Thursday, March 15, 2018

La humildad de Moshé – Por Rav Jehuda Appel (¿Quién eres?)


Vaikrá(Levítico 1-5)

La humildad de Moshé – Por Rav Jehuda Appel

Un maravilloso pasaje del Talmud describe la grandeza de los Sabios de las generaciones previas. En prosa poética, el Talmud declara: "La muerte de Rabí Janina ben Dosa vio el final de los hombres de acción. La muerte de Rabí Iosi Katanta vio el final de los rectos. Cuando murió Rabí Iojanán ben Zakai, se extinguió la gloria de la sabiduría. Cuando murió Rebi (Iehudá Hanasí), cesaron la humildad y el temor al pecado".
El Talmud continúa con un sorprendente comentario de Rabí Iosef. Él desafió la afirmación respecto a que había desaparecido la humildad, y dijo: "¡Pero yo sigo aquí!"
Este comentario no se entiende. ¿Cómo es posible que Rabí Iosef afirme ser humilde, al proclamar su propia humildad?
A primera vista, la declaración de Rabí Iosef parece lo opuesto a la humildad. Pero no es así. Porque humildad no significa tener baja autoestima. El judaísmo dice que ser humilde es entender clara y objetivamente quién eres. Una persona realmente humilde reconoce sus fortalezas y debilidades con respecto a sí misma, a los demás y a Dios. Conoce perfectamente cuál es su lugar en el mundo.
Considerarse peor de lo que uno es en realidad es un problema de falsa humildad. Cuentan que el director de una ieshivá criticó a un estudiante por caminar con una actitud de humildad. "No eres tan grandioso como para actuar con tal pequeñez" le dijo el rabino.
Además, la falsa humildad puede ser peligrosa. Si uno se menosprecia, puede llegar a no actuar cuando la situación lo requiera. Rav Najman de Breslov, un gran rebe jasídico, decía que el error de los rectos es verse a sí mismos demasiado pequeños, lo que les impide hacer lo que podrían hacer para traer la redención.
¿Cuál es la descripción principal que la Torá hace de Moshé, el más grandioso profeta de la historia? Él era “la más humilde de las personas” (ver Números 12:3).
Precisamente debido a esta cualidad Moshé fue elegido como el transmisor de la Torá de Dios. Al estar dedicado a la verdad y no verse afectado por los autoengaños que ciegan a otros, Moshé conocía su lugar. Por eso tuvo el mérito de ser quien entregó al mundo la verdad de Dios.
Al mismo tiempo, Moshé tenía consciencia de que más allá de la posición que uno ocupe, se debe ser cuidadoso al tratar con los demás. Una y otra vez, a pesar de tener consciencia de su propia grandeza, Moshé mostró su humildad al interactuar con sus semejantes.
Un hermoso ejemplo lo encontramos en la parashá de esta semana, que comienza relatando que Dios llamó a Moshé desde el Tabernáculo. Como explica Rashi, la palabra utilizada para describir esto, vaikrá, demuestra un contacto muy íntimo. Si bien Dios habla de manera abierta con muy pocas personas, son todavía menos las que llama.
Curiosamente, en los rollos de la Torá la palabra vaikrá se escribe con una letra alef más pequeña que el resto de las letras. Si omitiéramos la alef pequeña, la palabra se leería vaikar, una palabra asociada con un encuentro casual; es decir, un nivel de intimidad mucho menor. El Midrash dice que Moshé mismo modificó la escritura para que la alef fuera pequeña. Incómodo con la palabra vaikrá, una declaración de lo mucho que era valorado a los ojos de Dios, Moshé buscó la forma de disimularla sin cambiar el significado del texto original. De esta manera dejó igualmente en claro que era un hombre modesto.
Moshé personificó la grandeza de la humildad, porque a pesar de tener plena consciencia de su grandeza, tuvo el cuidado de no ostentarla frente a los demás.

Con mucho cariño,
Noel y Silvia
"La Porciúncula"
Guatemala

Tuesday, March 13, 2018

El rol del cuerpo en la espiritualidad - Rav Baruj Leff

Vaikrá(Levítico 1-5)

