasadas, presentes y futuras.

Te dejo pleno derecho de disponer de mí y de cuanto me pertenece a Tu arbitrio, sin excepción, para que Tu, oh María, me hagas una alabanza de gloria de la Santísima Trinidad en el tiempo y en la eternidad.

Así establezco en plena libertad. Amén.

 

Tú eres, ¡oh Cristo!, mi Padre santo,

mi Dios misericordioso, mi rey poderoso, mi buen pastor,

mi único maestro, mi mejor ayuda, mi amado hermosísimo,

mi pan vivo, mi sacerdote por la eternidad, mi guía hacia la patria,

mi luz verdadera, mi dulzura santa, mi camino recto, mi Sabiduría preclara,

mi humilde simplicidad, mi concordia pacífica, mi protección total, mi rica heredad,

mi salvación eterna...

¡Cristo Jesús, Señor amabilísimo!

¿Por qué habré deseado durante la vida algo fuera de ti, mi Jesús y mi Dios?

¿Dónde me hallaba cuando no pensaba en ti?

Anhelos todos de mi corazón, inflámense y desbórdense desde ahora hacia el Señor Jesús; corran que mucho se han retrasado; apresúrense hacia la meta, busquen al que buscan.

¡Oh Jesús! ¡Anatema el que no te ama! ¡Rebose de amargura quien no te quiera!

¡Dulce Jesús! ¡Que todo buen corazón dispuesto a la alabanza te ame, se deleite en ti, se admire ante ti!

¡Dios de mi corazón! ¡Herencia mía, Cristo Jesús!

Vive, Señor, en mí; enciéndase en mi pecho la viva llama de tu amor, acrézcase en incendio; arda siempre en el altar de mi corazón, queme en mis entrañas, incendie lo íntimo de mi alma, y que en el día de mi muerte comparezca yo del todo perfecto en tu presencia. Amén (57).

San Agustín en Obras Completas de San Luis María Grignión de Montfort 398 incendie lo íntimo de mi alma, y que en el día de mi muerte comparezca yo del todo perfecto en tu presencia. Amén. (57)

1.       He querido transcribir esta maravillosa plegaria de San Agustín para que, repitiéndola todos los días, pidas el amor de Jesucristo, ese amor que estamos buscando por medio de la excelsa María.

 

2.        PERTENECEMOS A JESÚS Y A MARÍA 68 Segunda verdad. De lo que Jesucristo es para nosotros, debemos concluir, con el Apóstol (1Cor 3,23; 6,19-20; 12,27), que ya no nos pertenecemos a nosotros mismos, sino que somos totalmente suyos, como sus miembros y esclavos, comprados con el precio infinito de toda su sangre (1Pe 1,19). Efectivamente, antes del Bautismo pertenecíamos al demonio como esclavos suyos. El Bautismo nos ha convertido en verdaderos esclavos de Jesucristo58 , que no debemos ya vivir, trabajar ni morir sino a fin de fructificar para este Dios-Hombre (Rom 7,4), glorificarlo en nuestro cuerpo y hacerlo reinar en nuestra alma, porque somos su conquista, su pueblo adquirido y su propia herencia (1Pe 2,9). Por la misma razón, el Espíritu Santo nos compara a: 1°. árboles plantados junto a la corriente de las aguas de la gracia, en el campo de la Iglesia, que deben dar fruto en tiempo oportuno (Sal 1,3); 2°. los sarmientos de una vid, cuya cepa es Cristo, y que deben producir sabrosas uvas (Jn 15,5); 3°. un rebaño, cuyo pastor es Jesucristo, y que debe multiplicarse y producir leche (Jn 10,1ss); 4°. una tierra fértil, cuyo agricultor es Dios, y en la cual se multiplica la semilla, y produce el treinta, el sesenta, el ciento por uno (Mt 13,3.8). Por otra parte, Jesucristo maldijo a la higuera infructuosa (Mt 21,19) y condenó al siervo inútil, que no hizo fructificar su talento (Mt 25,24-30).

