Monday, February 26, 2018

Primera predicación del P. Raniero Cantalamessa - Cuaresma 2018

“Estar en el mundo, pero no ser del mundo”: meditación de Cuaresma

https://es.zenit.org/articles/estar-en-el-mundo-pero-no-ser-del-mundo-meditacion-de-cuaresma/ 
Primera predicación del P. Raniero Cantalamessa
El P. Raniero Cantalamessa © Vatican Media
(ZENIT – 23 feb. 2018).- El Padre Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia, impartió esta mañana su primera predicación de Cuaresma a partir de la frase: “No os conforméis a la mentalidad de este mundo”, que se lee en la Carta de San Pablo a los Romanos (12, 2).
La charla cuaresmal ha tenido lugar esta mañana, 23 de febrero de 2018, a las 9 horas, en la Capilla Redemptoris Mater del Palacio Apostólico .
A continuación, sigue el texto de la predicación del P. Cantalamessa:
«No os conforméis a la mentalidad de este mundo» (Rom 12,2)
«No os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto» (Rom 12,2).
En una sociedad en la que cada uno se siente investido con la tarea de transformar el mundo o la Iglesia, cae esta palabra de Dios que invita a transformarse uno mismo. «No os amoldéis a este mundo»: después de estas palabras habríamos esperado que se nos dijera: «¡Pero transformadlo!»; en cambio nos dice: «¡Sino transformaos!». Transformad, sí, el mundo, pero el mundo que está dentro de vosotros, antes de creer poder transformar el mundo que está fuera de vosotros.
Será esta palabra de Dios, sacada de la Carta a los Romanos, la que nos introduzca este año en el espíritu de la Cuaresma. Como desde hace algunos años, dedicamos la primera meditación a una introducción general a la Cuaresma, sin entrar en el tema específico del programa, también por la ausencia de parte del auditorio ocupado en otro lugar en los Ejercicios Espirituales.
1. Los cristianos y el mundo
Demos primero una mirada a cómo este ideal del apartamiento del mundo ha sido comprendido y vivido desde el Evangelio hasta nuestros días. Conviene tener en cuenta siempre las experiencias del pasado si se quieren comprender las necesidades del presente.
En los evangelios sinópticos la palabra «mundo» (kosmos) casi siempre se entiende en sentido moralmente neutro. Tomado en sentido espacial, mundo indica la tierra y el universo («Id por todo el mundo»); tomado en sentido temporal, indica el tiempo o el «siglo» (aion) presente. Con Pablo, y más aún con Juan, la palabra «mundo», se carga de una relevancia moral y viene a significar, la mayoría de las veces, el mundo como ha llegado a ser tras el pecado y bajo el dominio de Satanás, «el Dios de este mundo» (2 Cor 4,4). De ahí la exhortación de Pablo de la que hemos partido y aquella, casi idéntica, de Juan en su Primera Carta:
« No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguno ama al mundo, no está en él el amor del Padre. Porque lo que hay en el mundo —la concupiscencia de la carne, y la concupiscencia de los ojos, y la arrogancia del dinero—, eso no procede del Padre, sino que procede del mundo» (1 Jn 2, 15-16).
Todo esto no conduce nunca a perder de vista que el mundo en sí mismo, a pesar de todo, es y seguirá siendo, la realidad buena creada por Dios, que Dios ama y que ha venido a salvar, no a juzgar: «Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16).
La actitud hacia el mundo que Jesús propone a sus discípulos está encerrada en dos preposiciones: estar en el mundo, pero no ser del mundo: «Ya no voy a estar en el mundo —dice dirigido al Padre—; pero ellos están en el mundo […]. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo» (Jn 17,11.16).
Durante los tres primeros siglos, los discípulos se muestran conscientes de esta posición suya única. La Carta a Diogneto, escrito anónimo de final del siglo II, describe así el sentimiento que los cristianos tenían de sí mismos en el mundo:
«Los cristianos no se distinguen de los demás hombres, ni por el lugar en que viven, ni por su lenguaje, ni por sus costumbres. Ellos, en efecto, no tienen ciudades propias, ni utilizan un hablar insólito, ni llevan un género de vida distinto. Su sistema doctrinal no ha sido inventado gracias al talento y especulación de hombres estudiosos, ni profesan, como otros, una enseñanza basada en autoridad de hombres. Viven en ciudades griegas y bárbaras, según les cupo en suerte, siguen las costumbres de los habitantes del país, tanto en el vestir como en todo su estilo de vida y, sin embargo, dan muestras de un tenor de vida admirable y, a juicio de todos, increíble. Habitan en su propia patria, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña es patria para ellos, pero están en toda patria como en tierra extraña. Igual que todos, se casan y engendran hijos, pero no se deshacen de los hijos que conciben. Tienen la mesa en común, pero no el lecho. Viven en la carne, pero no según la carne».
