Saturday, February 25, 2017

Nota sobre Dios y el dinero - Gustavo Gutierrez

El peligro de la idolatría
Contra lo que pensamos comúnmente el riesgo de ser idólatra acecha a toda vida cristiana. Los profetas, en el antiguo testamento, ya lo habían denunciado. Con fuerza inusitada el Señor señala ese peligro: «No podéis servir a Dios y al dinero» (Mt 6, 24). La palabra dinero traduce el arameo mamonas; se trata de la riqueza mal habida, y utilizada para oprimir al otro, que se erige como un ídolo. Es necesario, en consecuencia, hacer una elección. Jesús exige una opción exclusiva. Los términos amar y odiar subrayan el carácter tajante de la decisión.
Además, se emplea el verbo «servir» que tiene un sabor cultual, se sirve a Dios; pero existe el peligro de servir también a las riquezas. Servir a mamón es convertirlo concretamente en una alternativa a Dios. Concretamente, porque en palabras se puede seguir afirmando que se adora a Dios, cuando en verdad, en la práctica, hemos entregado nuestra vida al dinero y a todo lo que se deriva de él. La disyuntiva consiste en optar por uno u otro servicio. En un comportamiento preciso, y no en declaraciones formales, se juega el asunto de la idolatría.
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La opción cristiana

por rj71
1. El evangelio de este domingo, perteneciente al sermón de la montaña, muestra las exigencias de la llegada del reino y exhorta al desprendimiento y al rechazo de todo desasosiego. La opción es clara: por Dios y su reino de justicia. La antítesis de esta opción también es manifiesta: el dinero como ídolo. «Mammon», en arameo, equivale al dinero o las riquezas. En definitiva, el discípulo cristiano lo subordina todo al anuncio del reino. El binomio odiar-amar implica una elección, pero Dios no puede ser mero objeto de preferencia —parangonable a otras aficiones o deseos—, sino que es aceptación total de adoración y de servicio.
2. La preocupación primordial por el reino exige rechazar toda inquietud temporal, a saber, estar preocupado con ansiedad por lo que no es Dios y su reino (alejarse de las obsesiones idolátricas). Significa, además, creer en la providencia del Padre o confiar serenamente en él, sin descuidar el trabajo y los compromisos (rechazar el providencialismo milagrero). En definitiva, buscar el reino o preocuparse del mismo con actitud creyente y luchando por la justicia (saber elegir).
3. La opción de los cristianos por el reino, que al mismo tiempo es opción por los pobres, no sólo exige fe, sino practicar la justicia. Las obras no son mera consecuencia de la fe, sino su verificación. Lo contrario de la fe no es el compromiso, sino la no-fe; y lo contrario del compromiso no es la fe, sino el no-compromiso.
REFLEXIÓN CRISTIANA:
¿Cómo vivimos la oposición entre Dios y el afán de riquezas? 
¿Cuáles son, en el fondo, nuestras preocupaciones?
Casiano Floristán
Ref: comment-reply@wordpress.com
Con mucho cariño.
Noel y Silvia
Desde Guatemala, La Bella.

Wednesday, February 22, 2017

REDEFINICION DEL MATRIMONIO - (CIDH).

Queridos hermanos,
Por considerarlo de suma importancia transcribo este mensaje que recibí de mi hermana, Susana Alicia, de mi comunidad en Nicaragua:
8/2/2017 11:16 AM

