Monday, February 12, 2018

Lo que Moisés, David y Jesús tienen en común - Jonathan Lipnick

Noel, Shalom desde Jerusalén,

Cuando el profeta Samuel debe elegir a David, el hijo menor de Jesé, como futuro rey, Dios le asegura: “No te dejes llevar por su apariencia ni por su estatura, porque éste no es mi elegido. Yo soy el Señor, y veo más allá de lo que el hombre ve. El hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero yo miro el corazón”. (Sam. 1 16:7). ¿Qué vio el Señor en el corazón de David que lo hizo digno de ser rey?
Lo que Moisés, David y Jesús tienen en común
David se convirtió en el mayor rey de la Biblia porque su corazón poseía uno de los rasgos de carácter menos apreciados: la mansedumbre. En la Biblia, la mansedumbre no significa debilidad, sino paciencia. La palabra humilde en hebreo es anav עָנָו que proviene de la raíz ANH ענה que significa “inclinarse”. Se refiere a la capacidad de derribar el ego propio, aceptar las dificultades, contener la ira y tomar decisiones razonables en tiempos de crisis.

Todos los grandes líderes de la Biblia poseían esta cualidad. Se describe a Moisés como “muy humilde. En toda la tierra no había nadie más humilde que él” (Núm. 12:3). Jesús dijo: “Soy manso y humilde de corazón, y hallarán descanso para su alma” (Mateo 11:29). Al poder leer la Biblia en el hebreo original, usted posee la herramienta más poderosa para tener mayor claridad sobre las Escrituras. Inscríbase en nuestro curso de hebreo bíblico en línea y en vivo y descubra el verdadero significado de la Biblia. 



Atentamente,

Jonathan Lipnick
Decano de la facultad de los Estudios de la Tierra Santa,
IsraelBiblicalStudies.com


Friday, February 9, 2018

¿Qué es la Cuaresma?

¿Qué es la Cuaresma?
La Cuaresma ha sido, es y será un tiempo favorable para convertirnos y volver a Dios Padre lleno de misericordia


Por: P. Antonio Rivero, L.C. | Fuente: Catholic.net




El tiempo de la Cuaresma rememora los cuarenta años que el pueblo de Israel pasó en el desierto mientras se encaminaba hacia la tierra prometida, con todo lo que implicó de fatiga, lucha, hambre, sed y cansancio...pero al fin el pueblo elegido gozó de esa tierra maravillosa, que destilaba miel y frutos suculentos (Éxodo 16 y siguientes).

También para nosotros, como fue para los israelitas aquella travesía por el desierto, la Cuaresma es el tiempo fuerte del año que nos prepara para la Pascua o Domingo de Resurrección del Señor, cima del año litúrgico, donde celebramos la victoria de Cristo sobre el pecado, la muerte y el mal, y por lo mismo, la Pascua es la fiesta de alegría porque Dios nos hizo pasar de las tinieblas a la luz, del ayuno a la comida, de la tristeza al gozo profundo, de la muerte a la vida.

La Cuaresma ha sido, es y será un tiempo favorable para convertirnos y volver a Dios Padre lleno de misericordia, si es que nos hubiéramos alejado de Él, como aquel hijo pródigo (Lucas 15, 11-32) que se fue de la casa del padre y le ofendió con una vida indigna y desenfrenada. Esta conversión se logra mediante una buena confesión de nuestros pecados. Dios siempre tiene las puertas de casa abiertas de par en par, y su corazón se le rompe en pedazos mientras no comparta con nosotros su amor hecho perdón generoso. ¡Ojalá fueran muchos los pecadores que valientemente volvieran a Dios en esta Cuaresma para que una vez más experimentaran el calor y el cariño de su Padre Dios!

Si tenemos la gracia de seguir felices en la casa paterna como hijos y amigos de Dios, la Cuaresma será entonces un tiempo apropiado para purificarnos de nuestras faltas y pecados pasados y presentes que han herido el amor de ese Dios Padre; esta purificación la lograremos mediante unas prácticas recomendadas por nuestra madre Iglesia; así llegaremos preparados y limpios interiormente para vivir espiritualmente la Semana Santa, con todo la profundidad, veneración y respeto que merece. Estas prácticas son el ayuno, la oración y la limosna.


Ayuno no sólo de comida y bebida, que también será agradable a Dios, pues nos servirá para templar nuestro cuerpo, a veces tan caprichoso y tan regalado, y hacerlo fuerte y pueda así acompañar al alma en la lucha contra los enemigos de siempre: el mundo, el demonio y nuestras propias pasiones desordenadas. Ayuno y abstinencia, sobre todo, de nuestros egoísmos, vanidades, orgullos, odios, perezas, murmuraciones, deseos malos, venganzas, impurezas, iras, envidias, rencores, injusticias, insensibilidad ante las miserias del prójimo. Ayuno y abstinencia, incluso, de cosas buenas y legítimas para reparar nuestros pecados y ofrecerle a Dios un pequeño sacrificio y un acto de amor; por ejemplo, ayuno de televisión, de diversiones, de cine, de bailes durante este tiempo de cuaresma. Ayuno y abstinencia, también, de muchos medios de consumo, de estímulos, de satisfacción de los sentidos; ayuno aquí significará renunciar a todo lo que alimenta nuestra tendencia a la curiosidad, a la sensualidad, a la disipación de los sentidos, a la superficialidad de vida. Este tipo de ayuno es más meritorio a los ojos de Dios y nos requerirá mucho más esfuerzo, más dominio de nosotros mismos, más amor y voluntad de nuestra parte.

Limosna, dijimos. No sólo la limosna material, pecuniaria: unas cuantas monedas que damos a un pobre mendigo en la esquina. La limosna tiene que ir más allá: prestar ayuda a quien necesita, enseñar al que no sabe, dar buen consejo al que nos lo pide, compartir alegrías, repartir sonrisa, ofrecer nuestro perdón a quien nos ha ofendido. La limosna es esa disponibilidad a compartir todo, la prontitud a darse a sí mismos. Significa la actitud de apertura y la caridad hacia el otro. Recordemos aquí a san Pablo: “Si repartiese toda mi hacienda...no teniendo caridad, nada me aprovecha” (1 Corintios 13, 3). También san Agustín es muy elocuente cuando escribe: “Si extiendes la mano para dar, pero no tienes misericordia en el corazón, no has hecho nada; en cambio, si tienes misericordia en el corazón, aún cuando no tuvieses nada que dar con tu mano, Dios acepta tu limosna”.