Sinteticemos al máximo la continuación de la historia. Cuando el cristianismo se convierte en religión tolerada y luego muy pronto protegida y favorecida, la tensión entre el cristiano y el mundo tiende inevitablemente a atenuarse, porque el mundo ya se ha convertido, o al menos es considerado, «un mundo cristiano». Se asiste así a un doble fenómeno. Por una parte, los grupos de creyentes deseosos de permanecer como sal de la tierra y no perder el sabor, huyen, también físicamente, del mundo y se retiran al desierto. Nace el monacato teniendo como enseña el lema dirigido al monje Arsenio: «Fuge, tasce, quiesce», «Huye, calla, vive retirado».
Al mismo tiempo, los pastores de la Iglesia y los espíritus más iluminados tratan de adaptar el ideal del apartamiento del mundo a todos los creyentes, proponiendo una huida no material, sino espiritual del mundo. San Basilio en Oriente y san Agustín en Occidente conocen el pensamiento de Platón sobre todo en la versión ascética que había asumido con el discípulo Plotino. En esta atmósfera cultural estaba vivo el ideal de la fuga del mundo. Sin embargo, se trataba de una fuga, por así decirlo, en vertical, no en horizontal, hacia arriba, no hacia el desierto. Consiste en elevarse por encima de la multiplicidad de las cosas materiales y las pasiones humanas, para unirse a lo que es divino, incorruptible y eterno.
Los Padres de la Iglesia —los capadocios en primera línea— proponen una ascética cristiana que responde a esta exigencia religiosa y adopta su lenguaje, sin sacrificar nunca a ella, sin embargo, los valores propios del Evangelio. Para empezar, la fuga del mundo inculcada por ellos es obra de la gracia más que del esfuerzo humano. El acto fundamental no está al final del camino, sino en su comienzo, en el bautismo. Por eso, no está reservada a pocos espíritus cultos, sino abierta a todos. San Ambrosio escribirá un tratadito Sobre la huida del mundo, dirigiéndolo a todos los neófitos. La separación del mundo que él propone es sobre todo afectiva: «La fuga —dice— no consiste en abandonar la tierra, sino, permaneciendo en la tierra, en observar la justicia y la sobriedad, en renunciar a los vicios y no al uso de los alimentos».
Este ideal de desprendimiento y fuga del mundo acompañará, en formas diversas, toda la historia de la espiritualidad cristiana. Una oración de la liturgia lo resume en el lema: «Terrena despicere et amare caelestia», «despreciar las cosas de la tierra y amar las del cielo».
2. La crisis del ideal de la «fuga mundi»
Las cosas han cambiado en la época cercana a nosotros. Nosotros hemos atravesado, a propósito del ideal de la separación del mundo, una fase «crítica», es decir, un período en que dicho ideal fue «criticado» y mirado con sospecha. Esta crisis tiene raíces remotas. Comienza —al menos a nivel teórico— con el humanismo del renacimiento que produce el auge del interés y entusiasmo, a veces de matriz paganizante, por los valores mundanos. Pero el factor determinante de la crisis hay que verlo en el fenómeno de la llamada «secularización», que comenzó con la Ilustración y alcanzó su punto álgido en el siglo XX.
El cambio más evidente se refiere precisamente al concepto de mundo o de siglo. En toda la historia de la espiritualidad cristiana, la palabra saeculum, había tenido una connotación tendencialmente negativa, o al menos ambigua. Indicaba el tiempo presente sometido al pecado, en oposición al siglo futuro o a la eternidad. Con el paso de pocas décadas, cambió de signo, hasta asumir, en los años ‘60 y ‘70, un significado muy positivo. Algunos títulos de libros que salieron en aquellos años, como El significado secular del Evangelio, de Paul van Buren, y La ciudad secular, de Harvey Cox, ponen en evidencia, por sí solos, este significado nuevo, optimista, de «siglo» y de «secular». Nació una «teología de la secularización».
Sin embargo, todo esto ha contribuido a alimentar en algunos un optimismo exagerado respecto del mundo, que no tiene en cuenta suficientemente su otra cara: aquella por la que está «bajo el maligno» y se opone al espíritu de Cristo (cf. Jn 14,17). En un determinado momento nos hemos dado cuenta de que al ideal tradicional de la fuga «del» mundo, se había sustituido, en la mente de muchos (también entre el clero y los religiosos), por el ideal de una fuga «hacia» el mundo, es decir, una mundanización.
En este contexto se escribieron algunas de las cosas más absurdas y delirantes que jamás se han pasado bajo el nombre de «teología». La primera de ellas es la idea de que Dios mismo se seculariza y se mundaniza, cuando se anula como Dios para hacerse hombre. Estamos ante la llamada «Teología de la muerte de Dios». Existe también una sana teología de la secularización en que ésta no es vista como algo opuesto al Evangelio, sino más bien como un producto de él. Pero no es ésa la teología de la que estamos hablando.
Alguien ha hecho notar que las «teologías de la secularización» mencionadas no eran otra cosa que un intento apologético tendente «a proporcionar una justificación ideológica de la indiferencia religiosa del hombre moderno»; eran también «la ideología que las Iglesias necesitaban para justificar su creciente marginación»[1]. Pronto se hizo claro que estábamos en un callejón sin salida; en pocos años no se habló ya casi de teología de la secularización y algunos de sus mismos promotores tomaron distancias.