El rol del cuerpo en la espiritualidad

Llevamos varias semanas leyendo en el libro de Éxodo sobre la construcción del Tabernáculo. ¡Vaya que era un Tabernáculo hermoso! Estudiamos en gran detalle su majestuosa belleza y su maravillosa arquitectura.
Sin embargo, al comienzo de Levítico, nos sorprendemos al descubrir que la función principal del Tabernáculo era el derramamiento de sangre y el sacrificio de animales. Para nuestras mentes modernas es muy difícil aceptar esta práctica aparentemente primitiva. ¿Cómo podemos estudiar sobre sangre y sacrificios sin sentir un gran rechazo? Después de todo, es una parte importante de la Torá de Dios, Sus instrucciones para la vida. No podemos simplemente dejar este tema de lado por considerar que ya no es relevante, porque la Torá de Dios es eterna. ¿Qué hay detrás de este énfasis en la sangre?
En esta parashá además de la fascinación general de la Torá por la sangre de los sacrificios, también vemos su importancia para tener una relación cercana con Dios. El primer comentario de Rashi sobre Vaikrá (y llamó) es: "Llamar (a Moshé por su nombre) precedió toda declaración u orden (que Dios le dijo a Moshe). El uso de vaikrá muestra afecto".
La pregunta obvia es: si es cierto que Dios llamó a Moshé por su nombre cada vez que le habló en toda la Torá, ¿por qué esto sólo se menciona en el comienzo de Levítico?
La única respuesta convincente es que el tema tratado en Levítico, es más apropiado para este afecto. Es por eso que el hecho de llamar a Moshé por su nombre, una señal de cariño, sólo aparece aquí, porque por alguna razón la sangre y los sacrificios son más apreciado por Dios.
Entonces no sólo debemos explicar por qué la Torá se preocupa por la sangre, sino también por qué el servicio de sangre es el más querido por Dios. Esto también elucida la antigua costumbre de comenzar la educación de Torá de los niños con Levítico. De alguna forma, percibimos que los sacrificios y la sangre son una parte tan integral del judaísmo que con ellos formamos la base de la educación de nuestros hijos. ¿Por qué? (1). 
La clave está en tener una visión realista de quiénes somos como seres humanos. Algunas religiones y filosofías espirituales pregonan que para ser sagrado, se debe trascender el mundo físico. El cuerpo humano, con sus deseos básicos, es una distracción del crecimiento puro, inteligente y sofisticado. Por lo tanto, involucrarse en actividades físicas carece de importancia. En cambio deberíamos pasar el tiempo concentrados en nuestros pensamientos, emociones y sentimientos. Enfócate en la mente, no en el cuerpo.
Esas filosofías se burlan de la Torá y de su énfasis en el detalle de las comidas que puedes y no consumir, cuándo puedes o no encender las luces, etc. Dicen que la Torá es una "religión culinaria" y que no es apropiada para los individuos educados y morales.
Sin embargo, la historia demostró que un enfoque exclusivamente intelectual no da como resultado la moralidad. De hecho, al reprimir el cuerpo y no permitirle ser santificado mediante el respeto de las reglas espirituales, quienes afirman ser morales terminan causando las atrocidades más terribles. El libro de Ian Kershaw, Hitler, 1889 a 1936, describe cómo Hitler (que su memoria sea eliminada), amaba las sinfonías de Wagner como una persona espiritual, sofisticada y culta. Kershaw también muestra una foto de Hitler alimentando con cuidado a un venado, tal como corresponde a un moral y responsable amante de los animales. Sin embargo, ese hombre supuestamente moral y sofisticado perpetró un genocidio de proporciones gigantescas.
Eso es lo que representa la sangre en el Templo. Podemos llegar a pensar que al acercarnos a Dios en Su Templo sólo deberíamos tener pensamientos elevados y espirituales, e ignorar el cuerpo físico. Por eso la Torá habla de sangre. Debemos reconocer que la sangre, el cuerpo físico y la fuerza vital, también deben utilizarse como parte de nuestra espiritualidad. El alma no está atrapada en un cuerpo malvado. No castigamos al cuerpo ni a sus deseos. La Torá nos dice que el cuerpo es un componente necesario para acercarse a Dios y, mediante los mandamientos, nos indica cómo utilizar la espiritualidad del cuerpo.
Estas ideas también explican por qué creemos en la recompensa de la resurrección del alma con el cuerpo. Después de la muerte, el alma asciende al cielo y el cuerpo se entierra. Nosotros creemos que al final de los días el cuerpo y el alma serán reunificados para recibir su eterna recompensa. Esto demuestra claramente que valoramos al cuerpo como parte de nuestra espiritualidad, porque de lo contrario Dios no daría una recompensa eterna enviando el alma para que sea aprisionada en él.
Como describe el Talmud (Sanedrín 91b), la relación del cuerpo y el alma puede compararse a la relación entre un hombre ciego y uno cojo que son socios en un crimen. El dueño de un huerto los contrata para cuidar su campo, pero les prohíbe comer de sus frutos. Poco después, los cuidadores no resisten la tentación. El ciego pone al cojo sobre sus hombros y, juntos, logran tomar algunos frutos. El dueño se enfurece porque le robaron.
El ciego dice: "No pude haber sido yo, ¡no puedo ver!"
El cojo dice: "No pude haber sido yo, ¡no puedo caminar!"
En ese momento, el perspicaz dueño del huerto puso al cojo sobre el ciego y los castigó a ambos.
Un alma no puede pecar por sí sola. Un cuerpo no puede ser amable por sí solo. La recompensa y el castigo sólo pueden aplicarse a la entidad que es la persona completa, al cuerpo y el alma juntos. Sólo cuando están juntos hay libre albedrío y es una imagen de Dios.
Ignoramos la espiritualidad del cuerpo a nuestro propio riesgo. Si reprimimos al cuerpo, y no materializamos su santidad, puede que distorsionemos el significado verdadero de la moral y que terminemos como otras personas llamadas sagradas y cultas.
Por lo tanto, el enfoque de Levítico en la sangre no es ni salvaje ni primitivo, sino simplemente la forma de conectarnos con nuestra realidad de seres humanos sagrados y corpóreos.