Hola Susana Alicia,
No sé si sabrás que la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) está recabando opiniones sobre la REDEFINICION DEL MATRIMONIO
¿Quieres enviar la tuya ahora?
Te cuento: la vicepresidenta de Costa Rica, Ana Helena Chacón Echeverría, remitió una consulta a la CIDH. Pregunta si a la luz del principio de no discriminación e igualdad jurídica el Estado debe reconocer y facilitar el cambio de nombre de acuerdo con su identidad de género.
En caso afirmativo, cuestiona si sería contrario a la Convención Americana de Derechos Humanos que las personas interesadas cambiaran de nombre mediante procedimiento jurisdiccional en lugar de mediante proceso administrativo gratuito, rápido y accesible.
Además, la consulta a la Corte Interamericana pregunta sobre si el Estado debe reconocer los derechos patrimoniales de las uniones del mismo sexo. En caso afirmativo, pregunta si para ello es necesaria una figura jurídica.
En resumen: Costa Rica pretende que sea la Corte Interamericana de Derechos Humanos quien apruebe el mal llamado ‘matrimonio’ homosexual y la ideología de género.
De hacerlo, generaría jurisprudencia para todos los países americanos:
No sería de obligatorio cumplimiento, pero según la misma Corte “tendría efectos jurídicos innegables para todo el modelo regional”.
La Corte ha dado de plazo hasta el próximo 14 de febrero para recibir observaciones. Es nuestra oportunidad para remitir a la Corte nuestra opinión sobre la pretensión de ‘matrimonializar’ las uniones del mismo sexo.
Esta campaña está apoyada por gran parte de las asociaciones en defensa del matrimonio de toda América:
Plataforma Unidos por la Vida, Asociación la Familia Importa (Guatemala), Somos Más, Conciencia y Participación, Voto Católico El Salvador, Vida SV, Red Familia Colombia, Asociación de Padres 'Un paso al Frente', Fundación Si a la Vida, Consejo Coordinador de Movimientos por la Vida y la Familia, Frente Nacional por la Familia, Red de Líderes Católicos, Asociación nicaragüense por la Vida, Instituto de Política Familiar, Asociación nicaragüense de Bioética, Centro de Asistencia para la Mujer, Comité Profamilia de Bolivia, Ser Padres Plataforma Educativa S.C., Ciudadanos por la Familia (Venezuela), Argentinos Alerta, Red Provida Yucatán AC, Cefim Yucatán, Fundación Vida y Familia Panamá, Unidos por la Familia (Panamá), Fundación Admírate, Familias por Panamá, Red Vida y Familia Ecuador, Associaçao Filhos da Luz, Associaçao Casa Mae, Red Provida de Honduras, Frente Estadual de Ação pela Família y Fundación Familia y Futuro.
Nos estamos jugando mucho. Los temas consultados a la CIDH son debatidos en nuestro país. Si la respuesta fuera negativa tendríamos un factor fuerte en contra.
Por eso es tan importante que la Corte reciba un tsunami de opiniones. ¡Que escuche a la ciudadanía americana!
Gracias por apoyar esta campaña. Nos estamos jugando nada menos que la definición del matrimonio y la familia.
Un fuerte abrazo,
Luis Losada Pescador y todo el equipo de CitizenGO
PD. Sólo tenemos hasta el 14 de febrero para enviar tu opinión. No olvides enviar la tuya y compartir esta petición.



Felicidades en la Fiesta de La Cátedra de San Pedro


Sobre San Leon Magno, Papa.

Si un cristiano adulto no tiene idea alguna sobre Cristología.  Con sumo agrado le paso este Link de un SlideShare que es un resumen de lo que se trata. https://es.slideshare.net/RebecaReynaud/21-conc-calcedonia-monofisismo-san-len - en corto: http://tinyurl.com/z3dsfvb

 Si esto es muy poco, entonces, te puede gustar un Link para bajar la Suma Teológica: http://hjg.com.ar/sumat/ - Allí Santo Tomas de Aquino se extiende muchísimo más, y lo hace magistralmente. Enjoy!!!

Felicidades en la Fiesta de La Cátedra de San Pedro de San Pedro.

Este post es en atención a la Segunda Lectura del Oficio de hoy, de San León Magno, Papa.


Con mucho cariño,
Desde Guatemala, La Bella!!!
Noel y Silvia

Tuesday, February 7, 2017

Mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma 2017: La Palabra es un don. El otro es un don


Mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma 2017: La Palabra es un don. El otro es un don


Queridos hermanos y hermanas:

La Cuaresma es un nuevo comienzo, un camino que nos lleva a un destino seguro: la Pascua de Resurrección, la victoria de Cristo sobre la muerte. Y en este camino, recibimos siempre una llamada a la conversión: el cristiano está llamado a volver a Dios “de todo corazón” (Jl 2,12), a no contentarse con una vida mediocre, sino a crecer en la amistad con el Señor. Jesús es el amigo fiel que nunca nos abandona, porque incluso cuando pecamos espera pacientemente que volvamos a Él, y con esta espera manifiesta su voluntad de perdonar (cf. Homilía, 8 de enero de 2016).

La Cuaresma es un tiempo propicio para intensificar la vida del espíritu a través de los medios santos que la Iglesia nos ofrece: el ayuno, la oración y la limosna. En la base de todo, está la Palabra de Dios, que en este tiempo se nos invita a escuchar y a meditar con mayor frecuencia. En concreto, en la parábola del hombre rico y del pobre Lázaro (cf. Lc 6,19-31). Dejémonos guiar por este relato tan significativo que nos da la clave para entender cómo hemos de comportarnos para alcanzar la verdadera felicidad y la vida eterna, exhortándonos a una sincera conversión.