Como siempre, tocar el fondo de una crisis es la ocasión para volver a interrogar a la Palabra de Dios «viva y eterna». Escuchamos de nuevo, pues, la exhortación de Pablo: «No os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto».
Para el Nuevo Testamento, ya sabemos cuál es el mundo al cual no debemos conformarnos: no el mundo creado y amado por Dios, no los hombres del mundo a los cuales, al contrario, debemos ir siempre al encuentro, especialmente los pobres, los últimos, los que sufren. El «mezclarse» con este mundo del sufrimiento y la marginación es paradójicamente el mejor modo de «separarse» del mundo, porque es ir allí, de donde el mundo huye con todas sus fuerzas. Es separarse del mismo principio que rige el mundo, que es el egoísmo.
Detengámonos más bien en el significado de lo que sigue: transformarse renovando lo íntimo de nuestra mente. Todo en nosotros comienza por la mente, por el pensamiento. Hay una máxima de sabiduría que dice:
Supervisa los pensamientos porque se convierten en palabras.
Supervisa las palabras porque se convierten en acciones.
Supervisa las acciones porque se convierten en costumbres.
Supervisa las costumbres porque se convierten en tu carácter.
Supervisa tu carácter porque se convierte en tu destino.
Antes que en las obras, el cambio debe realizarse, pues, en el modo de pensar, es decir, en la fe. En el origen de la mundanización hay muchas causas, pero la principal es la crisis de fe. En este sentido, la exhortación del Apóstol no hace más que revitalizar la de Cristo al comienzo de su Evangelio: «Convertíos y creed», ¡convertíos, es decir, creed! Cambiad la manera de pensar; dejad de pensar «según los hombres» y comenzad a pensar «según Dios» (cf. Mt 16,23).
Tenía razón san Tomás de Aquino al decir que «la primera conversión se realiza creyendo»: la prima conversio fit per fidem.
La fe es el terreno de enfrentamiento primario entre el cristiano y el mundo. Por la fe el cristiano ya no es «del» mundo. Cuando leo las conclusiones que sacan los científicos no creyentes de la observación del universo, la visión del mundo que nos dan escritores y cineastas, donde, en el mejor de los casos, Dios es reducido a un vago y subjetivo sentido del misterio y Jesucristo ni siquiera es tomado en cuenta, siento que pertenezco, gracias a la fe, a otro mundo. Experimento la verdad de aquellas palabras de Jesús: «Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis» y quedo perplejo al comprobar cómo Jesús ha previsto esta situación y dado anticipadamente su explicación: «Has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y se las ha revelado a los sencillos» (Lc 10,21-23).
Entendido en sentido moral, el «mundo» es por definición lo que se niega a creer. El pecado, del que Jesús dice que el Paráclito «convencerá al mundo», es no haber creído en Él (cf. Jn 16,8-9). Juan escribe: «Esta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe» (1 Jn 5,4-5). En la carta a los Efesios se lee: «También vosotros estabais muertos por vuestras culpas y vuestros pecados, en los cuales un tiempo vivisteis a la manera de este mundo, siguiendo al príncipe de las potencias del aire, ese Espíritu que ahora obra en los hombres rebeldes» (Ef 2,1-2). El exégeta Heinrich Schlier ha hecho un análisis penetrante de este «espíritu del mundo» considerado por Pablo como el rival directo del «Espíritu de Dios» (1 Cor 2,12). En él desempeña un papel decisivo la opinión pública, hoy también literalmente espíritu «que está en el aire» porque se difunde vía éter.
«Se determinará —escribe— un espíritu de gran intensidad histórica, al que el individuo difícilmente puede sustraerse. Nos atenemos al espíritu general, se considera evidente. Actuar o pensar o decir algo contra él se considera cosa absurda o incluso una injusticia o un delito. Entonces ya no se osa ponerse frente a las cosas y a la situación y sobre todo a la vida de manera diferente a como las presenta… Su característica es interpretar el mundo y la existencia humana a su manera».
Es lo que llamamos «adaptación al espíritu de los tiempos». Actúa como el vampiro de la leyenda. El vampiro se pega a las personas que duermen y mientras le chupa su sangre, al mismo tiempo inyecta en ellas un líquido soporífero que hace que encuentren aún más dulce el sueño, de modo que aquéllas se sumen cada vez más en el sueño y este puede chupar toda la sangre que quiere. Pero el mundo es peor que el vampiro, porque el vampiro no puede adormecer a la presa, sino que se acerca a los que ya duermen. En cambio, el mundo primero duerme a las personas y luego les chupa todas sus energías espirituales, inyectando también una especie de líquido soporífero que hace encontrar el sueño aún más dulce.
