SAN PÍO
DE PIETRELCINA, presbítero (MEMORIA)
Nacido
en 1887, San Pío de Pietrelcina , sacerdote capuchino, es el fraile de las llagas,
que se santificó viviendo a fondo en carne propia el misterio de la cruz de
Cristo y cumpliendo en plenitud su vocación de colaborador en la Redención. En
su ministerio sacerdotal ayudó a miles de fieles de todo el mundo,
principalmente mediante la dirección espiritual, la reconciliación sacramental
y la celebración de la eucaristía. Juan Pablo II lo beatificó el día 2 de mayo
de 1999, y lo canonizó el 16 de junio de 2002, estableciendo que se celebre su
fiesta el 23 de septiembre, aniversario de su muerte (1968).
SEGUNDA LECTURA
De las Homilías de san Gregorio Magno, papa, sobre los evangelios
(Libro II, homilía 36, 11-13: PL 76, 1272-1274)
EN EL MUNDO, PERO NO DEL MUNDO
Mi intención es exhortaros a dejar todas las cosas, pero sin excederme. Si no podéis abandonar todas las cosas del mundo, por lo menos retenedlas de manera que no seáis vosotros retenidos en el mundo; las cosas terrenas han de ser poseídas, no han de poseernos ellas a nosotros; vuestras pertenencias han de estar bajo el dominio de la mente, sin dejar que vuestro espíritu se halle dominado por el amor de las cosas, ya que entonces caería él bajo el dominio de las mismas.
Por tanto, usad de las cosas de la tierra, pero que vuestro deseo tienda a las que son eternas; las cosas temporales sean una ayuda en vuestro peregrinar, las eternas el término deseado de esta peregrinación. Todos los acontecimientos del mundo han de ser mirados como de soslayo. Miremos, en cambio, de frente con los ojos de nuestro espíritu la meta hacia la cual caminamos.
Extirpemos de raíz nuestras malas costumbres, arrancándolas, no sólo de nuestro obrar, sino también de nuestro afecto. Que no nos aparten del convite eterno ni los deseos carnales, ni las preocupaciones absorbentes, ni el fuego de la ambición, sino que las cosas que hacemos en este mundo, aun las que son honestas, hagámoslas como de pasada, y así las cosas terrenales que nos causan placer de tal manera serán una ayuda para nuestro cuerpo que no obstaculizarán a nuestro espíritu.
Por esto, hermanos, no nos atrevemos a deciros que abandonéis todas las cosas; no obstante, si queréis, aun reteniéndolas, las abandonáis, cuando de tal modo gestionáis las cosas terrenas que no por ello dejáis de tender con todo vuestro corazón a las eternas. Pues usa del mundo, mas como si no usara de él, toda persona que se sirve de las cosas necesarias para su vida exterior y, con todo, no se deja dominar por ellas en lo interior,de tal modo que sirvan a lo de afuera sin debilitar las tendencias internas hacia lo de arriba. Para los que así obran, las cosas terrenas no son objeto de deseo, sino un mero instrumento del que se sirven. Que ninguna, pues, de las cosas de este mundo reprima el deseo de vuestro espíritu, que no os veáis enredados en el deleite que ellas procuran.
Si deseamos el bien, que nuestro espíritu se deleite en los bienes superiores, esto es, los celestiales. Si tememos el mal, pensemos en los males eternos y así, recordando dónde está el bien más deseable y el mal más temible, no dejaremos que nuestro corazón se apegue a las cosas de aquí abajo.
Para lograr esto, contamos con la ayuda del que es mediador entre Dios y los hombres; por su mediación lo alcanzaremos todo prontamente, si estamos inflamados de amor hacia él, que vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
RESPONSORIO 1Co 7, 29. 30. 31; 2, 12
R. El momento es apremiante. Queda como solución: que los que están alegres vivan como si no lo estuvieran; los que negocian en el mundo, como si no disfrutaran de él: * Porque la presentación de este mundo se termina.
V. Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo.
R. Porque la presentación de este mundo se termina.
ORACIÓN.