1.- El otro es un don

            La parábola comienza presentándonos a los dos personajes principales, pero es el pobre el que viene descrito con más detalle: él se encuentra en una situación desesperada y no tiene fuerza ni para levantarse, está echado a la puerta del rico y come las migajas que caen de su mesa, tiene llagas por todo el cuerpo y los perros vienen a lamérselas (cf. vv. 20-21). El cuadro es sombrío, y el hombre degradado y humillado.Principio del formulario

Final del formulario

La escena resulta aún más dramática si consideramos que el pobre se llama Lázaro: un nombre repleto de promesas que significa literalmente “Dios ayuda”. Este no es un personaje anónimo, tiene rasgos precisos y se presenta como una historia personal. Mientras que el rico es como si fuera invisible, para nosotros es alguien conocido y casi familiar, tiene un rostro; y, como tal, es un don, un tesoro de valor incalculable, un ser querido, amado, recordado por Dios, aunque su condición concreta sea la de un desecho humano ((cf. Homilía, 8 de enero de 2016).

Lázaro nos enseña que el otro es un don. La justa relación con las personas consiste en reconocer con gratitud su valor. Incluso el pobre en la puerta del rico, no es una carga molesta, sino una llamada a convertirse y a cambiar de vida. La primera invitación que nos hace esta parábola es la de abrir la puerta de nuestro corazón al otro, porque cada persona es un don, sea vecino nuestro o un pobre desconocido. La Cuaresma es un tiempo propicio para abrir la puerta a cualquier necesitado y reconocer en él o en ella el rostro de Cristo. Cada uno de nosotros los encontramos en nuestro camino. Cada vida que encontramos es un don y merece acogida, respeto y amor. La Palabra de Dios nos ayuda a abrir los ojos para acoger la vida y amarla, sobre todo cuando es débil. Pero para esto hay que tomar en serio también lo que el Evangelio nos revela acerca del hombre rico.

2.- El pecado nos ciega

            La parábola es despiadada al mostrar las contradicciones en las que encuentra el rico (cf. v. 19). Este personaje, al contrario que el pobre Lázaro, no tiene un nombre, se le califica solo como “rico”. Su opulencia se manifiesta en la ropa que viste, de un lujo exagerado. La púrpura, en efecto, es muy valiosa, más que la plata y el oro, y por eso estaba reservada a las divinidades (cf. Jr 10, 9) y a los reyes (cf. Jc 8. 26). La tela era un lino especial que contribuía a dar al aspecto un carácter casi sagrado. Por tanto, la riqueza de este hombre es excesiva, también por la exhibía de manera habitual todos los días: “Banqueteaba espléndidamente cada día” (v. 19). En él se vislumbra de forma patente la corrupción del pecado, que se realiza en tres momentos sucesivos: el amor al dinero, la vanidad y la soberbia ((cf. Homilía, 20 de septiembre de 2013).

El apóstol Pablo dice que “la codicia es la raíz de los todos los males” (1 Tim 6, 10). Esta es la causa principal de la corrupción y fuente de envidias, pleitos y recelos. El dinero puede llegar a dominarnos hasta convertirse en un ídolo titánico (cf. Exhortación apostólica Evangelii gaudium, 55). En lugar de ser un instrumento a nuestro servicio para hacer el bien ye ejercer la solidaridad con los demás, el dinero puede someternos, a nosotros y a todo el mundo, a una lógica egoísta que no deja lugar al amor e impide la paz.

La parábola nos muestra cómo la codicia del rico lo hace vanidoso. Su personalidad se desarrolla en la apariencia, en hacer ver a los demás lo que él se puede permitir. Pero la apariencia esconde un vacío interior. Su vida está prisionera de la exterioridad, de la dimensión más superficial y efímera de la existencia (cf, ibíd., 62).

El peldaño más bajo de esta decadencia moral es la soberbia. El hombre rico se viste como si fuera un rey, simula las maneras de un dios, olvidando que es simplemente mortal. Para el hombre corrompido por el amor a las riquezas, no existe otra cosa que el propio yo y por eso las personas que están a su alrededor no merecen su atención. El fruto del apego al dinero es una especie de ceguera: el rico no ve al pobre hambriento, llagado y postrado en su humillación.