El remedio en esta situación es que alguien nos grite al oído: «¡Despierta!». Es lo que hace la palabra de Dios en muchas ocasiones y que la liturgia de la Iglesia nos hace volver a escuchar puntualmente al inicio de la Cuaresma: «Despierta tú que duermes» (Ef 5,14); «¡Es tiempo de despertarse del sueño!» (Rom 13,11).
3. Pasa la escena de este mundo
Pero interroguémonos por el motivo por el que el cristiano no debe ajustarse al mundo. No es de naturaleza ontológica, sino escatológica. No se deben tomar las distancias del mundo porque la materia es intrínsecamente mala y enemiga del espíritu, como pensaban los platónicos y algunos escritores influenciados por ellos, sino porque, como dice la Escritura, «pasa la escena de este mundo» (1 Cor 7,31); «el mundo pasa con su concupiscencia, pero quien hace la voluntad de Dios permanece para siempre» (1 Jn 2,17).
Basta detenerse un instante y mirar alrededor para darse cuenta de la verdad de estas palabras. Ocurre en la vida como en la pantalla de televisión: los programas, las llamadas parrillas, se suceden rápidamente y cada uno borra al anterior. La pantalla sigue siendo la misma, pero los programas y las imágenes cambian. Eso sucede con nosotros: el mundo permanece, pero nosotros nos vamos uno detrás de otro. De todos los nombres, los rostros, las noticias que llenan los periódicos y los telediarios de hoy —de todos nosotros— ¿qué quedará de aquí a unos años o décadas? Nada de nada.
Pensemos en qué quedan los mitos de hace 40 años y qué quedará dentro de 40 años de los mitos y las celebridades de hoy. «Sucederá —se lee en Isaías— como cuando un hambriento sueña con comer, como cuando un sediento sueña beber, pero se despierta cansado, con la garganta seca» (Is 29,8). ¿Qué son riquezas, salud, gloria, si no un sueño que se desvanece al despuntar el día? Un pobre, decía san Agustín, una noche tiene un sueño precioso. Sueña que le cae encima una herencia ingente. Durante el sueño se ve revestido de espléndidos vestidos, rodeado de oro y plata, poseedor de campos y viñas; en su orgullo desprecia al propio padre y finge no reconocerlo… Pero se despierta por la mañana y se descubre tal como se había dormido.
«Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré», dice Job (Job 1,21). Ocurrirá lo mismo a los millonarios de hoy con su dinero y a los poderosos que hoy hacen temblar al mundo con su poder. El hombre, visto fuera de la fe, no es más que «un dibujo creado por la ola en la playa del mar a la que borra la ola posterior ».
Hoy hay un nuevo marco en que es particularmente necesario no ajustarse a este mundo: las imágenes. Los antiguos habían acuñado el lema: «Ayunar del mundo» (nesteuein tou kosmou); hoy se debería entender en el sentido de ayunar de las imágenes del mundo. Hubo un tiempo en que el ayuno de alimentos y bebidas era considerado el más eficaz y necesario. Ya no es así. Hoy se ayuna por muchos otros motivos: sobre todo para mantener la línea. Ningún alimento, dice la Escritura, es en sí mismo impuro, mientras que muchas imágenes lo son. Se han convertido en uno de los vehículos privilegiados con los que el mundo difunde su antievangelio. Un himno de la cuaresma exhorta:
Utamur ergo parcius          Utilicemos parcamente
Verbis, cibis et potibus,      palabras, alimentos y bebidas.
Somno, iocis et arctius       sueño y recreo.
Perstemus en custodia.      Estemos más atentos en custodiar los sentidos.
A la lista de las cosas que hay que usar parcamente —palabras, alimentos, bebidas y sueño— habría que añadir, las imágenes. Entre las cosas que vienen del mundo y no del Padre, junto a la concupiscencia de la carne y la soberbia de la vida, san Juan pone significativamente «la concupiscencia de los ojos» (1 Jn 2,16). Recordemos cómo cayó el rey David… lo que le ocurrió mirando en la terraza de la casa de al lado, pasa hoy a menudo abriendo algunos sitios en Internet.
Si en algún momento nos sentimos turbados por imágenes impuras, sea por imprudencia propia, sea por la invasión del mundo que caza a la fuerza sus imágenes en los ojos de la gente, imitemos lo que hicieron en el desierto los judíos que eran mordidos por serpientes. En lugar de perdernos en estériles lamentos, o buscar excusas en nuestra soledad y en la incomprensión de los demás, miremos a un Crucifijo o vayamos ante el Santísimo. «Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es preciso que sea levantado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna» (Jn 3,15). Que el remedio pase por donde ha pasado el veneno, es decir por los ojos.
Con estos propósitos sugeridos por la palabra de san Pablo a los Romanos, y sobre todo con la gracia de Dios, comenzamos, Venerables padres, hermanos y hermanas, nuestra preparación a la Santa Pascua. Hacer Pascua, decía san Agustín, significa «pasar de este mundo al Padre» (Jn 13,1), es decir, ¡pasar a lo que no pasa! Es necesario pasar desde el mundo para no pasar con el mundo. Buena y santa Cuaresma.
©Traducción del original italiano Pablo Cervera Barranco