Y, finalmente, oración. Si la limosna era apertura al otro, la oración es apertura a Dios. Sin oración, tanto el ayuno como la limosna no se sostendrían; caerían por su propio peso. En la oración, Dios va cambiando nuestro corazón, lo hace más limpio, más comprensivo, más generoso...en una palabra, va transformando nuestras actitudes negativas y creando en nosotros un corazón nuevo y lleno de caridad. La oración es generadora de amor. La oración me induce a conversión interior. La oración es vigorosa promotora de la acción, es decir, me lleva a hacer obras buenas por Dios y por el prójimo. En la oración recobramos la fuerza para salir victoriosos de las asechanzas y tentaciones del mundo y del demonio. Cuaresma, pues, tiempo fuerte de oración.

Miremos mucho a Cristo en esta Cuaresma. Antes de comenzar su misión salvadora se retira al desierto cuarenta días y cuarenta noches. Allí vivió su propia Cuaresma, orando a su Padre, ayunando...y después, salió por nuestro mundo repartiendo su amor, su compasión, su ternura, su perdón. Que Su ejemplo nos estimule y nos lleve a imitarle en esta cuaresma. Consigna: oración, ayuno y limosna.
Con sumo cariño,
Sus hermanos,
Noel y Silvia
Desde "La Porciúncula"
Centro San Pablo
Guatemala "La Bella"

Wednesday, February 7, 2018

Evangelización en el mundo contemporáneo.

Queridos hermanos,
Como ya se acercan tiempos litúrgicos fuertes, me parece oportuno repasar algunas ideas que han sido temas de preocupación de la Iglesia en el mundo moderno en el que todavía vivimos. Ya ayer hice el post sobre el mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma del 2018… Y es que, a nosotros, los católicos adultos, somos a quienes los Papas de nuestros tiempos nos exhortan… EXHORTACIÓN APOSTÓLICA DE SU SANTIDAD PABLO VI "EVANGELII NUNTIANDI AL EPISCOPADO, AL CLERO Y A LOS FIELES DE TODA LA IGLESIA ACERCA DE LA EVANGELIZACIÓN EN EL MUNDO CONTEMPORÁNEO EXHORTACIÓN APOSTÓLICA DE SU SANTIDAD PABLO VI