Cuando miramos a este personaje, se entiende por qué el Evangelio condena con  tanta claridad el amor al dinero: “Nadie puede estar al servicio de dos amos. Porque despreciará a uno y querrá a otro; o al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero” (Mt 6, 24)

3.- La Palabra es un don

El Evangelio del rico y del pobre Lázaro nos ayuda a prepararnos bien para la Pascua que se acerca. La liturgia del Miércoles de Ceniza nos invita a vivir una experiencia semejante a la que el rico ha vivido de manera muy dramática. El sacerdote, mientras impone la ceniza en la cabeza, dice las siguientes palabras: “Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás”. El rico y el pobre, en efecto, mueren, y la parte principal de la parábola se desarrolla en el más allá. Los dos personajes descubren de repente que “sin nada vinimos al mundo y sin nada nos iremos” (1 Tim 6, 7).

También nuestra mirada se dirige al más allá, donde el rico mantiene un diálogo con Abraham, que llama “padre” (Lc 16, 24-27), demostrando que pertenece al pueblo de Dios. Este aspecto hace que su vida sea todavía más contradictoria, ya que hasta ahora no se había dicho nada de su relación con Dios. En efecto, en su vida no había lugar para Dios, siendo él su único dios.

El rico solo reconoce a Lázaro en medio de los tormentos de la otra vida, y quiere que sea el pobre quien le alivie en su sufrimiento con un poco de agua. Los gestos que se piden a Lázaro son semejantes a los que el rico hubiera tenido que hacer y que nunca realizó. Abraham, sin  embargo, le explica: “Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males; por eso, encuentra aquí su consuelo, mientras que tú padeces”  (v.25). En el más allá se restablece una cierta equidad y los males de la vida se equilibran con los bienes.

La parábola se prolonga, y, de esta manera, su mensaje se dirige a todos los cristianos. En efecto, el rico, cuyos hermanos todavía viven, pide a Abraham que les envíe a Lázaro para advertirles; pero Abraham le responde: “Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen” (v. 29). Y frente a la objeción del rico, añade: “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto” (v. 31).

De esta manera, se descubre el verdadero problema del rico: la raíz de sus males está en no prestar oído a la Palabra de Dios; esto es lo que le llevó a no amar ya a Dios y por tanto a despreciar al prójimo. La Palabra de Dios es una fuerza viva, capaz de suscitar la conversión del corazón de los hombres y orientar nuevamente a Dios. Cerrar el corazón al don de Dios que habla tiene como efecto cerrar el corazón al don del hermano.

Queridos hermanos y hermanas, la Cuaresma es el tiempo propicio para renovarse en el encuentro con Cristo vivo en su Palabra, en los sacramentos y en el prójimo. El Señor –que en los cuarenta días que pasó en el desierto venció los engaños del Tentador- nos muestra el camino a seguir. Qué el Espíritu Santo nos guíe a realizar un verdadero camino de conversión, para redescubrir el don de la Palabra de Dios, ser purificados del pecado que nos ciega y servir a Cristo presente en los hermanos necesitados. Animo a todos los fieles a que manifiesten también esta renovación espiritual participando en las campañas de Cuaresma que muchas organizaciones de la Iglesia promueven en distintas partes del mundo para que aumente la cultura del encuentro en la única familia humana. Oremos unos por otros para que, participando de la victoria de Cristo, sepamos abrir nuestras puertas a los débiles y a los pobres. Entonces viviremos y daremos un testimonio pleno de la alegría de la Pascua.