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Friday, February 23, 2018

Historia de Jerusalen - 2018 - MSN- noticias

Queridos hermanos,
Hemos oido, yo en lo particular, historias parciales sobre Jerusalén, y Tierra Santa en general. Aquí hay una noticia que sumariza la historia de Jerusalen en pocas palabras... Muy especialmente importante por lo que se está dando hoy por los Estados Unidos a través del Presidente Trump...
Esto es parecido a “Los Hechos de los Apóstoles” - que según algunos expertos no se ha terminado totalmente de escribir... Porque falta ver que hacemos los gentiles con el gran regalo que nos han hecho los Apóstoles [enviados por Nuestro Señor Jesucristo] por medio de San Pedro y San Pablo, seguido de los Papas [y cada una de sus exhortaciones, encíclicas y otros documentos]. (Ver penúltimos versículos de los Hechos de los Apóstoles – Hch. 28, 28 * ver la nota (a)).

“Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón.»”



Con mucho cariño,
Sus hermanos,
Noel y Silvia
Desde “La Porciúncula”





Oculto Y Revelado En Lucas – Hechos - By Julia Blum - Parte I.

Oculto Y Revelado En Lucas – Hechos

By Julia Blum - enero 25, 2018
Antes y después
En mi post anterior subrayé porqué según Isaías 53:3 el ocultar el rostro ha sido un paso importante en el programa mesiánico y una característica prominente en la imagen del “Siervo Mesiánico”. Por lo tanto, podríamos esperar que este concepto esté también presente en el Nuevo Testamento: el Mesías, oculto en el cielo desde el principio, viene a la tierra, pero sigue permaneciendo oculto, solo para ser revelado en el tiempo señalado. Por eso, si Jesús era el Mesías y tenía que cumplir con el programa mesiánico de Isaías 53, era necesario que ocultase su rostro, su estatus mesiánico necesitaba ser ocultado durante su vida y su ministerio. Por lo tanto, podemos sugerir que el mesianismo de Jesús fue entendido, no solo por él mismo, sino también por aquellos que describían su vida y su ministerio, en términos de un Mesías “escondido y revelado”—un Mesías cuyo mesianismo está oculto hasta el tiempo señalado, y solo revelado tiempo después—. ¿Encontramos pruebas de este concepto en el Nuevo Testamento?
Ya que Lucas es el único autor que describe tanto la vida terrenal de Jesús como el ministerio de sus discípulos después de la crucifixión y resurrección, son los escritos de Lucas los que nos proporcionan una única oportunidad para seguir el desarrollo de este “antes y después” del tema. Mientras escribía sobre la vida terrenal de Jesús, Lucas continuamente le describe ocultando su mesianismo (y llamándose a sí mismo como Hijo del Hombre, en lugar de Mesías), mientras que en Hechos, el secreto del mesianismo de Jesús cede ante la proclamación pública y ahí vemos los implacables esfuerzos de sus discípulos en comunicar a todos su mesianismo.
 