“Tema frecuente de nuestro pontificado”
“3. En diversas ocasiones, ya antes del Sínodo, Nos pusimos de relieve la importancia de este tema de la evangelización. "Las condiciones de la sociedad —decíamos al Sacro Colegio Cardenalicio del 22 de junio de 1973— nos obligan, por tanto, a revisar métodos, a buscar por todos los medios el modo de llevar al hombre moderno el mensaje cristiano, en el cual únicamente podrá hallar la respuesta a sus interrogantes y la fuerza para su empeño de solidaridad humana" (7). Y añadíamos que, para dar una respuesta válida a las exigencias del Concilio que nos están acuciando, necesitamos absolutamente ponernos en contacto con el patrimonio de fe que la Iglesia tiene el deber de preservar en toda su pureza, y a la vez el deber de presentarlo a los hombres de nuestro tiempo, con los medios a nuestro alcance, de una manera comprensible y persuasiva.” [EXHORTACIÓN APOSTÓLICA DE SU SANTIDAD PABLO VI "EVANGELII NUNTIANDI" AL EPISCOPADO, AL CLERO Y A LOS FIELES DE TODA LA IGLESIA ACERCA DE LA EVANGELIZACIÓN EN EL MUNDO CONTEMPORÁNEO]
El Sumo Pontífice incluye a los seglares y en especial a la familia:
“La familia
71. En el seno del apostolado evangelizador de los seglares, es imposible dejar de subrayar la acción evangelizadora de la familia. Ella ha merecido muy bien, en los diferentes momentos de la historia y en el Concilio Vaticano II, el hermoso nombre de "Iglesia doméstica" (106). Esto significa que en cada familia cristiana deberían reflejarse los diversos aspectos de la Iglesia entera. Por otra parte, la familia, al igual que la Iglesia, debe ser un espacio donde el Evangelio es transmitido y desde donde éste se irradia.
Dentro, pues, de una familia consciente de esta misión, todos los miembros de la misma evangelizan y son evangelizados. Los padres no sólo comunican a los hijos el Evangelio, sino que pueden a su vez recibir de ellos este mismo Evangelio profundamente vivido. También las familias formadas por un matrimonio mixto tienen el deber de anunciar a Cristo a los hijos en la plenitud de las implicaciones del bautismo común; tienen además la no fácil tarea de hacerse artífices de unidad.
Una familia así se hace evangelizadora de otras muchas familias y del ambiente en que ella vive.
Los jóvenes
72. Las circunstancias nos invitan a prestar una atención especialísima a los jóvenes. Su importancia numérica y su presencia creciente en la sociedad, los problemas que se les plantean deben despertar en nosotros el deseo de ofrecerles con celo e inteligencia el ideal que deben conocer y vivir. Pero, además, es necesario que los jóvenes bien formados en la fe y arraigados en la oración, se conviertan cada vez más en los apóstoles de la juventud. La Iglesia espera mucho de ellos. Por nuestra parte, hemos manifestado con frecuencia la confianza que depositamos en la juventud.”
Y mas adelante, Su Santidad se refiere a los evangelizadores:
“Exhortación apremiante
74. No quisiéramos poner fin a este coloquio con nuestros hermanos e hijos amadísimos, sin hacer una llamada referente a las actitudes interiores que deben animar a los obreros de la evangelización.
En nombre de nuestro Señor Jesucristo, de los Apóstoles Pedro y Pablo, exhortamos a todos aquellos que, gracias a los carismas del Espíritu y al mandato de la Iglesia, son verdaderos evangelizadores, a ser dignos de esta vocación, a ejercerla sin resistencias debidas a la duda o al temor, a no descuidar las condiciones que harán esta evangelización no sólo posible, sino también activa y fructuosa. He aquí, entre otras las condiciones fundamentales que queremos subrayar.
Bajo el aliento del Espíritu
75. No habrá nunca evangelización posible sin la acción del Espíritu Santo. Sobre Jesús de Nazaret el Espíritu descendió en el momento del bautismo, cuando la voz del Padre —"Tú eres mi hijo muy amado, en ti pongo mi complacencia"— (107) manifiesta de manera sensible su elección y misión.
Es "conducido por el Espíritu" para vivir en el desierto el combate decisivo y la prueba suprema antes de dar comienzo a esta misión (108). "Con la fuerza del Espíritu" (109) vuelve a Galilea e inaugura en Nazaret su predicación, aplicándose a sí mismo el pasaje de Isaías: "El Espíritu del Señor está sobre mí". "Hoy —proclama El— se cumple esta Escritura" (110). A los Discípulos, a quienes está para enviar, les dice alentando sobre ellos: "Recibid el Espíritu Santo" (111).
En efecto, solamente después de la venida del Espíritu Santo, el día de Pentecostés, los Apóstoles salen hacia todas las partes del mundo para comenzar la gran obra de evangelización de la Iglesia, y Pedro explica el acontecimiento como la realización de la profecía de Joel: "Yo derramaré mi Espíritu" (112). Pedro, lleno del Espíritu Santo habla al pueblo acerca de Jesús Hijo de Dios (113). Pablo mismo está lleno del Espíritu Santo (114) ante de entregarse a su ministerio apostólico, como lo está también Esteban cuando es elegido diácono y más adelante, cuando da testimonio con su sangre (115). El Espíritu que hace hablar a Pedro, a Pablo y a los Doce, inspirando las palabras que ellos deben pronunciar, desciende también "sobre los que escuchan la Palabra" (116).
"Gracias al apoyo del Espíritu Santo, la Iglesia crece" (117). El es el alma de esta Iglesia. El es quien explica a los fieles el sentido profundo de las enseñanzas de Jesús y su misterio. El es quien, hoy igual que en los comienzos de la Iglesia, actúa en cada evangelizador que se deja poseer y conducir por El, y pone en los labios las palabras que por sí solo no podría hallar, predisponiendo también el alma del que escucha para hacerla abierta y acogedora de la Buena Nueva y del reino anunciado.
Las técnicas de evangelización son buenas, pero ni las más perfeccionadas podrían reemplazar la acción discreta del Espíritu. La preparación más refinada del evangelizador no consigue absolutamente nada sin El. Sin El, la dialéctica más convincente es impotente sobre el espíritu de los hombres. Sin El, los esquemas más elaborados sobre bases sociológicas o sicológicas se revelan pronto desprovistos de todo valor.
Nosotros vivimos en la Iglesia un momento privilegiado del Espíritu. Por todas partes se trata de conocerlo mejor, tal como lo revela la Escritura. Uno se siente feliz de estar bajo su moción. Se hace asamblea en torno a Él. Quiere dejarse conducir por El.
Ahora bien, si el Espíritu de Dios ocupa un puesto eminente en la vida de la Iglesia, actúa todavía mucho más en su misión evangelizadora. No es una casualidad que el gran comienzo de la evangelización tuviera lugar la mañana de Pentecostés, bajo el soplo del Espíritu.
Puede decirse que el Espíritu Santo es el agente principal de la evangelización: Él es quien impulsa a cada uno a anunciar el Evangelio y quien en lo hondo de las conciencias hace aceptar y comprender la Palabra de salvación (118). Pero se puede decir igualmente que Él es el término de la evangelización: solamente Él suscita la nueva creación, la humanidad nueva a la que la evangelización debe conducir, mediante la unidad en la variedad que la misma evangelización querría provocar en la comunidad cristiana. A través de Él, la evangelización penetra en los corazones, ya que Él es quien hace discernir los signos de los tiempos —signos de Dios— que la evangelización descubre y valoriza en el interior de la historia.
El Sínodo de los Obispos de 1974, insistiendo mucho sobre el puesto que ocupa el Espíritu Santo en la evangelización, expresó asimismo el deseo de que Pastores y teólogos —y añadiríamos también los fieles marcados con el sello del Espíritu en el bautismo— estudien profundamente la naturaleza y la forma de la acción del Espíritu Santo en la evangelización de hoy día. Este es también nuestro deseo, al mismo tiempo que exhortamos a todos y cada uno de los evangelizadores a invocar constantemente con fe y fervor al Espíritu Santo y a dejarse guiar prudentemente por El como inspirador decisivo de sus programas, de sus iniciativas, de su actividad evangelizadora.”
Y por otra parte, sobre los agentes evangelizadores…
Ministerios diversificados
73. Es así como adquiere toda su importancia la presencia activa de los seglares en medio de las realidades temporales. No hay que pasar pues por alto u olvidar otra dimensión: los seglares también pueden sentirse llamados o ser llamados a colaborar con sus Pastores en el servicio de la comunidad eclesial, para el crecimiento y la vida de ésta, ejerciendo ministerios muy diversos según la gracia y los carismas que el Señor quiera concederles.
No sin experimentar íntimamente un gran gozo, vemos cómo una legión de Pastores, religiosos y seglares, enamorados de su misión evangelizadora, buscan formas cada vez más adaptadas de anunciar eficazmente el Evangelio, y alentamos la apertura que, en esta línea y con este afán, la Iglesia está llevando a cabo hoy día. Apertura a la reflexión en primer lugar, luego a los ministerios eclesiales capaces de rejuvenecer y de reforzar su propio dinamismo evangelizador.
Es cierto que al lado de los ministerios con orden sagrado, en virtud de los cuales algunos son elevados al rango de Pastores y se consagran de modo particular al servicio de la comunidad, la Iglesia reconoce un puesto a ministerios sin orden sagrado, pero que son aptos a asegurar un servicio especial a la Iglesia.
Una mirada sobre los orígenes de la Iglesia es muy esclarecedora y aporta el beneficio de una experiencia en materia de ministerios, experiencia tanto más valiosa en cuanto que ha permitido a la Iglesia consolidarse, crecer y extenderse. No obstante, esta atención a las fuentes debe ser completada con otra: la atención a las necesidades actuales de la humanidad y de la Iglesia. Beber en estas fuentes siempre inspiradoras, no sacrificar nada de estos valores y saber adaptarse a las exigencias y a las necesidades actuales, tales son los ejes que permitirán buscar con sabiduría y poner en claro los ministerios que necesita la Iglesia y que muchos de sus miembros querrán abrazar para la mayor vitalidad de la comunidad eclesial. Estos ministerios adquirirán un verdadero valor pastoral y serán constructivos en la medida en que se realicen con respecto absoluto de la unidad, beneficiándose de la orientación de los Pastores, que son precisamente los responsables y artífices de la unidad de la Iglesia.
Tales ministerios, nuevos en apariencia pero muy vinculados a experiencias vividas por la Iglesia a lo largo de su existencia —catequistas, animadores de la oración y del canto, cristianos consagrados al servicio de la palabra de Dios o a la asistencia de los hermanos necesitados, jefes de pequeñas comunidades, responsables de Movimientos apostólicos u otros responsables—, son preciosos para la implantación, la vida y el crecimiento de la Iglesia y para su capacidad de irradiarse en torno a ella y hacia los que están lejos. Nos debemos asimismo nuestra estima particular a todos los seglares que aceptan consagrar una parte de su tiempo, de sus energías y, a veces, de su vida entera, al servicio de las misiones.
Para los agentes de la evangelización se hace necesaria una seria preparación. Tanto más para quienes se consagran al ministerio de la Palabra. Animados por la convicción, cada vez mayor, de la grandeza y riqueza de la palabra de Dios, quienes tienen la misión de transmitirla deben prestar gran atención a la dignidad, a la precisión y a la adaptación del lenguaje. Todo el mundo sabe que el arte de hablar reviste hoy día una grandísima importancia. ¿Cómo podrían descuidarla los predicadores y los catequistas?
Deseamos vivamente, que en cada Iglesia particular, los obispos vigilen por la adecuada formación de todos los ministros de la Palabra. Esta preparación llevada a cabo con seriedad aumentará en ellos la seguridad indispensable y también el entusiasmo para anunciar hoy día a Cristo.