Vaticano, 18 de octubre de 2016,

 fiesta de san Lucas evangelista

Tiempo de gracia - Hna Isabel Ardanza Mendilibar, CCV

Carta del monasterio de Buenafuente para febrero de 2017
Monasterio Cisterciense Madre de Dios Buenafuente del Sistal, 5 de febrero de 2017
Tiempo de gracia
Durante los meses de invierno, en estos páramos de la serranía del Alto Tajo se experimenta, de manera dramática, la emigración de sus gentes por razón de la intemperie, la soledad, el frío y la distancia a los centros de salud.
Toda circunstancia aciaga y adversa, sin embargo, se puede convertir en tiempo propicio para consolidar la determinación interior y objetivar las opciones identificativas de la vida. En Buenafuente es más recio el desierto, el silencio, el encuentro con la soledad, el tú a tú con Dios en los espacios naturales cubiertos de escarcha
He leído que la merma de efectivos en las congregaciones religiosas y la pirámide de edades, que en principio parece una desgracia, se puede convertir en “tiempo de gracia” (La reducción, tiempo de gracia para vivir de la fe, Hna Isabel Ardanza Mendilibar, CCV).
En la debilidad asalta el miedo, el sufrimiento, la desesperanza, incluso se llega a desconfiar de la Providencia. Sin embargo, según las Sagradas Escrituras y según la espiritualidad cristiana, las experiencias de sufrimiento son motivo para madurar en la fe, y hasta un tiempo de bendición para vivir con mayor radicalidad el seguimiento de Jesús.
La clave para interpretar como bendición lo que se siente adverso estriba en la mirada teologal sobre los acontecimientos, que implica relación con el Señor y por ella, la reacción de abandono en sus manos.
En todo proyecto evangélico, Jesucristo es la referencia emblemática, y observamos que Él, a lo largo de su paso por nuestro mundo, resolvió las encrucijadas más adversas rindiendo su voluntad y abrazando el querer de su Padre.
En general nos sentimos bien cuando nos parece que somos útiles y que nuestro trabajo redunda en obras buenas. Sin mermar el mérito de quienes se entregan totalmente en la tarea y misión recibidas, cuando se es fuerte, joven, exitoso, no se descubre del todo si en la actividad hay proyección protagonista, afán posesivo, hasta narcisismo. Sin embargo, si en tiempo de desolación, de prueba, de aparente inutilidad, nos mantenemos en fidelidad, entonces es el momento de dejar que Dios obre a través de nuestras pobrezas, y que sea Él quien realice su obra a través de nuestra indigencia.
La experiencia del límite es el tiempo del ejercicio supremo de amor y de abandono en Dios, como lo hizo Jesús en manos de su Padre. Es Dios quien nos conduce. Es momento propicio para vivir como creyentes.
[TOMADA DEL SITIO http://www.revistaecclesia.com/carta-del-monasterio-de-buenafuente-para-febrero-de-2017/]
Con cariño,
Noel y Silvia


Monday, February 6, 2017

Addendum - [GAUDIUM ET SPES – P. PABLO VI – 7 de diciembre 1965]


Nota: Ante la reacción de algunos de los lectores del post de ayer del autor A. Pronzato, propongo lo que el Santo Padre, Papa Pablo VI publicó en la exhortación apostólica Gaudium et spes – extracto parcial de la Conclusion. - Para aminorar el dolor y aclarar que los golpes de pecho ayudan, pero no sanan. - N. S. Rios O.


CONCLUSIÓN [GAUDIUM ET SPES – P. PABLO VI – 7 de diciembre 1965]

http://www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/documents/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html

 Tarea de cada fiel y de las Iglesias particulares

91. Todo lo que, extraído del tesoro doctrinal de la Iglesia, ha propuesto el Concilio, pretende ayudar a todos los hombres de nuestros días, a los que creen en Dios y a los que no creen en El de forma explícita, a fin de que, con la más clara percepción de su entera vocación, ajusten mejor el mundo a la superior dignidad del hombre, tiendan a una fraternidad universal más profundamente arraigada y, bajo el impulso del amor, con esfuerzo generoso y unido, respondan a las urgentes exigencias de nuestra edad.

Ante la inmensa diversidad de situaciones y de formas culturales que existen hoy en el mundo, esta exposición, en la mayoría de sus partes, presenta deliberadamente una forma genérica; más aún, aunque reitera la doctrina recibida en la Iglesia, como más de una vez trata de materias sometidas a incesante evolución, deberá ser continuada y aplicada en el futuro. Confiamos, sin embargo, que muchas de las cosas que hemos dicho, apoyados en la palabra de Dios y en el espíritu del Evangelio, podrán prestar a todos valiosa ayuda, sobre todo una vez que la adaptación a cada pueblo y a cada mentalidad haya sido llevada a cabo por los cristianos bajo la dirección de los pastores.

El diálogo entre todos los hombres

92. La Iglesia, en virtud de la misión que tiene de iluminar a todo el orbe con el mensaje evangélico y de reunir en un solo Espíritu a todos los hombres de cualquier nación, raza o cultura, se convierte en señal de la fraternidad que permite y consolida el diálogo sincero.

Lo cual requiere, en primer lugar, que se promueva en el seno de la Iglesia la mutua estima, respeto y concordia, reconociendo todas las legítimas diversidades, para abrir, con fecundidad siempre creciente, el diálogo entre todos los que integran el único Pueblo de Dios, tanto los pastores como los demás fieles. Los lazos de unión de los fieles son mucho más fuertes que los motivos de división entre ellos. Haya unidad en lo necesario, libertad en lo dudoso, caridad en todo.