 

 

 

Para después de la Comunión

Jesucristo, creo en ti.

Jesucristo, espero en ti.

 Jesucristo, te amo.

Jesucristo, te agradezco que hayas venido a mi alma.

Jesucristo, dame fuerza para ser tu amigo fiel.

Alma de Cristo, santifícame.

Cuerpo de Cristo, sálvame.

Sangre de Cristo, embriágame.

Agua del costado de Cristo, lávame.

Pasión de Cristo, confórtame.

Oh buen Jesús, óyeme.

Dentro de tus llagas, escóndeme.

No permitas, que me separe de ti.

Del enemigo malo, defiéndeme.

En la hora de mi muerte, llámame.

Y mándame ir a ti,

para que con tus santos te alabe

y te bendiga por los siglos de los siglos.

Amén.

<CristOraciones.com>

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Monday, May 3, 2021

Apóstoles Felipe y Santiago El Menor. S.S. Benedicto XVI

 LOS APÓSTOLES FELIPE Y SANTIAGO EL MENOR

De las catequesis de S. S. Benedicto XVI
en las audiencias generales del 6-IX-2006 y del 28-VI-2006

[Felipe] El cuarto Evangelio cuenta que, después de haber sido llamado por Jesús, Felipe se encuentra con Natanael y le dice: «Hemos encontrado a aquel de quien escribió Moisés en la Ley, y también los profetas: Jesús el hijo de José, de Nazaret» (Jn 1,45). Ante la respuesta más bien escéptica de Natanael -«¿De Nazaret puede salir algo bueno?»-, Felipe no se rinde y replica con decisión: «Ven y lo verás» (Jn 1,46). Con esta respuesta, escueta pero clara, Felipe muestra las características del auténtico testigo: no se contenta con presentar el anuncio como una teoría, sino que interpela directamente al interlocutor, sugiriéndole que él mismo haga una experiencia personal de lo anunciado. Jesús utiliza esos dos mismos verbos cuando dos discípulos de Juan Bautista se acercan a él para preguntarle dónde vive. Jesús respondió: «Venid y lo veréis» (cf. Jn 1,38-39).

Podemos pensar que Felipe nos interpela también a nosotros con esos dos verbos, que suponen una implicación personal. También a nosotros nos dice lo que le dijo a Natanael: «Ven y lo verás». El Apóstol nos invita a conocer a Jesús de cerca. En efecto, la amistad, conocer de verdad al otro, requiere cercanía, más aún, en parte vive de ella.

Con ocasión de la multiplicación de los panes, Jesús hizo a Felipe una pregunta precisa, algo sorprendente: dónde se podía comprar el pan necesario para dar de comer a toda la gente que lo seguía (cf. Jn 6,5). Felipe respondió con mucho realismo: «Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco» (Jn 6,7). Aquí se puede constatar el realismo y el sentido práctico del Apóstol, que sabe juzgar las implicaciones de una situación. Sabemos lo que sucedió después: Jesús tomó los panes, y, después de orar, los distribuyó. Así realizó la multiplicación de los panes. Pero es interesante constatar que Jesús se dirigió precisamente a Felipe para obtener una primera sugerencia sobre cómo resolver el problema: signo evidente de que formaba parte del grupo restringido que lo rodeaba.

Hay otra ocasión muy particular en la que interviene Felipe. Durante la última Cena, después de afirmar Jesús que conocerlo a él significa también conocer al Padre (cf. Jn 14,7), Felipe, casi ingenuamente, le pide: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta» (Jn 14,8). Jesús le responde con un tono de benévolo reproche: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: "Muéstranos al Padre"? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? (...) Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí» (Jn 14,9-11). Son unas de las palabras más sublimes del evangelio según san Juan. Contienen una auténtica revelación.

El evangelista no nos dice si Felipe comprendió plenamente la frase de Jesús. Lo cierto es que le entregó totalmente su vida. Según algunas narraciones posteriores (Hechos de Felipe y otras), habría evangelizado primero Grecia y después Frigia, donde habría afrontado la muerte, en Hierópolis, con un suplicio que según algunos fue crucifixión y según otros, lapidación.