También San Juan Pablo II se refiere a este tema en su Encíclica Evangelii Vitae…

Y últimamente, Papa Francisco nos exhorta en su Evangelii Gaudium:
“1. La alegría del evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría. En esta Exhortación quiero dirigirme a los fieles cristianos para invitarlos a una nueva etapa evangelizadora marcada por esa alegría, e indicar caminos para la marcha de la Iglesia en los próximos años.
i. Alegría que se renueva y se comunica 2. El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien. Los creyentes también corren ese riesgo, cierto y permanente. Muchos caen en él y se convierten en seres resentidos, quejosos, sin vida. Ésa no es la opción de una vida digna y plena, ése no es el deseo de Dios para nosotros, ésa no es la vida
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en el Espíritu que brota del corazón de Cristo resucitado. 3. Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él, porque « nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor ».1 Al que arriesga, el Señor no lo defrauda, y cuando alguien da un pequeño paso hacia Jesús, descubre que Él ya esperaba su llegada con los brazos abiertos. Éste es el momento para decirle a Jesucristo: « Señor, me he dejado engañar, de mil maneras escapé de tu amor, pero aquí estoy otra vez para renovar mi alianza contigo. Te necesito. Rescátame de nuevo, Señor, acéptame una vez más entre tus brazos redentores ». ¡Nos hace tanto bien volver a Él cuando nos hemos perdido! Insisto una vez más: Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia. Aquel que nos invitó a perdonar « setenta veces siete » (Mt 18,22) nos da ejemplo: Él perdona setenta veces siete. Nos vuelve a cargar sobre sus hombros una y otra vez. Nadie podrá quitarnos la dignidad que nos otorga este amor infinito e inquebrantable. Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría. No huyamos de la resurrección de Jesús, nunca nos declaremos muertos, pase lo que pase. ¡Que nada pueda más que su vida que nos lanza hacia adelante! 4. Los libros del Antiguo Testamento habían preanunciado la alegría de la salvación, que se volvería desbordante en los tiempos mesiánicos. El profeta Isaías se dirige al Mesías esperado saludándolo con regocijo: « Tú multiplicaste la alegría, acrecentaste el gozo » (9,2). Y anima a los habitantes de Sión a recibirlo entre cantos: « ¡Dad gritos de gozo y de júbilo! » (12,6). A quien ya lo ha visto en el horizonte, el profeta lo invita a convertirse en mensajero para los demás: « Súbete a un alto monte, alegre mensajero para Sión; clama con voz poderosa, alegre mensajero para Jerusalén » (40,9). La creación entera participa de esta alegría de la salvación: « ¡Aclamad, cielos, y exulta, tierra! ¡Prorrumpid, montes, en cantos de alegría! Porque el Señor ha consolado a su pueblo, y de sus pobres se ha compadecido » (49,13). Zacarías, viendo el día del Señor, invita a dar vítores al Rey que llega « pobre y montado en un borrico »: « ¡Exulta sin freno, Sión, grita de alegría, Jerusalén, que viene a ti tu Rey, justo y victorioso! » (9,9). Pero quizás la invitación más contagiosa sea la del profeta Sofonías, quien nos muestra al mismo Dios como un centro luminoso de fiesta y de alegría que quiere comunicar a su pueblo ese gozo salvífico. Me llena de vida releer este texto: « Tu Dios está en medio de ti, poderoso salvador. Él exulta de gozo por ti, te renueva con su amor, y baila por ti con gritos de júbilo » (3,17). Es la alegría que se vive en medio de las pequeñas cosas de la vida cotidiana, como respuesta a la afectuosa invitación de nuestro Padre Dios: « Hijo, en la medida de tus posibilidades trátate bien […] No te prives de pasar un buen día » (Si 14,11.14). ¡Cuánta ternura paterna se intuye detrás de estas palabras!”
Con mucho cariño,
Noel y Silvia
Desde “La Porciúncula”
Centro San Pablo
Guatemala
(502) 5299-0462

Tuesday, February 6, 2018

Mensaje del Papa Francisco * Cuaresma 2018




6 de febrero de 2018 6:26 am | ÚLTIMA ACTUALIZACIÓN HOY 10:27 am

TEXTO: Mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma 2018

Redacción ACI Prensa



La Santa Sede ha dado a conocer el Mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma de 2018 que lleva por título “Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría”.

En él, el Pontífice advierte de la cantidad de “hombres y mujeres” que “viven como encantados por la ilusión del dinero” y “que los hace en realidad esclavos del lucro o de intereses mezquinos”.  

Una de las recomendaciones que hace es la de dar limosna, porque “nos libera de la avidez y nos ayuda a descubrir que el otro es mi hermano”.

A continuación, el mensaje completo del Papa Francisco:

«Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría» (Mt 24,12)

Queridos hermanos y hermanas:

Una vez más nos sale al encuentro la Pascua del Señor. Para prepararnos a recibirla, la Providencia de Dios nos ofrece cada año la Cuaresma, «signo sacramental de nuestra conversión», que anuncia y realiza la posibilidad de volver al Señor con todo el corazón y con toda la vida. Como todos los años, con este mensaje deseo ayudar a toda la Iglesia a vivir con gozo y con verdad este tiempo de gracia; y lo hago inspirándome en una expresión de Jesús en el Evangelio de Mateo: «Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría» (24,12). Esta frase se encuentra en el discurso que habla del fin de los tiempos y que está ambientado en Jerusalén, en el Monte de los Olivos, precisamente allí donde tendrá comienzo la pasión del Señor. Jesús, respondiendo a una pregunta de sus discípulos, anuncia una gran tribulación y describe la situación en la que podría encontrarse la comunidad de los fieles: frente a acontecimientos dolorosos, algunos falsos profetas engañarán a mucha gente hasta amenazar con apagar la caridad en los corazones, que es el centro de todo el Evangelio.

Los falsos profetas

Escuchemos este pasaje y preguntémonos: ¿qué formas asumen los falsos profetas?