Nuestro espíritu abraza al mismo tiempo a los hermanos que todavía no viven unidos a nosotros en la plenitud de comunión y abraza también a sus comunidades. Con todos ellos nos sentimos unidos por la confesión del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y por el vínculo de la caridad, conscientes de que la unidad de los cristianos es objeto de esperanzas y de deseos hoy incluso por muchos que no creen en Cristo. Los avances que esta unidad realice en la verdad y en la caridad bajo la poderosa virtud y la paz para el universo mundo. Por ello, con unión de energías y en formas cada vez más adecuadas para lograr hoy con eficacia este importante propósito, procuremos que, ajustándonos cada vez más al Evangelio, cooperemos fraternalmente para servir a la familia humana, que está llamada en Cristo Jesús a ser la familia de los hijos de Dios.

Nos dirigimos también por la misma razón a todos los que creen en Dios y conservan en el legado de sus tradiciones preciados elementos religiosos y humanos, deseando que el coloquio abierto nos mueva a todos a recibir fielmente los impulsos del Espíritu y a ejecutarlos con ánimo alacre.

El deseo de este coloquio, que se siente movido hacia la verdad por impulso exclusivo de la caridad, salvando siempre la necesaria prudencia, no excluye a nadie por parte nuestra, ni siquiera a los que cultivan los bienes esclarecidos del espíritu humano, pero no reconocen todavía al Autor de todos ellos. Ni tampoco excluye a aquellos que se oponen a la Iglesia y la persiguen de varias maneras. Dios Padre es el principio y el fin de todos. Por ello, todos estamos llamados a ser hermanos. En consecuencia, con esta común vocación humana y divina, podemos y debemos cooperar, sin violencias, sin engaños, en verdadera paz, a la edificación del mundo.

Edificación del mundo y orientación de éste a Dios

93. Los cristianos recordando la palabra del Señor: En esto conocerán todos que sois mis discípulos, en el amor mutuo que os tengáis (Io 13,35), no pueden tener otro anhelo mayor que el de servir con creciente generosidad y con suma eficacia a los hombres de hoy. Por consiguiente, con la fiel adhesión al Evangelio y con el uso de las energías propias de éste, unidos a todos los que aman y practican la justicia, han tomado sobre sí una tarea ingente que han de cumplir en la tierra, y de la cual deberán responder ante Aquel que juzgará a todos en el último día. No todos los que dicen: "¡Señor, Señor!", entrarán en el reino de los cielos, sino aquellos que hacen la voluntad del Padre y ponen manos a la obra. Quiere el Padre que reconozcamos y amemos efectivamente a Cristo, nuestro hermano, en todos los hombres, con la palabra y con las obras, dando así testimonio de la Verdad, y que comuniquemos con los demás el misterio del amor del Padre celestial. Por esta vía, en todo el mundo los hombres se sentirán despertados a una viva esperanza, que es don del Espíritu Santo, para que, por fin, llegada la hora, sean recibidos en la paz y en la suma bienaventuranza en la patria que brillará con la gloria del Señor.

"Al que es poderoso para hacer que copiosamente abundemos más de lo que pedimos o pensamos, en virtud del poder que actúa en nosotros, a El sea la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús, en todas las generaciones, por los siglos de los siglos. Amén." (Eph 3,20-21).

Todas y cada una de las cosas que en esta Constitución pastoral se incluyen han obtenido el beneplácito de los Padres del sacrosanto Concilio. Y Nos, en virtud de la autoridad apostólica a Nos confiada por Cristo, todo ello, juntamente con los venerables Padres, lo aprobamos en el Espíritu Santo, decretamos y establecemos, y ordenamos que se promulgue, para gloria de Dios, todo los aprobado conciliarmente.

Roma, en San Pedro, 7 de diciembre de 1965.

Yo, PABLO, Obispo de la Iglesia católica.

Sunday, February 5, 2017

Sal y luz de la tierra... A. Pronzato


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por rj71

Ocasión para darse golpes de pecho

El hecho de que los discípulos se acercaran al Maestro, según la imagen que nos proponía el evangelio del domingo pasado, no puede sugerir la idea de una relación intimista, de un circuito cerrado. 

Está presente la muchedumbre. Está allí esperando. Provoca, por así decirlo, un cortocircuito.