Nota al pie:
(1) Es importante señalar que, por más razones que le demos a un mandamiento, nunca daremos LA razón. Dado que Dios es infinito, tiene razones infinitas para Sus mandamientos. Ofrecer razones para las mitzvot es meramente una forma a través de la cual logramos derivar beneficios prácticos de ellas. En hebreo, razón se dice táam, que también significa sabor. Al ofrecer razones obtenemos un sabor de la mitzvá, pero debemos entender que nuestras razones no son razones en todo el sentido de la palabra. Un mandamiento de Dios tiene aplicación en todo momento y en todas las generaciones. Por lo tanto, si una razón para una mitzvá ya no se aplica, la mitzvá sigue en vigencia, porque las razones infinitas de Dios al dar la mitzvá siempre se aplicarán.

Saturday, March 10, 2018

Predicación de Cuaresma: «No os hagáis una idea demasiado alta de vosotros mismos»


10/03/2018-13:15
Rosa Die Alcolea
Predicación de Cuaresma: «No os hagáis una idea demasiado alta de vosotros mismos»
(ZENIT – 10 marzo 2018).- “La evaluación correcta de uno mismo es esta: ¡reconocer nuestra nada!”, dijo el padre Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia, en su tercera predicación de Cuaresma el 9 de marzo de 2018.
En la capilla Redemptoris Mater en el Vaticano, donde atendían la predicación el Papa y sus colaboradores en la Curia, el capuchino enfatizó que “la perla preciosa es precisamente la convicción sincera y pacífica de que nosotros mismos no somos nada, no podemos hacer nada. piensa, no podemos hacer nada”.
“Dios ama a los humildes porque los humildes están en la verdad”, aclaró el P. Cantalamessa; “Él es un hombre verdadero y auténtico. Él castiga el orgullo, porque el orgullo, antes de ser arrogante, es una mentira. De hecho, todo eso en el hombre no es humildad, es mentira”.
AK
Ofrecemos la tercera predicación de Cuaresma del Padre Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia, pronunciada ayer, 9 de marzo de 2018.
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«No os hagáis una idea demasiado alta de vosotros mismos»
La humildad cristiana

La exhortación a la caridad que hemos recogido de boca del Apóstol, en la meditación anterior, está encerrada entre dos breves exhortaciones a la humildad que se reclaman entre sí con evidencia, para formar una especie de marco para el discurso sobre la caridad. Leídas las dos exhortaciones seguidamente, omitiendo lo que hay en medio, suenan así:
«No os estiméis en más de lo que conviene, sino estimaos moderadamente, según la medida de la fe que Dios otorgó a cada cual. […] Tened la misma consideración y trato unos con otros, sin pretensiones de grandeza, sino poniéndoos al nivel de la gente humilde. No os tengáis por sabios» (Rom 12, 3.16).
No se trata de recomendaciones de poca monta a la moderación y a la modestia; a través de estas pocas palabras la parénesis apostólica nos abre por delante todo el vasto horizonte de la humildad. Junto a la caridad, san Pablo concreta en la humildad el segundo valor fundamental, la segunda dirección en que se debe trabajar para renovar, en el Espíritu, la propia vida y edificar la comunidad.
Nunca como en este campo las virtudes cristianas nos aparecen como un hacer propios «los sentimientos que hubo en Cristo Jesús». Él, recuerda en otro lugar el Apóstol, aun siendo de naturaleza divina, «se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte» (Flp 2, 5-8) y a sus discípulos les dijo él mismo: «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29). De la humildad se puede hablar desde distintos puntos de vista, como veremos que hará el Apóstol, pero, en su significado más profundo, la humildad es sólo la de Cristo. Humilde realmente es quien se esfuerza por tener el corazón de Cristo.
1. La humildad como sobriedad
En la parénesis de la Carta a los Romanos, san Pablo aplica a la vida de la comunidad cristiana la enseñanza bíblica tradicional sobre la humildad que se expresa constantemente a través de la metáfora espacial del «alzarse» y el «abajarse», del tender a lo alto y tender a lo bajo. Se puede «aspirar a cosas demasiado altas» o con la propia inteligencia, con una indagación desmedida que no tiene en cuenta el propio límite frente al misterio, o con la voluntad, ambicionando posiciones y funciones de prestigio. El Apóstol tiene en el horizante estas dos posibilidades y, en cualquier caso, sus palabras afectan a una y otra cosa juntamente: tanto la presunción de la mente como la ambición de la voluntad.