OREMOS,
Tú, Señor, que concediste a san Pío de Pietrelcina el don de imitar con fidelidad a Cristo pobre y humilde, concédenos también a nosotros, por intercesión de este santo, la gracia de que, viviendo fielmente nuestra vocación, tendamos hacia la perfección que nos propones en la persona de tu Hijo. Él, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén
De las Homilías de san Gregorio Magno, papa, sobre los evangelios
(Libro II, homilía 36, 11-13: PL 76, 1272-1274)
EN EL MUNDO, PERO NO DEL MUNDO
Mi intención es exhortaros a dejar todas las cosas, pero sin excederme. Si no podéis abandonar todas las cosas del mundo, por lo menos retenedlas de manera que no seáis vosotros retenidos en el mundo; las cosas terrenas han de ser poseídas, no han de poseernos ellas a nosotros; vuestras pertenencias han de estar bajo el dominio de la mente, sin dejar que vuestro espíritu se halle dominado por el amor de las cosas, ya que entonces caería él bajo el dominio de las mismas.
Por tanto, usad de las cosas de la tierra, pero que vuestro deseo tienda a las que son eternas; las cosas temporales sean una ayuda en vuestro peregrinar, las eternas el término deseado de esta peregrinación. Todos los acontecimientos del mundo han de ser mirados como de soslayo. Miremos, en cambio, de frente con los ojos de nuestro espíritu la meta hacia la cual caminamos.
Extirpemos de raíz nuestras malas costumbres, arrancándolas, no sólo de nuestro obrar, sino también de nuestro afecto. Que no nos aparten del convite eterno ni los deseos carnales, ni las preocupaciones absorbentes, ni el fuego de la ambición, sino que las cosas que hacemos en este mundo, aun las que son honestas, hagámoslas como de pasada, y así las cosas terrenales que nos causan placer de tal manera serán una ayuda para nuestro cuerpo que no obstaculizarán a nuestro espíritu.
Por esto, hermanos, no nos atrevemos a deciros que abandonéis todas las cosas; no obstante, si queréis, aun reteniéndolas, las abandonáis, cuando de tal modo gestionáis las cosas terrenas que no por ello dejáis de tender con todo vuestro corazón a las eternas. Pues usa del mundo, mas como si no usara de él, toda persona que se sirve de las cosas necesarias para su vida exterior y, con todo, no se deja dominar por ellas en lo interior,de tal modo que sirvan a lo de afuera sin debilitar las tendencias internas hacia lo de arriba. Para los que así obran, las cosas terrenas no son objeto de deseo, sino un mero instrumento del que se sirven. Que ninguna, pues, de las cosas de este mundo reprima el deseo de vuestro espíritu, que no os veáis enredados en el deleite que ellas procuran.
Si deseamos el bien, que nuestro espíritu se deleite en los bienes superiores, esto es, los celestiales. Si tememos el mal, pensemos en los males eternos y así, recordando dónde está el bien más deseable y el mal más temible, no dejaremos que nuestro corazón se apegue a las cosas de aquí abajo.
Para lograr esto, contamos con la ayuda del que es mediador entre Dios y los hombres; por su mediación lo alcanzaremos todo prontamente, si estamos inflamados de amor hacia él, que vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
RESPONSORIO 1Co 7, 29. 30. 31; 2, 12
R. El momento es apremiante. Queda como solución: que los que están alegres vivan como si no lo estuvieran; los que negocian en el mundo, como si no disfrutaran de él: * Porque la presentación de este mundo se termina.
V. Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo.
R. Porque la presentación de este mundo se termina.
ORACIÓN.
OREMOS,
Tú, Señor, que concediste a san Pío de Pietrelcina el don de imitar con fidelidad a Cristo pobre y humilde, concédenos también a nosotros, por intercesión de este santo, la gracia de que, viviendo fielmente nuestra vocación, tendamos hacia la perfección que nos propones en la persona de tu Hijo. Él, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén

En
primer lugar, el Pontífice destacó que este fragmento demuestra cómo,
tras Pentecostés, el Espíritu Santo acompaña a los doce apóstoles y
cómo, “de cobardes” durante la pasión y muerte de Jesús, se “volvieron
valientes”.

Continuemos
nuestra catequesis sobre los Hechos de los Apóstoles. Frente a la
prohibición de los judíos de enseñar en nombre de Cristo, Pedro y los
Apóstoles responden con valentía que no pueden obedecer a los que
quieren detener el camino del Evangelio en el mundo.