Queremos concluir nuestra reflexión recordando el objetivo hacia el que debe orientarse nuestra vida: encontrar a Jesús, como lo encontró Felipe, tratando de ver en él a Dios mismo, al Padre celestial. Si no actuamos así, nos encontraremos sólo a nosotros mismos, como en un espejo, y cada vez estaremos más solos. En cambio, Felipe nos enseña a dejarnos conquistar por Jesús, a estar con él y a invitar también a otros a compartir esta compañía indispensable; y, viendo, encontrando a Dios, a encontrar la verdadera vida.


[Santiago el Menor] Era originario de Nazaret y probablemente pariente de Jesús, del cual, según el estilo semítico, es llamado «hermano». El libro de los Hechos subraya el papel destacado que desempeñaba en la Iglesia de Jerusalén. En el concilio apostólico celebrado en la ciudad santa después de la muerte de Santiago el Mayor, afirmó, juntamente con los demás, que los paganos podían ser aceptados en la Iglesia sin tener que someterse a la circuncisión (cf. Hch 15,13).

San Pablo, que le atribuye una aparición específica del Resucitado (cf. 1 Cor 15,7), con ocasión de su viaje a Jerusalén lo nombra incluso antes que a Cefas-Pedro, definiéndolo «columna» de esa Iglesia al igual que él (cf. Gál 2,9). Seguidamente, los judeocristianos lo consideraron su principal punto de referencia. A él se le atribuye también la Carta que lleva el nombre de Santiago y que está incluida en el canon del Nuevo Testamento.

El acto más notable que realizó fue la intervención en la cuestión de la difícil relación entre los cristianos de origen judío y los de origen pagano: contribuyó, juntamente con Pedro, a superar, o mejor, a integrar la dimensión judía originaria del cristianismo con la exigencia de no imponer a los paganos convertidos la obligación de someterse a todas las normas de la ley de Moisés.

La más antigua información sobre la muerte de este Santiago nos la ofrece el historiador judío Flavio Josefo. En sus Antigüedades judías (20, 201 s), escritas en Roma a finales del siglo I, nos cuenta que la muerte de Santiago fue decidida, con iniciativa ilegítima, por el sumo sacerdote Anano, hijo del Anás que aparece en los Evangelios, el cual aprovechó el intervalo entre la destitución de un Procurador romano (Festo) y la llegada de su sucesor (Albino) para decretar su lapidación, en el año 62.

Además del apócrifo Protoevangelio de Santiago, que exalta la santidad y la virginidad de María, la Madre de Jesús, está unida a este Santiago en especial la Carta que lleva su nombre. En el canon del Nuevo Testamento ocupa el primer lugar entre las así llamadas «Cartas católicas», es decir, no destinadas a una sola Iglesia particular -como Roma, Éfeso, etc.-, sino a muchas Iglesias. Se trata de un escrito muy importante, que insiste mucho en la necesidad de no reducir la propia fe a una pura declaración oral o abstracta, sino de manifestarla concretamente con obras de bien.

Entre otras cosas, nos invita a la constancia en las pruebas aceptadas con alegría y a la oración confiada para obtener de Dios el don de la sabiduría, gracias a la cual logramos comprender que los auténticos valores de la vida no están en las riquezas transitorias, sino más bien en saber compartir nuestros bienes con los pobres y los necesitados (cf. Sant 1,27).

Así, la carta de Santiago nos muestra un cristianismo muy concreto y práctico. La fe debe realizarse en la vida, sobre todo en el amor al prójimo y de modo especial en el compromiso en favor de los pobres. Sobre este telón de fondo se debe leer también la famosa frase: «Así como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta» (Sant 2, 26).