Sin embargo, al transmitir la enseñanza bíblica tradicional sobre la humildad, san Pablo da una motivación para esta virtud en parte nueva y original. En el Antiguo Testamento, el motivo o la razón que justifica la humildad es que Dios «rechaza a los soberbios y da su gracia a los humildes» (cf. Prov 3,34; Jb 22,29), que Él «mira hacia el humilde, pero al soberbio le retira la mirada desde lejos» (Sal 137,6). Pero no se decía, —al menos explícitamente— porqué Dios hace esto, es decir, porqué «eleva a los humildes y abaja a los soberbios». A este hecho se pueden dar diferentes explicaciones: por ejemplo, la envidia o «envidia de Dios» (sphonos Theou), como pensaban algunos escritores griegos, o simplemente la voluntad divina de castigar la arrogancia humana, la hybris.
El concepto decisivo que san Pablo introduce en el discurso en torno a la humildad es el concepto de verdad. Dios ama al humilde porque el humilde está en la verdad; es un hombre verdadero, auténtico. Él castiga la soberbia, porque la soberbia, antes aún que arrogancia, es mentira. Todo lo que en el hombre no es humildad es mentira.
Esto explica porqué los filósofos griegos, que también conocieron y exaltaron casi todas las demás virtudes, no conocieron la humildad. La palabra humildad (tapeinosis) conservó siempre, para ellos, un significado prevalentemente negativo de bajeza, estrechez de miras, mezquindad y pusilanimidad. Los filósofos griegos ignoraban los dos polos que permiten asociar entre sí humildad y verdad: la idea de creación y la idea bíblica de pecado. La idea de creación fundamenta la certeza de que todo lo que hay de bueno y hermoso en el hombre viene de Dios, sin excluir nada; la idea bíblica de pecado funda la certeza de que todo lo que hay de mal, en sentido moral, viene de su libertad, de él mismo. El hombre en el hombre bíblico es empujado a la humildad tanto por el bien como por el mal que descubre en sí.
Pero vayamos al pensamiento del Apóstol. La palabra usada por él en nuestro texto para indicar la humildad-verdad es la palabra sobriedad o sabiduría (sophrosyne). Exhorta a los cristianos a no hacerse una idea errónea y exagerada de sí mismos, sino a tener de sí, más bien, una valoración justa, sobria, podríamos casi decir objetiva. Al retomar la exhortación, en el versículo 16, el «hacerse una idea sobria de sí», encuentra su equivalente en la expresión «tender a las cosas humildes». Con ello viene a decir que el hombre es sabio cuando es humilde y que es humilde cuando es sabio.
Al abajarse, el hombre se acerca a la verdad. «Dios es luz», dice san Juan (1 Jn 1,5), es verdad, y no puede encontrar al hombre si no en la verdad. Él da su gracia al humilde porque sólo el humilde es capaz de reconocer la gracia; no dice: «¡Mi brazo, o mi mente, ha hecho esto!» (cf Dt 8,17; Is 10,13). Santa Teresa de Jesús escribió: «Me preguntaba
un día por qué motivo el Señor ama tanto la humildad y me vino a la mente de repente, sin ninguna reflexión mía, que esto debe ser porque él es la suma verdad y la humildad es la verdad»[1].
2. ¿Qué tienes que no hayas recibido?
El Apóstol no nos deja ahora en la vaguedad o en la superficie, a propósito de esta verdad sobre nosotros mismos. Algunas de sus frases lapidarias, contenidas en otras Cartas pero pertenecientes a este mismo orden de ideas, tienen el poder de escapar a toda «excusa» y hacernos ir realmente a fondo en el descubrimiento de la verdad.
Una de tales frases dice: «¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?» (1 Cor 4,7). Hay una sola cosa que no he recibido, que es toda y sóla mía, y es el pecado. Esto sé y siento que viene de mí, que encuentra su fuente en mí, o, de todas maneras, en el hombre y en el mundo, no en Dios, mientras que todo el resto —incluido el hecho de reconocer que el pecado viene de mí— es de Dios. Otra frase dice: «Si alguien piensa que es algo, mientras que es nada, ¡se engaña a sí mismo!» (Gál 6,3).
La «justa valoración» de sí mismo es, pues, esta: ¡reconocer nuestra nada! ¡Este es ese terreno sólido, al que tiende la humildad! La perla preciosa es precisamente la sincera y pacífica persuasión de que, para nosotros mismos, no somos nada, no podemos pensar en nada, no podemos hacer nada. «Sin mí no podéis “hacer” nada», dice Jesús (Jn 15,5) y el Apóstol añade: «No es que por nosotros mismos seamos capaces de pensar algo…» (2 Cor 3,5). Nosotros podemos, ocasionalmente, usar una u otra de estas palabras para truncar una tentación, un pensamiento, una complacencia, como una verdadera «espada del Espíritu»: «¿Qué tienes que no hayas recibido?». La eficacia de la palabra de Dios se experimenta sobre todo en este caso: cuando se usa en uno mismo, más que cuando se usa en los demás.
De este modo, nos encaminamos a descubrir la verdadera naturaleza de nuestra nada, que no es un nada pura y simple, una «inocente pequeñez». Vislumbramos el objetivo último al que la palabra de Dios nos quiere conducir que es que reconozcamos lo que realmente somos: ¡una nada soberbia! Yo soy ese alguien que «cree que es algo», mientras que soy nada; yo soy el que no tiene nada que no ha recibido, pero que siempre se jacta —o está tentado de gloriarse— de algo, ¡como si no hubiese recibido!
Esta no es una situación de algunos, sino una miseria de todos. Es la definición misma del hombre viejo: una nada que cree ser algo, una nada soberbia. El Apóstol mismo nos