Los discípulos reciben el encargo de escuchar una palabra al oído para gritarla en los techos. Tienen que percibir un mensaje para interpretarlo existencialmente y difundirlo.

El evangelio de hoy presenta precisamente la vocación cristiana en clave de «función pública», de servicio que se hace a todos.

Es la función, indispensable, de la sal, de la luz.

«Vosotros sois la sal de la tierra... Vosotros sois la luz del mundo». Evidentemente, uno no es sal ni luz con las palabras, con las declaraciones, con las buenas intenciones, sino con las obras.

Las obras surgen del amor y son un signo de amor. Tienen que manifestar el amor, no servir de soporte al prestigio y al Poder (y, desde luego, las «obras buenas» no deben confundirse con el «hacer muchas cosas», aunque algún negociante desaprensivo hace tiempo que tuvo la desfachatez de sostener que no hay ninguna página del evangelio que prohíba hacer buenos negocios. Evidentemente, había interpretado de forma muy atrevida la frase: «Que los hombres vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo». (Algo así como: A Dios la gloria; nosotros nos contentamos con... los cuartos) 

Sin embargo, estas frases que concretan nuestro papel no nos confieren necesariamente un certificado de superioridad sobre los demás, no son un título de honor, ni pueden interpretarse en clave de elogio o dar lugar a reivindicaciones triunfalistas de condecoraciones.

Sirven simplemente para que tomemos conciencia de nuestras responsabilidades y, todo lo más, para medir nuestras faltas y nuestras culpas. 

Por tanto, más que motivo de orgullo, deberían constituir una ocasión para un examen descarnado de conciencia.

O sea, un examen de lo que deberíamos haber sido en relación con la llamada que se nos ha dirigido de ponernos al servicio del mundo.

Intentemos una reflexión: ¿cuál ha sido nuestra aportación en la promoción de la tolerancia, de la descolonización, de la liberación? ¿Qué guerras hemos impedido (no sólo deplorado)?

¿Qué persecuciones hemos evitado (no sólo condenado)?

¿Qué movimientos de emancipación hemos fomentado (no sólo asumido como nuestros después del riesgo que otros asumieron)? 

¿Qué barreras hemos suprimido? ¿qué injusticias hemos abolido? 

¿Qué esperanzas hemos encendido en el mundo de los desesperanzados, a través de acciones concretas y provocativas, y no de simples invitaciones a la esperanza?
¿De qué movimientos de paz, de unidad, de comprensión, hemos sido protagonistas?

Por consiguiente, no se trata tanto de hinchar el pecho ante estas palabras del sermón de la montaña.

Mejor sería darnos golpes de pecho con ellas.

Más que sufrir porque no nos han llamado, porque nos han marginado y apartado, preguntémonos si por casualidad nuestra sal no se ha vuelto insípida. Ya el Señor había previsto que la sal que ha perdido su sabor tiene que ser «pisada por la gente».

Sobre todo, tenemos que darnos cuenta de que, si no conseguimos iluminar mucho, quizás sea porque somos poco trasparentes al único que es la luz del mundo.

Cuando uno está demasiado cargado, demasiado lleno de sí mismo, demasiado preocupado por brillar, es natural que la opacidad se haga más densa.

El sentido de la mesura

La sal es también cuestión de dosificación. Ni poca, ni mucha. Si falta sal, el plato resulta insípido. Pero el exceso de sal puede hacer que la sopa sea desagradable, incomestible.

Hay un estilo cristiano insulso, cobarde, tímido, tembloroso. Pero hay también un estilo cristiano invasor, aplastante, agresivo, desapacible, jactancioso, alborotador.
No es compatible con la vocación cristiana una actitud suspirante, impotente, lacrimosa, resignada.

Pero el testimonio bajo el signo de la franqueza y de la audacia no tiene nada que ver con la perversidad, con el gusto por la provocación clamorosa.

Puede haber un pecado de excesiva «buena educación».

Pero el remedio no es ciertamente el insulto, la grosería, la vulgaridad, la villanía, la falta de pudor.

La presencia no debe confundirse con el adueñamiento.

Se puede aceptar la recomendación de Andrei Siniavski, que denuncia el peligro de que «se sequen las raíces».

Sin embargo, hay que tener presente que la función del árbol no es la de producir bastones nudosos para empuñarlos contra los enemigos.

La sal, en tiempos de Jesús, se usaba también como abono (también hoy muchos fertilizantes se componen de sales minerales).