Él le mandó que no lo dijese a nadie
Empecemos por el primer caso en Lucas, donde vemos a Jesús prohibiendo hacer público su mesianismo. Sigue inmediatamente después del episodio conocido sobre el rechazo de Jesús en la sinagoga de Nazaret, en el capítulo 4. Vemos que a diferencia del pueblo de Nazaret, habían algunos que le reconocieron como Mesías —estos eran los demonios, pero Él siempre les prohibió que lo proclamaran —. Así pues, el endemoniado de Capernaum ocurre en Lucas 4:33, cuando el Mesías es saludado y Jesús le reprende: Estaba en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu de demonio inmundo, el cual exclamó a gran voz, diciendo: Déjanos; ¿qué tienes con nosotros, Jesús nazareno? ¿Has venido para destruirnos? Yo te conozco quién eres, el Santo de Dios. Y Jesús le reprendió, diciendo: Cállate, y sal de él.[1] En la descripción en 4:40 esta confesión demoniaca del Mesías es formulada otra vez y allí Jesús prohíbe a los demonios que proclamen su mesianismo: Y Él le reprendió, no les permitió que hablasen, porque ellos sabían que Él era el Cristo. [2]
De la misma manera, los enfermos también fueron objeto de semejante veto. Encontramos la prohibición de Jesús tanto en la historia del leproso como en la resurrección de la hija de Jairo. Después de que el leproso fuese limpio, y él le mandó que no lo dijese a nadie[3]; después de la resurrección de la hija del jefe de la sinagoga, Jesús les mandó que a nadie dijesen lo que había sucedido.[4] Vemos que “Jesús está manifiestamente preocupado de que la proclamación de sus milagros le empujen a levantar el velo”.[5]
Sin embargo, la historia del gentil endemoniado del país de los gadarenos, revela una excepción. En este caso, la orden de Jesús al hombre que fue sanado es muy diferente de lo que Él mandó a sus conciudadanos judíos en situaciones similares: Vuélvete a tu casa, y cuenta cuán grandes cosas ha hecho Dios contigo.[6] Es importante señalar que este caso proporciona la única excepción en todo el Evangelio: en todos los otros casos, Jesús rápidamente evita los títulos mesiánicos y se opone firmemente a que se propaguen sus milagros. Vemos a Jesús evitando el título de Mesías incluso mientras hablaba con sus discípulos. Cuando Él les pregunta: “¿Y vosotros quién decís que soy? Entonces respondiendo Pedro, dijo: El Cristo (Mesías) de Dios”. En lugar de confirmar la revelación, como sucedió en Mateo, pero él les mandó que a nadie dijesen esto, encargándoselo rigurosamente, y diciendo: Es necesario que el Hijo del Hombre padezca muchas cosas…[7] Incluso aquí y ahora, tiene mucho cuidado al decir: El Cristo (Mesías) ha de sufrir muchas cosas, como uno seguramente esperaría que dijese después de la confesión de Pedro.
Proclamado desde las azoteas
Así pues, vemos que en el Evangelio de Lucas, Jesús continuamente prohíbe a sus conciudadanos que hablen de su dignidad mesiánica y de sus milagros, mientras que al mismo tiempo Él les permite a los gentiles que digan esas cosas. Pero cuando abrimos el segundo volumen del mismo autor —el libro de Hechos— el contraste es bastante drástico. No hay palabras que describan mejor este súbito cambio en el ambiente, del Evangelio a los Hechos, más que el versículo del mismo Lucas: Lo que habéis hablado al oído en los aposentos, se proclamará en las azoteas.[8] Aquí en Hechos, ya no se oculta nada más, y la dignidad mesiánica de Jesús es proclamada a voces y públicamente: contrario a oculto, escondido, apenas revelado al oído el secreto de la dignidad mesiánica de Jesús en el Evangelio, hay una proclamación abierta de su Mesianismo en el libro de Hechos. En estos tres discursos públicos —en los capítulos 2, 3 y 4 de Hechos— Pedro está proclamando en alta voz, casi literalmente en las azoteas que Jesús de Nazaret es el Mesías: Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo.[9] Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel. De repente, el secreto, el conocimiento esotérico del Evangelio, se convierte en un mensaje ampliamente difundido en Hechos. En algún lugar, entre el Evangelio y el libro de Hechos, el secreto del mesianismo de Jesús es revelado.
En este sentido, la crucifixión de Jesús es sin duda el punto cardinal de la historia, el tiempo señalado para que el Mesías Oculto sea revelado. Si retrocedemos desde este punto, vemos a Jesús escondiendo su mesianismo; si vamos hacia delante, escuchamos a sus discípulos proclamando su mesianismo abiertamente y sin descanso. Por eso es que en el último capítulo del Evangelio de Lucas, tenemos la historia de Emaús. Lucas, un gran escritor, quiere que examinemos de nuevo el Evangelio completo a la luz de este capítulo —y también mirar el libro de Hechos a la luz de este capítulo—. La próxima vez, analizaremos juntos esta maravillosa historia para que podamos entender mejor esta abrupta transición del Evangelio a Hechos—del Mesías Oculto al Mesías Revelado—.
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[1] Lucas 4:33-35
[2]  Me gustaría recordarles que Cristo (del griego Χριστός, Christós) significa “el Ungido”, el Mesías.
[3] Lucas 5:14
[4] Lucas 8:56
[5] William Wrede, The Messianic Secret, p.11
[6] Lucas 8:39
[7] Lucas 9:20-21
[8] Lucas 12:3
[9] Hechos 2:36