confiesa lo que descubría cuando él también bajaba al fondo de su corazón: «Descubro en mí —decía— otra ley…, descubro que el pecado habita en mí… ¡Son un desgraciado! ¿Quién me librará?» (cf. Rom 7,14-25). Esa «otra ley», el «pecado que habita en nosotros» es, para san Pablo, como se sabe, ante todo la autoglorificación, el orgullo, el jactarse de uno mismo.
Al término de nuestro camino de descenso, no descubrimos, pues, en nosotros la humildad, sino la soberbia. Pero precisamente este descubrimiento de que somos radicalmente soberbios y que lo somos por culpa nuestra, no de Dios, porque lo hemos llegado a ser haciendo mal uso de la nuestra libertad, esto es precisamente la humildad, porque esto es la verdad. Haber descubierto este objetivo, o incluso haberlo vislumbrado sólo como desde lejos, a través de la palabra de Dios, es una gracia grande. Da una paz nueva. Como quien, en tiempo de guerra, ha descubierto que posee bajo su propia casa, sin siquiera tener que salir fuera, un refugio seguro contra los bombardeos, absolutamente inalcanzable.
Una gran maestra de espíritu —santa Angela de Foligno—, a punto de morir, exclamó: «¡Oh, nada desconocida, oh, nada desconocida! El alma no puede tener mejor visión en este mundo que contemplar su propia nada y habitar en ella como en la celda de una cárcel»[2]. La misma santa exhortaba a sus hijos espirituales a hacer lo posible para volver a entrar enseguida en esa celda, apenas hubieran salido fuera por cualquier motivo. Hay que hacer como algunas crías muy acobardadas que no se alejan nunca del agujero de su guarida hasta el punto de que no pueden volver allí enseguida, al primer aviso de peligro.
Hay un gran secreto oculto en este consejo, una verdad misteriosa que se experimenta probando. Se descubre entonces que existe realmente esta celda y que se puede entrar realmente en ella cada vez que se quiera. Consiste en el silencioso y tranquilo sentimiento de ser una nada, y una nada soberbia. Cuando se está dentro de la celda de esta cárcel, ya no se ven los defectos del prójimo, o se ven bajo otra luz. Se entiende que es posible, con la gracia y con el ejercicio, realizar lo que dice el Apóstol y que parece, a primera vista, excesivo, es decir, «considerar a todos los demás superiores a uno mismo» (cf. Flp 2,3), o al menos se comprende cómo puede haber sido posible a los santos.
Encerrarse en esa cárcel es, pues, algo muy distinto a encerrarse en uno mismo; por el contrario, es abrirse a los otros, al ser, a la objetividad de las cosas. Al contrario de lo que siempre han pensado los enemigos de la humildad cristiana. Es cerrarse al