Por último, la carta de Santiago nos exhorta a abandonarnos en las manos de Dios en todo lo que hagamos, pronunciando siempre las palabras: «Si el Señor quiere« (Sant 4,15). Así, nos enseña a no tener la presunción de planificar nuestra vida de modo autónomo e interesado, sino a dejar espacio a la inescrutable voluntad de Dios, que conoce cuál es nuestro verdadero bien. De este modo Santiago es un maestro de vida siempre actual para cada uno de nosotros.

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LA PREDICACIÓN APOSTÓLICA
Del tratado de Tertuliano
sobre la prescripción de los herejes (Caps. 20 ss)

Cristo Jesús, nuestro Señor, durante su vida terrena, iba enseñando por sí mismo quién era él, qué había sido desde siempre, cuál era el designio del Padre que él realizaba en el mundo, cuál ha de ser la conducta del hombre para que sea conforme a este mismo designio; y lo enseñaba unas veces abiertamente ante el pueblo, otras aparte a sus discípulos, principalmente a los doce que había elegido para que estuvieran junto a él, y a los que había destinado como maestros de las naciones

Y así, después de la defección de uno de ellos, cuando estaba para volver al Padre, después de su resurrección, mandó a los otros once que fueran por el mundo a adoctrinar a los hombres y bautizarlos en el nombre del Padre del Hijo y del Espíritu Santo.

Los apóstoles -palabra que significa (enviados)-, después de haber elegido a Matías, echándolo a suertes, para sustituir a Judas y completar así el número de doce (apoyados para esto en la autoridad de una profecía contenida en un salmo de David), y después de haber obtenido la fuerza del Espíritu Santo para hablar y realizar milagros, como lo había prometido el Señor, dieron primero en Judea testimonio de la fe en Jesucristo e instituyeron allí Iglesias, después fueron por el mundo para proclamar a las naciones la misma doctrina y la misma fe.

De modo semejante, continuaron fundando Iglesias en cada población, de manera que las demás Iglesias fundadas posteriormente, para ser verdaderas iglesias, tomaron y siguen tomando de aquellas primeras iglesias el retoño de su fe y la semilla de su doctrina. Por esto también aquellas Iglesias son consideradas apostólicas, en cuanto que son descendientes de las Iglesias apostólicas.

Es norma general que toda cosa debe ser referida a su origen. Y, por esto, toda la multitud de Iglesias son una con aquella primera Iglesia fundada por los apóstoles, de la que proceden todas las otras. En este sentido son todas primeras y todas apostólicas, en cuanto que todas juntas forman una sola. De esta unidad son prueba la comunión y la paz que reinan entre ellas, así como su mutua fraternidad y hospitalidad. Todo lo cual no tiene otra razón de ser que su unidad en una misma tradición apostólica.

El único medio seguro de saber qué es lo que predicaron los apóstoles, es decir, qué es lo que Cristo les reveló, es el recurso a las Iglesias fundadas por los mismos apóstoles, las que ellos adoctrinaron de viva voz y, más tarde, por carta.

El Señor había dicho en cierta ocasión: Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; pero añadió a continuación: Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena; con estas palabras demostraba que nada habían de ignorar, ya que les prometía que el Espíritu de la verdad les daría el conocimiento de la verdad plena. Y esta promesa la cumplió, ya que sabemos por los Hechos de los apóstoles que el Espíritu Santo bajó efectivamente sobre ellos.

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Saturday, May 1, 2021

Creer y dar fruto - Enrique Martinez de la Lama-Noriega, cmf

 

Comentario al Evangelio del 

Enrique Martínez de la Lama-Noriega, cmf

CREER Y DAR FRUTOS


 

    No hay sarmientos sin vid: quedan reducidos a unos palos secos, que dicen que son estupendos para asar chuletas o preparar una paella, o calentarse con una buena fogata. Y poco más. Tampoco hay vino sin uvas, en número suficiente. Con una sola uva no hacemos nada. Ni siquiera con un racimo. Por lo tanto: Si nosotros somos los sarmientos, y Cristo es la vid, sin estar unidos a él no podemos hacer nada. Nos quedamos «secos». Y estando unidos a él y al resto de los sarmientos... debiéramos dar frutos suficientes como para poder tener buen vino. La afirmación de Jesús es: «Yo soy la vid, vosotros (en plural) los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis (en plural de nuevo) hacer nada». Es un mensaje referido especialmente a la comunidad de seguidores. Estas sencillas afirmaciones, no necesitan que les demos muchas vueltas: se comprenden muy bien. Otra cosa es que seamos coherentes con ellas.