Son como «encantadores de serpientes», o sea, se aprovechan de las emociones humanas para esclavizar a las personas y llevarlas adonde ellos quieren. Cuántos hijos de Dios se dejan fascinar por las lisonjas de un placer momentáneo, al que se le confunde con la felicidad. Cuántos hombres y mujeres viven como encantados por la ilusión del dinero, que los hace en realidad esclavos del lucro o de intereses mezquinos. Cuántos viven pensando que se bastan a sí mismos y caen presa de la soledad.

Otros falsos profetas son esos «charlatanes» que ofrecen soluciones sencillas e inmediatas para los sufrimientos, remedios que sin embargo resultan ser completamente inútiles: cuántos son los jóvenes a los que se les ofrece el falso remedio de la droga, de unas relaciones de «usar y tirar», de ganancias fáciles pero deshonestas. Cuántos se dejan cautivar por una vida completamente virtual, en que las relaciones parecen más sencillas y rápidas pero que después resultan dramáticamente sin sentido. Estos estafadores no sólo ofrecen cosas sin valor sino que quitan lo más valioso, como la dignidad, la libertad y la capacidad de amar. Es el engaño de la vanidad, que nos lleva a pavonearnos… haciéndonos caer en el ridículo; y el ridículo no tiene vuelta atrás. No es una sorpresa: desde siempre el demonio, que es «mentiroso y padre de la mentira» (Jn 8,44), presenta el mal como bien y lo falso como verdadero, para confundir el corazón del hombre. Cada uno de nosotros, por tanto, está llamado a discernir y a examinar en su corazón si se siente amenazado por las mentiras de estos falsos profetas. Tenemos que aprender a no quedarnos en un nivel inmediato, superficial, sino a reconocer qué cosas son las que dejan en nuestro interior una huella buena y más duradera, porque vienen de Dios y ciertamente sirven para nuestro bien.

Un corazón frío

Dante Alighieri, en su descripción del infierno, se imagina al diablo sentado en un trono de hielo; su morada es el hielo del amor extinguido. Preguntémonos entonces: ¿cómo se enfría en nosotros la caridad? ¿Cuáles son las señales que nos indican que el amor corre el riesgo de apagarse en nosotros?

Lo que apaga la caridad es ante todo la avidez por el dinero, «raíz de todos los males» (1 Tm 6,10); a esta le sigue el rechazo de Dios y, por tanto, el no querer buscar consuelo en él, prefiriendo quedarnos con nuestra desolación antes que sentirnos confortados por su Palabra y sus Sacramentos. Todo esto se transforma en violencia que se dirige contra aquellos que consideramos una amenaza para nuestras «certezas»: el niño por nacer, el anciano enfermo, el huésped de paso, el extranjero, así como el prójimo que no corresponde a nuestras expectativas.

También la creación es un testigo silencioso de este enfriamiento de la caridad: la tierra está envenenada a causa de los desechos arrojados por negligencia e interés; los mares, también contaminados, tienen que recubrir por desgracia los restos de tantos náufragos de las migraciones forzadas; los cielos —que en el designio de Dios cantan su gloria— se ven surcados por máquinas que hacen llover instrumentos de muerte.

El amor se enfría también en nuestras comunidades: en la Exhortación apostólica Evangelii gaudium traté de describir las señales más evidentes de esta falta de amor. estas son: la acedia egoísta, el pesimismo estéril, la tentación de aislarse y de entablar continuas guerras fratricidas, la mentalidad mundana que induce a ocuparse sólo de lo aparente, disminuyendo de este modo el entusiasmo misionero.

¿Qué podemos hacer?

Si vemos dentro de nosotros y a nuestro alrededor los signos que antes he descrito, la Iglesia, nuestra madre y maestra, además de la medicina a veces amarga de la verdad, nos ofrece en este tiempo de Cuaresma el dulce remedio de la oración, la limosna y el ayuno.

El hecho de dedicar más tiempo a la oración hace que nuestro corazón descubra las mentiras secretas con las cuales nos engañamos a nosotros mismos, para buscar finalmente el consuelo en Dios. Él es nuestro Padre y desea para nosotros la vida.

El ejercicio de la limosna nos libera de la avidez y nos ayuda a descubrir que el otro es mi hermano: nunca lo que tengo es sólo mío. Cuánto desearía que la limosna se convirtiera para todos en un auténtico estilo de vida. Al igual que, como cristianos, me gustaría que siguiésemos el ejemplo de los Apóstoles y viésemos en la posibilidad de compartir nuestros bienes con los demás un testimonio concreto de la comunión que vivimos en la Iglesia. A este propósito hago mía la exhortación de san Pablo, cuando invitaba a los corintios a participar en la colecta para la comunidad de Jerusalén: «Os conviene» (2 Co 8,10). Esto vale especialmente en Cuaresma, un tiempo en el que muchos organismos realizan colectas en favor de iglesias y poblaciones que pasan por dificultades. Y cuánto querría que también en nuestras relaciones cotidianas, ante cada hermano que nos pide ayuda, pensáramos que se trata de una llamada de la divina Providencia: cada limosna es una ocasión para participar en la Providencia de Dios hacia sus hijos; y si él hoy se sirve de mí para ayudar a un hermano, ¿no va a proveer también mañana a mis necesidades, él, que no se deja ganar por nadie en generosidad?

El ayuno, por último, debilita nuestra violencia, nos desarma, y constituye una importante ocasión para crecer. Por una parte, nos permite experimentar lo que sienten aquellos que carecen de lo indispensable y conocen el aguijón del hambre; por otra, expresa la condición de nuestro espíritu, hambriento de bondad y sediento de la vida de Dios. El ayuno nos despierta, nos hace estar más atentos a Dios y al prójimo, inflama nuestra voluntad de obedecer a Dios, que es el único que sacia nuestra hambre.

Querría que mi voz traspasara las fronteras de la Iglesia Católica, para que llegara a todos ustedes, hombres y mujeres de buena voluntad, dispuestos a escuchar a Dios. Si se sienten afligidos como nosotros, porque en el mundo se extiende la iniquidad, si les preocupa la frialdad que paraliza el corazón y las obras, si ven que se debilita el sentido de una misma humanidad, únanse a nosotros para invocar juntos a Dios, para ayunar juntos y entregar juntos lo que podamos como ayuda para nuestros hermanos

El fuego de la Pascua

Invito especialmente a los miembros de la Iglesia a emprender con celo el camino de la Cuaresma, sostenidos por la limosna, el ayuno y la oración. Si en muchos corazones a veces da la impresión de que la caridad se ha apagado, en el corazón de Dios no se apaga. Él siempre nos da una nueva oportunidad para que podamos empezar a amar de nuevo.

Una ocasión propicia será la iniciativa «24 horas para el Señor», que este año nos invita nuevamente a celebrar el Sacramento de la Reconciliación en un contexto de adoración eucarística. En el 2018 tendrá lugar el viernes 9 y el sábado 10 de marzo, inspirándose en las palabras del Salmo 130,4: «De ti procede el perdón». En cada diócesis, al menos una iglesia permanecerá abierta durante 24 horas seguidas, para permitir la oración de adoración y la confesión sacramental.