La sal quema, ciertamente -porque contiene fuego-; por eso hay que impedir que amenace y apague la vida.

Por otra parte, sabemos que ciertos productos empleados para la agricultura contaminan por desgracia las capas acuíferas y hasta envenenan los frutos que deberían favorecer y conservar.

Esto mismo puede decirse de la luz. No podemos ni debemos ocultarla. La lámpara no debe apagarse.

Sin embargo, la luz evangélica es siempre una luz discreta, respetuosa, no clamorosa, no... bulliciosa.

La visibilidad no debe confundirse con la exhibición, con el espectáculo.

El sentido de la mesura no disminuye en lo más mínimo la fuerza de irradiación, sino que le confiere por el contrario una mayor intensidad y eficacia.

Ese dedo es peor que una puerta cerrada

Isaías (primera lectura) nos ofrece una gama discreta de obras francamente «buenas».

Pero es preciso quitar un impedimento: la costumbre de «apuntar con el dedo».

El dedo que apunta al prójimo es señal de juicio, de condenación. El dedo que apunta constituye una especie de pared que me impide ver al otro, que no permite que me acerque a él. Es el obstáculo más insuperable.

Tras el dedo amenazador hay además normalmente una lengua en movimiento. Maledicencias, críticas, calumnias, sentencias inexorables, palabras envenenadas. El juicio inapelable se expresa en un tono de dureza, de frialdad, de falta de compasión.

«Hospeda a los pobres sin techo...».

No hablamos de puertas cerradas. A veces basta con un dedo apuntando para cerrar el acceso a los indeseables.

Ese dedo apuntando constituye la manera más hipócrita de defenderse de las personas incómodas.

El dedo apuntando impide la vista, esconde el rostro del hermano. Y le impide, le bloquea inexorablemente, la entrada.

El dedo apuntando es cerrazón, rechazo, barrera infranqueable. El prójimo no «pasa» a nuestro corazón.

Mientras la mano siga ocupada, comprometida, atada a aquel dedo apuntando como un arma, no podrá abrirse al gesto del don, de la acogida, de la disposición a compartir.

Pasión y pudor

Un ejemplo iluminador del equilibrio entre la pasión apostólica y el pudor, entre la urgencia de la comunicación y el respeto a las personas, entre el fuego interior y la delicadeza, es el que nos ofrece Pablo (segunda lectura): «No vine a vosotros con sublime elocuencia o sabiduría... sino débil y temeroso».

Nunca se valorará lo suficiente esta vacilación, esta inseguridad, este introducirse de puntillas, esta negativa a derribar la puerta. Pablo no tiene nada de conquistador ni de maestro vanidoso («mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana»). Ninguna petulancia. Y ninguna presunción.

No se presenta como un desenvuelto dominador de la situación. Ni como un hábil dialéctico.

Ni la gloria, ni el poder, ni la sabiduría humana. Sino la debilidad y la humillación de la cruz y la fuerza persuasiva del amor.

Pablo no pretende forzar ni tampoco seducir. Quiere convencer a través de la fuerza del Espíritu, no con otros medios.

En Atenas había preparado un discurso deslumbrante, de intelectual, con todas las citas necesarias.

Después de su fracaso, comprendió que no se trataba de hacerse el intelectual, sino que había que fiarse de la palabra escabrosa de la cruz, del lenguaje «inspirado».

Podemos decir que Pablo se presenta como quien sigue aprendiendo. No pretende impresionar, asombrar, adoctrinar, manejar a su gusto a las personas. Intenta encontrar palabras sencillas que remuevan el fondo de los corazones, que despierten la libertad, que iluminen las conciencias. Evita toda coacción, toda constricción.

Pablo descubre y presenta la verdad del hombre en el Crucificado. Por eso no tiene necesidad de modelar el mensaje del evangelio con la sabiduría y las ideologías humanas.

Prescinde tranquilamente de los discursos doctos.

Pablo no se olvida de que fueron los poderosos, con la complicidad de los sabios, los que crucificaron a Jesús. Y es consciente de que pueden también crucificar al hombre. No está ni mucho menos dispuesto a cambiar la necedad de la cruz por la sabiduría humana en el tenderete de la última moda o de la última ideología (¡que es siempre la penúltima!).

Sabe que sólo a través de la cruz puede seguir en contacto con el Espíritu y establecer una relación real, profunda, con el hombre, llegando a sus aspiraciones más profundas, a sus esperanzas más acuciantes.

A. Pronzato