Porque
el Espíritu Santo estaba con ellos. Lo mismo nos pasa a nosotros: si
tenemos el Espíritu Santo dentro de nosotros, tendremos el valor de
seguir adelante, el valor de ganar tantas luchas, no para nosotros
mismos sino para el Espíritu que está con nosotros. No retroceden en su
marcha de intrépidos testigos de Jesús Resucitado, como los mártires de
todos los tiempos, incluidos los nuestros. Los mártires, dan la vida, no
ocultan que son cristianos. Pensemos, hace unos años -también hoy hay
muchos-, pero pensemos que hace cuatro años, esos cristianos coptos
ortodoxos, verdaderos trabajadores, en la playa de Libia: todos fueron
degollados. Pero la última palabra que dijeron fue “Jesús, Jesús”. No
habían vendido la fe, porque había el Espíritu Santo con ellos. ¡Estos
son los mártires de hoy!
Los
Apóstoles son los “megáfonos” del Espíritu Santo, enviados por el
Resucitado para difundir con prontitud y sin vacilación la Palabra que
da la salvación.
Demuestra,
citando a algunos personajes que se habían hecho pasar por el Mesías,
que todo proyecto humano primero puede despertar consenso y naufragar
después, mientras que todo lo que viene de lo alto y lleva la “firma” de
Dios está destinado a perdurar. Los proyectos humanos siempre fracasan;
tienen un tiempo, como nosotros. Pensad en tantos proyectos políticos, y
en cómo cambian de un lado a otro, en todos los países. Pensad en los
grandes imperios, pensad en las dictaduras del siglo pasado: se sentían
muy poderosos, creían que dominaban el mundo. Y luego todos se
derrumbaron. Pensad también hoy en los imperios de hoy: se derrumbarán,
si Dios no está con ellos, porque la fuerza que los hombres tienen en sí
mismos no es duradera. Sólo la fuerza de Dios perdura. Pensemos en la
historia de los cristianos, también en la historia de la Iglesia, con
tantos pecados, con tantos escándalos, con tantas cosas malas en estos
dos milenios. ¿Y por qué no se ha derrumbado? Porque Dios está ahí.
Somos pecadores, y a menudo también damos lugar a escándalos. Pero Dios
está con nosotros. Y Dios primero nos salva a nosotros, y luego a ellos;
pero siempre salva, el Señor. La fuerza es “Dios con nosotros”.
Gamaliel demuestra citando a algunos personajes que se habían hecho
pasar por el Mesías, que todo proyecto humano primero puede despertar
consenso y naufragar después. Por eso Gamaliel concluye que, si los
discípulos de Jesús de Nazaret han creído a un impostor, están
destinados a desvanecerse; pero si siguen a alguien que viene de Dios,
es mejor renunciar a combatirles; y advierte: “¡ No sea que os
encontréis luchando contra Dios! (Hechos 5:39).
Este
hombre libre e inspirado se da cuenta de que los seguidores de Cristo
son diferentes de cualquier secta, y se muestra lleno de temor de Dios
al querer defender la vida de aquellos que, según sus hermanos,
merecerían la muerte. Gamaliel demuestra, además, que está dotado de
sabiduría profética, porque invita a los demás a no ceder a la tentación
de la prisa y a aprender a esperar el desarrollo de los procesos a lo
largo del tiempo. De hecho, Dios habla y se manifiesta también a través
del tiempo, manifestando la “duración” o no de cada cosa.
Pidamos al Espíritu Santo que actúe en nosotros para que, tanto personal como comunitariamente, podamos adquirir el hábito del
discernimiento. Pidámosle que nos haga ver siempre la unidad de la
historia de la salvación a través de los signos del paso de Dios en
nuestro tiempo y en los rostros de los que nos rodean, para que
aprendemos que el tiempo y los rostros humanos son mensajeros del Dios
vivo.
Según
Isaac el Sirio, un famoso obispo y teólogo del siglo VII, una persona
que es genuinamente humilde emite un cierto olor que otras personas
sentirán y que incluso los animales captarán, de modo que los animales
salvajes, incluyendo las serpientes, caerán bajo su hechizo y nunca le
harán daño a esa persona.