          En cuanto al fruto abundante al que se refiere Jesús (y ya que él es el grano enterrado que da mucho "fruto") tiene que ver con una vida entregada, como la suya, y con el Reino... que es descrito con palabras como «justicia, paz, servicio, misericordia, compromiso con el pobre, el enfermo, el emigrante..., acogida, libertad, perdón, fraternidad...». Palabras todas ellas relacionadas y referidas a los otros. Aunque hay que tener cuidado con las «palabras» porque, como advierte hoy la carta de Juan: no nos quedemos en las palabras, en las creencias, en las ideas, en los discursos, en las grandes afirmaciones, no amemos de «boquilla», sino con obras, con hechos. O sea: dando frutos. «Este es su mandamientos: «que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y que nos amemos unos a otros tal como nos lo mandó». Creer en Jesucristo es amar, amarnos.

Estamos, pues, ante un punto central: ¿Qué aporta la fe realmente a nuestra vida?¿En qué consiste para nosotros «tener fe»?

    § La fe no se juega en el terreno de los sentimientos: «Ya no siento nada... debo estar perdiendo la fe», dicen algunos. No hay duda de que la fe toca el corazón, se siente, se experimenta, se disfruta, a veces duele... Pero sería un error reducirla a sentimientos y aún peor a  «sentimentalismo»: tendría fe si me emociono, si se me saltan las lágrimas, si «siento algo» cuando comulgo, etc. La fe -como el amor auténtico- es una actitud responsable y razonada, una decisión personal, un compromiso: haya o no haya sentimientos. 

    § La fe no es tampoco una opinión. Cada creyente tiene la responsabilidad de aceptar a Dios en su vida, e ir madurando y profundizando lo que supone ser discípulo de Jesús hoy, en sus circunstancias personales y sociales concretas. Cada cual vive su fe de un modo personal, único e intransferible. Pero no significa caer en el subjetivismo: «yo tengo mis propias ideas y creo lo que a mí me parece». La fe no es un «menú» que yo elijo con lo que me apetece, lo que me viene bien, lo que está de acuerdo con mis opciones previas, y la vivo con los que tienen ideas parecidas a las mías... pero dejando a un lado lo que no me gusta, no me encaja o no me viene bien. No puedo hacerme un dios a mi imagen y semejanza, ni puedo construirme una fe sin los otros, sin contrastar y discernir honestamente, para ir purificando y madurando lo que fuera necesario. No puedo ignorar o rechazar a los «distintos» por el simple hecho de serlo, ni estar siempre a la defensiva y con el impermeable puesto para todo lo que no vaya conmigo. Eso es más propio de las sectas, o quizá de los partidos políticos, pero no del cristiano. Como dice san Pablo, el criterio principal ha de ser el «bien común», la construcción del Cuerpo de Cristo.

    § La fe no es simple costumbre o tradición recibida de los padres, y que a menudo se queda en  cumplir con ciertos ritos y obligaciones religiosas. Eso puede ser un comienzo, un buen comienzo... pero después hay que personalizar, madurar, aplicarlo a la propia vida, trabajar y buscar el encuentro personal con Dios, responder a la propia vocación.  Traducirlo en «obras», para que sea la fe de/en Jesús. 