egoísmo, no en el egoísmo. Es la victoria sobre uno de los males que la moderna psicología considera letal para la persona humana: el narcisismo.
En esa celda, además, no penetra el enemigo. Un día, Antonio el Grande tuvo una visión; vio, en un instante, todos los infinitos lazos del enemigo desplegados por tierra y dijo gimendo: «¿Quien podrá, pues, evitar todos estos lazos?» y entendió que una voz le respondía: «¡La humildad!»[3].
El Evangelio nos presenta un modelo insuperable de esta humildad-verdad, y es María. Dios —canta María en el Magnificat— «ha mirado la humildad de su esclava» (Lc 1,48). Pero, ¿qué entiende aquí la Virgen por «humildad»? No la virtud de la humildad, sino su condición humilde o, a lo sumo, su pertenencia a la categoría de los humildes y los pobres delos que se habla a continuación en el cántico. Lo confirma la referencia explícita al cántico de Ana, la madre de Samuel, donde la misma palabra usada por María (tapeinosis) significa claramente miseria, esterilidad, condición humilde, no sentimiento de humildad.
Pero la cosa está clara en sí misma. ¿Cómo se puede pensar que María exalte su humildad, sin destruir, con ello mismo, la humildad de María? ¿Cómo se puede pensar que María atribuya a su humildad la elección de Dios, sin destruir, con esto, la gratuidad de tal elección y hacer incomprensible toda la vida de María a partir de su Inmaculada Concepción? Para subrayar la importancia de la humildad, alguien escribió imprudentemente que María «no se jacta de ninguna otra virtud más que de su humildad», como si, de este modo, se hiciera un gran honor, y no un gran error, a dicha virtud. La virtud de la humildad tiene un estatuto muy especial: la tiene quien cree que no la tiene, no la tiene quien cree tenerla. Sólo Jesús puede declararse «humilde de corazón» y serlo verdaderamente; esta es la característica única e irrepetible de la humildad del hombre-Dios.
¿No tenía María, pues, la virtud de la humildad? Cierto que la tenía y en grado sumo, pero eso lo sabía sólo Dios, ella no. Precisamente esto, en efecto, constituye el mérito inigualable de la verdadera humildad: que su perfume es captado solamente por Dios, no por quien lo emana. El alma de María, libre de toda concupiscencia verdadera y pecadora, ante la nueva situación creada por su maternidad divina, se ha colocado, con toda rapidez y naturalidad, en su sitio de verdad —su nada— y de allí nada ni nadie la ha podido mover.
En esto la humildad de la Madre de Dios parece un prodigio único de la gracia. Ella arrancó a Lutero este elogio: «Aunque María hubiera acogido en sí esa gran obra de

Dios, tuvo y mantuvo tal sentimiento de sí que no se elevó por encima del menor hombre de la tierra […]. Aquí se debe celebrar el espíritu de María maravillosamente puro, porque mientras se le hace un honor tan grande, no se deja inducir en la tentación, sino que, como si no viese, permanece en el camino correcto»[4].
La sobriedad de María está por encima de cualquier comparación incluso entre los santos. Ella aguantó la tensión tremenda de este pensamiento: «¡Tú eres la madre del Mesías, la Madre de Dios! ¡Tú eres lo que toda mujer de tu pueblo hubiera deseado ser!». «¿A qué debo que la madre de mi Señor venga a mí?», había exclamado Isabel, y ella responde: «¡Ha mirado la pequeñez de su esclava!». Ella se abismó en su nada y «elevó» sólo a Dios, diciendo: «Mi alma glorifica al Señor». Al Señor, no a la esclava. María es verdaderamente la obra maestra de la gracia divina.
3. Humildad y humillaciones
No nos debemos engañar de haber alcanzado la humildad sólo porque la palabra de Dios y el ejemplo de María nos hayan llevado a descubrir nuestra nada. Se ve hasta qué punto hemos llegado en materia de humildad cuando la iniciativa pasa de nosotros a los demás, es decir, cuando ya no somos nosotros los que reconocemos nuestros defectos y errores, sino que son los demás los que lo hacen; cuando no sólo somos capaces de decirnos la verdad, sino también de dejárnosla decir, con gusto, por otros. En otras palabras, se ve en los reproches, en las correcciones, en las críticas y en las humillaciones. «A menudo sirve mucho para conservarnos en la humildad —dice el autor de la Imitación de Cristo— que los demás conozcan y recobren nuestros defectos» [5].
Pretender matar el propio orgullo golpeándolo a solas, sin que nadie intervenga desde fuera, es como usar el propio brazo para castigarse a sí mismo: uno no se hará nunca realmente mal. Es como querer arrastrar a solas un tumor. Hay personas (y yo estoy ciertamente entre estas) que son capaces de decir de sí —e incluso sinceramente— todo el mal posible e imaginable; personas que, durante una liturgia penitencial, hacen autoacusaciones de una franqueza y de un coraje admirables, pero en cuanto alguien alrededor de ellos alude a tomar en serio sus confesiones, o se atreve a decir en ellas una pequeña parte de lo que se ha dicho a solas, son chispas. Evidentemente, todavía queda mucho camino por recorrer para llegar a la verdadera humildad y a la verdad humilde.
Cuando trato de recibir gloria de un hombre por algo que digo o hago, es casi seguro que ese mismo hombre busca recibir en respuesta gloria de mí por lo que dice o hace. Y