CapÍtulo Transitorio (1) Sus Ojos Estaban Velados

By Julia Blum - febrero 1, 2018
En el mismo día
Como todos sabemos, Lucas es el único autor en el Nuevo Testamento que sintió la necesidad de completar la historia de la vida “oculta” de Jesús en el Evangelio, con la historia de sus discípulos en Hechos, proclamando aquí abiertamente que Jesús es el Mesías. Más aún, en su escrito de dos volúmenes, Lucas nos proporciona una formidable herramienta para entender la naturaleza del abrupto cambio entre el Evangelio y Hechos: ¿Por qué el estatus mesiánico de Jesús, escondido tan a fondo en el Evangelio, de repente empieza a ser proclamado públicamente en Hechos? ¿Por qué lo que fue hablado al oído en cámaras secretas en el Evangelio, es “proclamado desde las azoteas” en Hechos? El último capítulo del Evangelio de Lucas sirve no solo como una maravillosa transición literaria hacia el segundo volumen, sino también como una clave espiritual para toda la historia del mesianismo de Jesús y la restringida visión de Israel en el escrito de Lucas.
Ustedes recuerdan, por supuesto, esta hermosa historia de los dos discípulos en el último capítulo del Evangelio de Lucas —cómo en el primer día de la semana—, ese mismo día de Yom Rishon, el domingo, que comenzó con la asombrosa historia de las mujeres y cómo ellas no encontraron el cuerpo de Jesús , en el mismo día, pero horas más tarde, dos de ellos viajaban… hacia una villa llamada Emaús” (en hebreo es Ammaus — עמאוס), que estaba a 60 estadios(como a unas siete millas) de Jerusalén. Podemos imaginar lo que estaba sucediendo en sus corazones y en sus mentes. Estaban absolutamente perplejos de todo lo que había sucedido a su Maestro, y estaban hablando entre ellos sobre estos eventos. Ahora bien, en el camino el mismo Jesús… fue con ellos, pero ellos no le reconocieron. Siguieron comentando; respondieron a Jesús cuando Él les preguntó sobre las últimas noticias de Jerusalén; estaban desconcertados de que Él no supiese qué había sucedido —pero no le reconocieron—. Entonces Él dijo algo muy remarcable: ¡Oh insensatos, y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho![1] Debemos admitir que es realmente difícil imaginar a un viajero ocasional diciendo algo tan duro —uno ha de tener una verdadera autoridad para decir estas palabras— pero a pesar de esas palabras, no le reconocieron. Entonces Él comenzó a enseñarles sobre las escrituras. Uno podría pensar que ellos deberían haberle recordado, habiéndoles enseñado tantas veces cuando estaba con ellos, aún así, fueron incapaces de reconocerle. Mas los ojos de ellos estaban velados, para que no le conociesen.[2]
Ya vimos que referirse a la venida del Mesías como oculto y revelado podría tomarse como una representación del judaísmo del primer siglo. La idea del mesías siendo irreconocible por el pueblo de Israel, era una idea muy común en el pensamiento judío. En este sentido, la historia de Emaús apenas conlleva una prueba adicional a esta idea. Sin embargo, mediante esta historia, Lucas muestra claramente cómo y por qué ellos no le reconocieron —y eso es lo que vamos a comentar ahora—.
Sus ojos estaban velados
Intentemos comprender qué sucedió en los ojos de los discípulos camino a Emaús. Leemos que sus ojos estaban velados.En inglés, como en griego,  el verbo velados es la forma pasiva del verbo velar. Esencialmente significa que, fuera lo que fuese que les sucediera a los discípulos, su incapacidad para reconocer a Jesús no dependía de ellos mismos. Alguien estaba velando sus ojos hasta que el momento señalado llegara.[3] Entonces, cuando el tiempo señalado llegó, ese mismo alguien abrió sus ojos: Entonces les fueron abiertos los ojos, y le reconocieron.