En la noche de Pascua reviviremos el sugestivo rito de encender el cirio pascual: la luz que proviene del «fuego nuevo» poco a poco disipará la oscuridad e iluminará la asamblea litúrgica. «Que la luz de Cristo, resucitado y glorioso, disipe las tinieblas de nuestro corazón y de nuestro espíritu», para que todos podamos vivir la misma experiencia de los discípulos de Emaús: después de escuchar la Palabra del Señor y de alimentarnos con el Pan eucarístico nuestro corazón volverá a arder de fe, esperanza y caridad.

Los bendigo de todo corazón y rezo por ustedes. No se olviden de rezar por mí.

Vaticano, 1 de noviembre de 2017 Solemnidad de Todos los Santos

FRANCISCO

Con mucho cariño,

Noel y Silvia

Desde “La Porciúncula”

Centro San Pablo

Guatemala






Friday, February 2, 2018

Significado de la Cruz gloriosa - Kiko Argüello

Queridos hermanos,
En este paso de la Redditio, Kiko nos da la opción de poner como himno invitatorio en la Liturgia de Laudes, el himno de "La Cruz Gloriosa". Y es muy apropiado, dado lo que les transcribo a continuación:

Con mucho cariño,
Noel y Silvia
"La Porciúncula", Guatemala.

Significado de la Cruz Gloriosa
Dentro de la pedagogía del Camino Neocatecumenal aparece, ya desde los comienzos, un elemento clave que acompañará al catecúmeno en el redescubrimiento de su Bautismo: La Cruz.

Kiko Argüello, iniciador de las comunidades neocatecumenales, diseñó una cruz para las celebraciones que recibiría el nombre, entre los catecúmenos, de “Cruz Gloriosa” . Kiko, como artista que es, ha dotado a la seña de identidad más importante del cristianismo de toda una catequesis en la que nos vamos a adentrar. En el Camino Neocatecumenal existe un cuidado muy especial de los signos, porque todos ellos deben ser para el espectador un reflejo del amor de Dios para con el hombre. No se puede, por tanto, menospreciar el valor y significado de algunos elementos de nuestras celebraciones. Ignorar dicho significado equivaldría a perdernos la oportunidad de participar más directamente del misterio del Amor cristiano: “Amaos como yo os he amado” (Jn. 13,34) pero ¿como nos ha amado el Señor? “Cuando éramos sus enemigos” (Rom.5, 6-10). Veamos que se desprende del misterio.
No fue hasta el siglo IV cuando la cruz se convirtió en el símbolo predilecto para representar a Cristo y su misterio de salvación. Fue gracias a Constantino y a su madre Elena cuando la atención de los cristianos a la cruz fue creciendo, de tal modo que desde el siglo V en Oriente y desde el VII en Occidente se celebra el 14 de septiembre la fiesta de la Exaltación de la Cruz.

En un principio las representaciones artísticas ofrecían a un Cristo glorioso, vestido con larga túnica y corona real; Aún estando en la cruz él es el Vencedor. Más adelante, con la espiritualidad de la Edad Media, se le representará en su estado de sufrimiento y de dolor. Kiko Argüello ha recogido toda la tradición artística de la cruz para representar a un Cristo crucificado por nuestras culpas, como lo profetizó Isaías en su visión del “siervo de Yavhé” (Is. 53) pero al mismo tiempo vencedor sobre las mismas, de tal modo que el que crea sea salvo, como insiste San Pablo en toda su teología de la salvación en la epístola a los Romanos.

La cruz que se utiliza en el Camino Neocatecumenal es una cruz alzada, elevada, a diferencia de otras cruces que podemos encontrar en las Iglesias adosadas al presbiterio o situadas encima del altar, o incluso en suspensión sobre el mismo. Es una cruz también procesional, que permite encabezar con ella el rito de entrada en las ocasiones más solemnes. Pero ¿Qué significado encierra el hecho de ser alzada? ¿Es casualidad o tiene una importancia determinada que ignoramos?

Una de las respuestas la encontramos en el libro de los Números, en un relato en el que los Israelitas son atacados por serpientes enviadas por Dios para castigar la murmuración de su pueblo, fruto de su rebeldía. Moisés, intercediendo por el pueblo, pide a Dios un remedio que permita sobrevivir a los que han sido mordidos, y el Señor le responde:”Hazte un Abrasador y ponlo sobre un mástil. Todo el que haya sido mordido y lo mire, vivirá” (Num.21,8). De la misma manera que todo Israelita que mirara la serpiente colgada del mástil quedaba salvo así todo aquel que mira la cruz levantada recibe la salvación, porque experimenta dentro de su ser el perdón de los pecados.

Es por tanto propicio que la cruz pueda ser visible para toda la asamblea, con una cierta elevación, que permita el descubrimiento del amor de Dios Padre para con el hombre, siendo su Hijo, en la cruz, el camino que nos lleva al Padre.
La Cruz, sobre la que Cristo reina, tiene una dimensión mucho más trascendente de la que podamos imaginar. El hecho de ser alzada tiene también una cierta relación con otro personaje de la historia sagrada: Jacob. Como relatan las Escrituras, Jacob, en un momento de su vida tiene una revelación en forma de sueño. La escalera que él vislumbra en este sueño (Gn.28,12) por la que suben y bajan los ángeles es una imagen fiel reflejo de la cruz de Cristo. Así como la escalera del sueño de Jacob unía el cielo y la tierra del mismo modo la cruz de Cristo “rompe el velo” que separaba al hombre de Dios (Lc.23, Mc.15, Mt.27), y le permite contemplar y gustar de su amor y misericordia. Cristo, siervo de los siervos, ha reunido lo que en un principio estaba unido y quedó separado por la caída de Adán y Eva. La distancia y la incomunicación que había aparecido entre el hombre y Dios, por el pecado de nuestros padres, fue salvada por la Cruz.

La Cruz es esta “escalera de Jacob” que permite al hombre llamar a Dios Abba, Padre; esta escalera que acerca la criatura al creador, que permite al que se había alejado retornar a la casa del Padre. En definitiva, la Cruz es el medio que Dios ha pensado para reconciliarnos con él y para poder darnos de su naturaleza divina, de modo que ya ni la altura ni la profundidad nos podrán separar de Dios (Rom. 8,35).