así sucede que cada uno busca su propia gloria y nadie la obtiene y si, por casualidad, la obtiene no es más que «vanagloria», es decir gloria vacía, destinada a disolverse en humo con la muerte. Pero el efecto es igualmente terrible; Jesús atribuía a la búsqueda de la propia gloria incluso la imposibilidad de creer. Decía a los fariseos: «¿Como podéis creer cuando recibís gloria los unos de los otros y no buscáis la gloria que viene sólo de Dios?» (Jn 5,44).
Cuando nos encontramos envueltos en pensamientos y aspiraciones de gloria humana, echamos en la mezcla de estos pensamientos, como una antorcha ardiente, la palabra que Jesús mismo utilizó y que nos dejó: «¡Yo no busco mi gloria!» (Jn 8,50). Ella tiene el poder casi sacramental de realizar lo que significa, de disipar dichos pensamientos.
La humildad es una lucha que dura toda la vida y se extiende a cada aspecto de la vida. El orgullo es capaz de alimentarse tanto del mal como del bien y sobrevivir, por lo tanto, en cualquier situación y en cualquier «clima». Más aún, a diferencia de lo que sucede con cualquier otro vicio, el bien, no el mal, es el caldo de cultivo preferido de este terrible «virus».
«La vanidad tiene raíces tan profundas en el corazón del hombre que un soldado, un siervo de milicias, un cocinero, un mozo de carga, se jacta y pretende tener sus admiradores y los mismos filósofos la quieren. Y aquellos que escriben en contra de la vanagloria aspiran al orgullo de haber escrito bien, y quienes los leen, al orgullo de haberlos leído; yo, que escribo esto, tengo quizá el mismo deseo y quizá también aquellos que me leen»[6].
La vanagloria es capaz de transformar en acto de orgullo nuestro mismo tender a la humildad. Pero con la gracia, podemos salir vencedores también de esta terrible batalla. En efecto, si tu hombre viejo logra transformar en actos de orgullo tus mismos actos de humildad, tú, con la gracia, transforma en actos de humildad también tus actos de orgullo, al reconocerlos. Reconociendo, humildemente, que eres una nada soberbia. Así, Dios es glorificado también por nuestro propio orgullo.
En esta batalla Dios suele acudir en auxilio de los suyos con un remedio muy eficaz y singular. Escribe san Pablo: «Para que no me enorgulleciera por la grandeza de las revelaciones un enviado de Satanás me clavó una espina en la carne encargado de abofetearme: para que no caiga en soberbia» (2 Cor 12,7).
Para que el hombre «no se enorgullezca», Dios lo fija al suelo con una especie de ancla; le pone «pesos en los lomos» (cf. Sal 66,11). No sabemos qué era exactamente esta