[4] Una vez más, como en el versículo 16, el texto utiliza la forma pasiva: les fueron abiertos los ojos. El verbo griego[5]empleado aquí significa “ser completamente abierto, enteramente”, y ocurre varias veces en la Septuaginta. El uso de la forma activa  de este verbo es remarcable. En casi todos los lugares en la Septuaginta, donde este verbo se encuentra en la forma activa, el sujeto de la oración es Dios mismo, lo cual nos lleva a una conclusión muy importante: Dios es el único que puede abrir nuestros ojos espirituales. Por ejemplo, en II Reyes 6:17. Elías ruega al Señor que abra los ojos de su siervo: “SEÑOR, te ruego, abresus ojos para que él pueda ver. Y el SEÑOR abrió los ojos del joven y vio. Ese es el porqué de las palabras de Lucas al final del mismo capítulo: Entonces les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras[6], de alguna forma, es una declaración de fe: Lucas evidentemente cree que Jesús es Dios y esa es la causa del porqué Él tiene la autoridad de Dios para abrir. Según Lucas, el Señor y solo Él, tiene el poder para velar el entendimiento y los ojos —y es el único que puede abrir, desbloquear el entendimiento y los ojos. Los ojos de los discípulos en el camino de Emaús fueron velados de una manera soberana solamente por Su mano, y de algún modo podrían haber reconocido a Jesús hasta que Él mismo abrió sus ojos.
Respecto a esto, me gustaría recordar la conocida escena en la sinagoga de Nazaret del capítulo 4 del Evangelio de Lucas: Vino a Nazaret, donde se había criado; y en el día de reposo entró en la sinagoga, conforme a su costumbre, y se levantó a leer… [7] Mientras leía esos versículos, Lucas 4:16:30, uno sin duda se asombra ante el increíble ambiente tenso que llenaba la sinagoga cuando Jesús leía al profeta Isaías. ¿Cuál es la raíz de la tensión, y de qué da testimonio? Y los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él… Y todos daban buen testimonio de él, y estaban maravillados de las palabras de gracia que salían de su boca.[8] En otras palabras, Lucas  muestra un cuadro muy similar al que vimos en el camino de Emaús: los corazones de aquellos que escucharon a Jesús, ardían, estaban claramente sintiendo que Aquel que estaba delante de ellos tenía una autoridad especial, una autoridad extra humana. Y los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él con un deseo intenso y esperando ver en Él a Aquel a quien sentían en sus corazones, Él era. Yo creo que ellos deseaban desesperadamente obedecer la voz de sus corazones y reconocerle como Mesías —¿y aun así? — no pudieron. ¿Por qué? ¿Cuál fue la diferencia entre los discípulos del camino de Emaús y los conciudadanos de Jesús en Nazaret? Lucas deja claro que en ambos casos, los corazones ardían, y en ambos casos los ojos fijos en Jesús estaban velados por nadie más que por el mismo Señor (ya sabemos que en la Biblia nadie más puede velar o abrir los ojos de alguien). Sin embargo, los ojos de los discípulos en el camino de Emaús fueron finalmente abiertos, mientras que los ojos de la gente de Nazaret permanecieron velados…
Este es un mensaje que Lucas transmite a su lector en este capítulo transitorio: ninguno, aparte del mismo Dios puede velar o abrir los ojos espirituales. Para Lucas, está clara Su decisión, y es solo suya en ambos casos, en el caso de los discípulos camino a Emaús, cuyos ojos al final fueron abiertos y que finalmente le reconocieron, y en el caso de la sinagoga, donde los ojos de la gente permanecieron velados y no le reconocieron.
Continuará…
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[1] Lucas 24.25
[2] Lucas 24:16
[3] En griego, exactamente como en inglés, tenemos la forma pasiva (εκρατουντο) del verbo velar (Κρατεω).
[4] Lucas 24:31
[5] Διανοιγω
[6] Lucas 24:45
[7] Lucas 4:16

[8] Lucas 4:20, 22

CONTINUARA - Shalom
Noel y Silvia