La cruz es también elevada porque el lugar en el que se produjo nuestra condenación y después nuestra liberación fue junto a un árbol. En el paraíso Adán y Eva desobedecieron a Dios al pie de un árbol, un manzano, y en el Gólgota Cristo y la Virgen repiten la escena pero obedeciendo al Dios y Señor de la Vida junto a un leño, la cruz. Por eso la cruz se eleva como un árbol, árbol de la salvación, que, como canta el salmo, no vacila aún estando delante de fuertes corrientes (Sal.1), y sigue lozano y frondoso aún pasando el tiempo. La cruz es este árbol que nos cobija, que nos protege, que “resiste las corrientes de agua”, sobre el que ponemos nosotros nuestra tienda, que nos alimenta con su fruto, Cristo, el pan vivo.

Por último, sobre la elevación de la Cruz, cabe también resaltar la profecía que encontramos en la Escritura por boca de Zacarías, que anuncia a aquel que ha de venir: “mirarán al que traspasaron” (Za. 12,10) por lo que el hecho de que esté levantada permite que nosotros participemos de esta profecía, permitiéndonos ser incluidos en el libro de la Vida.
Sabiendo ya porqué la cruz se levanta pareciendo querer unir el cielo y la tierra, veremos el significado de cada una de las partes de la misma.

El pie de la cruz que hace de base tiene una forma muy característica. Aparecen tres figuras simétricas y curvas. Uno de los extremos de cada figura tiene una forma de cabeza de un animal semejante al águila, con una especie de pico. En este caso es muy importante el número, porque el tres es el número de la perfección. La Escritura enseña que Satanás, el ángel caído, era el más bello de los ángeles, y que fue precisamente su soberbia la que le llevó a enemistarse con Dios. En toda la tradición iconográfica cristiana las representaciones animales poco definidas simbolizaban o escenificaban el mal, entendido como el caos, la oscuridad, la tiniebla, el desorden. Estas tres figuras de animales poco definidas recuerdan la sinuosidad del diablo, que condenado a arrastrase por el polvo (Gn. 3,14) intenta con toda su astucia y maldad engañar al hombre para que rompa con Dios, de tal modo que sea él, y no otro, dios de si mismo.

El demonio lucha para que Dios, que se ha revelado como YO SOY (Dt.5,6), no sea, y la forma de conseguirlo es haciéndonos creer que nosotros SOMOS, que nosotros valemos, que nosotros, en definitiva, somos capaces de distinguir el bien del el mal. El demonio, aprovechando la libertad que Dios nos ha regalado, invita al hombre a separarse de él y ser él el centro de su vida, de su existencia. Cristo, sobre la cruz, muestra la consecuencia de ser “uno mismo” el centro de su vida, es decir, muestra la consecuencia del pecado.

La cruz, levantada sobre esta base que representa el mal, simboliza y anuncia la victoria de la Vida sobre la muerte, de la verdad sobre la mentira. Cristo, el más bello de los hombres (Sal.45), se hace pecado, se hace serpiente (como nos relatan los Números) “para aniquilar mediante la muerte al Señor de la muerte, es decir al diablo, y libertar a los que por miedo a la muerte estaban sometidos de por vida a esclavitud” (Hb. 2,14). Cristo , el YO SOY, el Justo, rebaja su condición a la de esclavo (Flp.2,1), y cumpliendo las Escrituras, que maldecían a los que colgaban de un madero, el “bendito para siempre” se hace maldito, para que nosotros pudiéramos ser los benefactores de su bendición.

Esta cruz que se eleva sobre el mal es imagen de nuestra cruz, que, iluminada, nos hace a nosotros caminar por encima del mal, de las aguas que significan la muerte. Como Cristo mismo reveló: “el que quiera venir en pos de mi, tome se cruz y me siga, porque el que busca su vida la perderá y el que pierde su vida por el amor mío la encontrará” (Mt. 9,35ss). Esta cruz, que está por encima de la muerte y que literalmente la aplasta, recuerda la predicación de San Pablo: “¿oh muerte donde está tu victoria?” (1ªCor. 15).

Por tanto la “Cruz Gloriosa” que se eleva sobre esta base que simboliza el mal reproduce fielmente la victoria de Cristo sobre la muerte, y su elevación, además de significar la gloria y majestad del mismo (Flp. 2,9), indica que sólo Cristo ha sido capaz de “cubrir de vergüenza la muerte”, como dice Melitón de Sardes en su Homilía, mostrando así que ésta no tiene poder sobre Él, y que Él si tiene poder sobre ella, de tal modo que todo el que crea en el nombre del Señor se salvará.

La Cruz no es un símbolo decorativo, estético, sino que es una de las formas de ajusticiar que más deshonra y sufrimiento provocaban, tanto es así que los ciudadanos romanos no podían morir de tal modo. La Cruz muestra la fuerza del pecado que está en la Ley (1ª Cor. 15). Pero la Ley, como dirá San Pablo a los Romanos, no ha sido creada para matarnos, es perfecta; Sin embargo ha sido el hombre, engañado por el diablo, el que ha utilizado la Ley para matar al otro, para ajusticiar al otro. En definitiva para matar el TU y poder ser YO. Sin este pecado Cristo no nos habría rescatado: “Oh feliz culpa” cantamos en la noche de Pascua, “que mereció tan gran redentor”. La cruz es toda ella una síntesis teológica- catequética que nos enseña la lucha entre el bien y el mal, que nos habla de Adán y Eva y del Nuevo Adán y de la Nueva Eva.

Este palo, que es la columna, que es lo que levanta la cruz, es imagen pues del leño, que tiene muchas prefiguraciones. Una es la leña del árbol prohibido del paraíso, con cuyo fruto Satanás engaño a Adán y a Eva. Recuerda también la leña para el sacrificio de Isaac, porque en esta cruz, en esta leña, se consuma el sacrificio de “nuestro Isaac” que es Cristo, el cordero, que libre y voluntariamente acepta el holocausto en un acto de amor gratuito y eterno, para remisión de nuestras culpas, y para reconciliarnos, como dice San Pablo, con Dios. Este leño es reflejo también de la zarza ardiente, que no se consumía. Esta zarza, cuyo ardor significaba el amor de Dios para con el hombre, es imagen de la cruz, donde se muestra este amor que es la Luz que ilumina a todo hombre (Jn.1). La Cruz estaba también prefigurada en el leño con el que se hizo el Arca de la Alianza, la Shekiná, la presencia de Dios, porque en la cruz Cristo mostraba la presencia de Dios Padre, su sustancia (Hb. 1,3).