    § La fe no se reduce a una especie de «tranquilizante», que me ayudaría a sentirme bien, o evadirme de la realidad en ciertos momentos. Creer en Dios es, sin duda, fuente de paz, consuelo y serenidad, pero la fe no es sólo un «agarradero» para los momentos críticos: «yo cuando me encuentro en apuros acudo a la Virgen o a San Antonio que es muy milagrero». Creer es el mejor estímulo para luchar, trabajar y vivir de manera digna y responsable, un impulso para levantarse y salir adelante cuando las cosas vienen mal. Para comprometerse y transformar la realidad. A Jesús su tarea misionera le trajo muchas complicaciones, y acudía al Padre no tanto para sacarle favores (o «mercedes», como se decía antes), cuanto para preguntarle cuál era en cada momento su voluntad y para contar con su fuerza.

    § La fe no es simplemente un conjunto de recetas morales, o autoexigencias con las que podamos estar en orden delante de Dios. Es muy limitada la fe que se centra en corregir los defectos, fallos y debilidades personales, donde el yo y mi propia perfección son el centro de mi examen de conciencia y de mis propósitos... El AMOR es lo que debe ocupar el centro, mi entrega, mi servicio, mi compromiso en favor del Reino. Cierto que cometemos errores, que estamos condicionados por defectos y hábitos que nos cuesta mucho corregir. Y nos cuesta liberarnos de la idea de que por eso Dios nos rechaza y nos condena, del mismo moco como nos condena nuestro corazón/conciencia. Muy luminoso lo que nos decía la Carta de Juan: si nos comprometemos con un amor práctico al hermano, ya no tenemos que tener miedo de nuestras miserias, de nuestra fragilidad y ni siquiera del juicio severo de nuestra conciencia; de lo que ésta pueda reprocharnos. Podemos tranquilizarnos, porque “Dios es más grande que nuestro conciencia” (v. 20).

          El amor a los hermanos, la justicia, el trabajar por la comunión, el construir un mundo mejor para todos son los frutos que el Señor espera de sus sarmientos. Que dejemos de mirarnos tanto a nosotros mismos, y nos preocupemos de producir las «uvas» PARA QUE COMAN/BEBAN OTROS, para alegrar y hacer mejor la vida de los otros. La obra de Jesús fue vivir entregándose. Y su «savia» en nosotros tiene que producir lo mismo, aunque el sarmiento pueda ser feo, imperfecto o estar muy retorcido por la vida.  Si permanecemos unidos a la vid... daremos frutos, que es lo que al Labrador le importa.

La verdadera fe tiene, sobre todo, tres grandes pilares, según nos enseñan las lecturas de hoy:

♠   La Palabra de Jesús, que permanece en nosotros y nos va«limpiando», podando, purificando para que aumenten los frutos de Amor. «Si mis palabras permanecen en vosotros...». Por tanto en encuentro frecuente con la Palabra en nuestras celebraciones y en nuestra vida espiritual.

♠   La Eucaristía, como el medio excepcional para estar en comunión con él, para recibir su savia. Es decir: que la Eucaristía es importante y necesaria. Imprescindible. No como algo obligatorio con lo que «cumplir» los días de precepto, sino como la fuerza que necesitamos para amar y entregarnos «por Cristo, con él y en él». «Comulgar» no es simplemente «comer» un trozo de Pan. Sino ir haciendo de mi vida un «pan» que se parte, se reparte y se entrega, «en memoria suya».  Es identificarme con el Señor, y permitirle que se entregue hoy a través de mí.

♠   Y en tercer lugar la Comunidad. La comunión con la vid es al mismo tiempo, inseparablemente, comunión con el resto de los sarmientos. La Eucaristía no es un alimento privado, para mí, para mi devoción, para mis necesidades individuales, para hacer yo mis rezos a solas. La Eucaristía es una comida fraterna. Si la consecuencia de mi «comulgar» no me lleva a implicarme con la comunidad de hermanos, sino me lleva a sentir la necesidad de caminar con ellos... será otra cosa distinta a lo que quiso el Señor: «Tomad, comed y sed uno», «Tomad, comed y amaos como yo», «Tomad, comed y lavaos los pies unos a otros».

Al final, lo que "permanece" es el Amor, que es lo que nos mantiene vivos.

Quique Martínez de la Lama-Noriega, cmf

Imagen de José María Morillo y Félix Hernández, o