Su cruz era portadora del misterio insondable de su Luz que ilumina a todo hombre, y así como el Arca recibía el título de la “Alianza” así la Cruz es para nosotros el arca de la “Nueva Alianza” del “nuevo pacto” de la “Nueva economía de la Salvación”. La leña de la cruz estaba también prefigurada en el Arca de Noé, construida con leños y que sobrevivió a las aguas torrenciales que inundaron la Tierra. Esta cruz es nuestra arca de Noé. Si nos subimos a ella no pereceremos, “caminaremos” por encima del mar, imagen de la muerte. Y esta cruz estaba también prefigurada en el cayado de Moisés, con el que abre las aguas del Mar Rojo. Esta Cruz tiene el poder de abrirnos un “camino” en medio de la muerte, del sufrimiento, de la angustia. Solo hemos de cogerla, como Moisés cogió el cayado, en obediencia a Dios, para que nuestro “vino viejo” se transforme en un “vino nuevo”.

Seguido del leño, de la columna, aparece en la base de la cruz, propiamente dicha, una gran bola redonda, imagen del mundo. La Iglesia enseña que nuestros enemigos contra los que hay que combatir son tres: El demonio, el mundo y la carne. Hemos visto que el demonio está representado en la base y es el que entra en contacto con la tierra, porque, como Dios ordenó, fue condenado a arrastrarse por la misma. Después de haber visto el significado de la columna, que es el leño, y sus prefiguraciones, llegamos a la representación del mundo, en esta bola, que es imagen de la gran ciudad, de la Babilonia, que nos somete, que nos oprime, que nos persigue, que nos arrebata la paz. La Gran Ramera, que narra el Apocalipsis, es el espíritu de la gran ciudad. La lucha no es contra la ciudad o sus habitantes, sino contra su espíritu, que es el espíritu de su príncipe, el maligno,“el príncipe de este mundo” (Jn.16,11)

Dios ha bajado porque no se ha quedado indiferente frente al sufrimiento de su pueblo. Ha descendido para liberar a los hombres del “espíritu de las tinieblas” que lo tenían preso. Ha venido para dar la vista a los ciegos, y abrir el oído a los sordos, y para proclamar el año de gracia del Señor (Lc.4,18). Este mundo está bajo los pies de Cristo, porque "todo lo sometiste bajo sus pies" (Sal.8). Cristo está por encima del mundo, es decir, por encima de nuestros sufrimientos, de nuestros pecados, de nuestras culpas.

Porque se humilló Dios lo exaltó, dándole el nombre sobre todo nombre, Kiryos, de forma que al oír su nombre toda rodilla se doble, en el cielo y en la tierra (Flp.2). La cruz que se eleva como “perfume suave” sobre nosotros nos hace conscientes de que solo en él se encuentra el amor y solo en él se encuentra el perdón (Sal.130). El mundo está entre Cristo, la Vida, y el diablo, la muerte, y ha sido Cristo el que ha triunfado en este “prodigioso duelo” (Melitón de Sardes) .Tiene poder de caminar sobre las aguas, de vencer este miedo a la muerte que nos atenaza. En esta cruz no participamos de un misterio abstracto, de una entelequia, sino que visibilizamos algo real, tangible: Un hombre que se levanta de la muerte.

Cristo ha vencido al mundo, como dirá la víspera de su Pasión (Jn.16), por una razón concreta: Hacernos a nosotros vencedores y no vencidos, invitándonos a nosotros a pasar de este mundo al padre, ¿como? A través de la cruz.

Después del mundo está la Virgen María, columna de la Iglesia. Al pie de la cruz nos invita a imitar a Cristo, a no escandalizarnos, a no huir del sufrimiento. La Virgen, entre el mundo y Cristo, es nuestra intercesora. Vela por nosotros y nos conduce a su Hijo. Como en las bodas de Canaán nos invita a hacer lo que Él nos diga (Jn.2,5), a obedecerle y a seguirle. Ella es la perfecta cristiana, la primera mártir, que lejos de escandalizarse asume la responsabilidad del “fruto de su vientre” mostrándonos así el camino.

Ella es pues imagen de la Iglesia, que nos acompaña en nuestro camino mientras estamos en el mundo, y nos muestra cómo agarrarnos a la cruz y no huir, como amar sin medida y no odiar, cómo perdonar de corazón y no culpar. Sin la Virgen el sufrimiento de la cruz no se podría entender. Ella, aceptando la voluntad de Dios, nos anima, aún en el sinsentido, a no renegar de su amor y esperar en su nombre. Por eso está presente en esta cruz, porque sin ella jamás podríamos llegar al conocimiento pleno de la Verdad, y poder ver la cruz como Gloriosa.

Tiene en sus cuatro extremos cuatro animales, que son los símbolos de los 4 evangelistas. Estos 4 símbolos, el llamado tetramorfos, están en las cuatro esquinas y representan los 4 puntos cardinales a los que llega el anuncio del Evangelio, es decir, a todas las naciones. El león es Marcos, el toro es Lucas, el águila es Juan y el hombre es Mateo.

La cruz, por último, tiene como vemos forma de anzuelo, porque Dios, mediante la cruz de su Hijo rescata a sus criaturas, nosotros los hombres, de su medio natural, el agua (imagen de la muerte) para concedernos, por pura gracia, una vida en plenitud. Si Cristo murió en una cruz fue para darnos la posibilidad de vivir una vida totalmente distinta a como la vive el mundo, y nosotros hemos sido llamados no sólo para gustar esta vida en este mundo sino para darla a los demás como hizo nuestro Maestro.

En esta cruz es donde reposa el Hijo del hombre, donde descansa y reclina la cabeza. La Cruz, escándalo para judíos y necedad para griegos, es salvación para los que creen en ella. Con su carne destrozada no enseña que el pecado mata profundamente, destroza a los que tenemos a nuestro alrededor, provoca descomunión y soledad. Cristo, clavando su carne, nos enseña a morir a nosotros mismos, a no resistirnos al mal, a poder amar hasta el extremo no solo con el espíritu sino con nuestro cuerpo.

Cristo en la cruz ha cumplido enteramente el Shemá: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu mente, con todas tus fuerzas. Haz esto y vivirás” Con la lanzada que traspasó su costado amó a Dios con todo su corazón, y de él salió sangre, imagen de la vida terrena, y agua, imagen del Bautismo y de la vida inmortal. Amó al Señor con toda su mente, crucificando su razón con una corona de espinas, que expresan el dolor del sinsentido del sufrimiento, de la historia de cada uno. Y amó al Señor con todas sus fuerzas, porque sus brazos y manos, con los que trabajaba y hacía fuerza, fueron brutalmente clavados sin él oponer resistencia, mostrando al mundo la no resistencia al mal y la aceptación del otro sin medida, pues el que extiende las manos es para expresar su deseo de obedecer y amar.

La cruz representa por tanto este misterio, nunca mejor dicho, del amor de Dios para con nosotros. Como dijo San Agustín, “La medida del amor es amar sin medida”

La paz.

Nota: Lo resaltado y agrandado es edicion mia... en un esfuerzo por hacerselo notar. Gracias (nsro).