«espina en la carne» y este «enviado de Satanás» para Pablo, ¡pero sabemos bien qué es para nosotros! Todo el que quiere seguir al Señor y servir a la Iglesia la tiene. Son situaciones humillantes por las que uno es llamado constantemente, a veces de noche y de día, a la dura realidad de lo que somos. Puede ser un defecto, una enfermedad, una debilidad, una impotencia, que el Señor nos deja, a pesar de todas las súplicas. Una tentación persistente y humillante, ¡quizás justo una tentación de soberbia! Una persona con la que uno se ve obligado a vivir y que, a pesar de la rectitud de ambas partes, tiene el poder de poner al desnudo nuestra fragilidad, de destruir nuestra presunción.
A veces se trata de algo más pesado aún: son situaciones en las que el siervo de Dios está obligado a asistir impotente al fracaso de todos sus esfuerzos y a cosas demasiado más grandes que él, que le hacen palpar su impotencia frente al poder del mal y de las tinieblas. Sobre todo aquí aprende qué quiere decir «humillarse bajo la poderosa mano de Dios» (cf 1 Pe 5,6).
La humildad no es sólo importante para el progreso personal en la vía de la santidad; es esencial también para el buen funcionamiento de la vida de comunidad, para la edificación de la Iglesia. Yo digo que la humildad es el aislante en la vida de la Iglesia. El aislante es muy importante y vital para el progreso en el campo de la electricidad. En efecto, cuanto más alta y potente es la alta tensión y la corriente eléctrica que pasa a través de un cable, más resistente debe ser el aislante que impida que la corriente se descargue a tierra o provoque cortocircuitos. Al progreso en el ámbito de la electricidad debe corresponder un progreso análogo de la técnica del aislante. La humildad es, en la vida espiritual, el gran aislante que permite a la corriente divina de la gracia que pase a través de una persona sin disiparse o, peor aún, provocar llamas de orgullo y de rivalidad.
Terminamos con las palabras de un salmo que nos permite transformar en oración la exhortación que el Apóstol nos ha dirigido con su enseñanza sobre la humildad:
Señor, mi corazón no es ambicioso, ni mis ojos altaneros; no pretendo grandezas que superan mi capacidad.
Sino que acallo y modero mis deseos, como un niño en brazos de su madre; como un niño saciado así está mi alma dentro de mí.

(Sal 130).
©Traducción del original italiano Pablo Cervera Barranco
[1] Santa Teresa de Jesús, Castillo interior, 6ª morada., cap. 10.
[2] Il libro della Beata Angela da Foligno, ed. Quaracchi 1985, p. 734.Trad. esp. SAnta Angela de Foligno, Libro de la vida: vivencia de Cristo (Sígueme, Salamanca 1991)].
[3] Apophtegmata Patrum, 7 (PG 65, 77).
[4] M. Lutero, Comentario al Magníficat, ed. Weimar VII, 555s [trad. esp. El Magnificat s eguido de «Método sencillo de oración» (Sígueme, Salamanca 2017)].
[5] Imitación de Cristo, II,2.
[6] B. Pascal, Pensamientos, n. 150 Br.

Monday, March 5, 2018

El Poder de la Comunidad - Kol Yaakov - AishLatino.com


Vaiakel(Éxodo 35:1-38:20)




El poder de la comunidad

Aquí vamos de nuevo. Parece un deja vu. ¿No acabamos de leer, hace unas semanas, el relato de la construcción del Tabernáculo? Sin embargo, lo volvemos a leer en la parashá de esta semana. Incluso Rashi, el más famoso comentarista, nos dirige a sus comentarios previos sobre la construcción del Tabernáculo (ver Rashi 35:5) y no se explaya aquí. A pesar de eso, sabemos que la Torá no tiene ni siquiera una letra de más, mucho menos una sección completa. ¿Cuál es la causa de la repetición?
Otra pregunta: ¿Tiene algún significado el nombre de la parashá, Vaiakel?
En general, los nombres de las porciones de la Torá son importantes y no la mera consecuencia de la decisión de utilizar una de las primeras palabras de las mismas. Incluso si esa es la costumbre, la aceptación colectiva del pueblo judío de esta realidad tiene un significado.
En la ley y la literatura judía, encontramos un principio descrito como minhag Israel Torá, ‘la costumbre de la nación judía se convierte en ley’. Si bien una explicación completa de este tema está más allá del alcance de este ensayo, sí aprendemos del mismo que el alma y el espíritu de los judíos es consciente de la importancia y la santidad de ciertas prácticas, y responde adoptándolas como parte del judaísmo (esto, por supuesto, no incluye prácticas que contradicen a la Torá). Por lo tanto, si nosotros, como nación, aceptamos los nombres de las porciones de la Torá, sabemos que esos nombres tienen una importancia cósmica que nos ayuda a entender cada parashá.
¿Qué importancia tiene para nuestra parashá el nombre Vaiakel, ‘Y él (Moshé) congregó’? (1).
La respuesta a nuestra pregunta la encontramos en un pasaje del Talmud. El Talmud declara (resumido):
¿De dónde aprendemos que la Presencia Divina está cuando reza un grupo de diez personas (un minián)? Porque el versículo en Salmos 82:1 dice: “Dios se yergue en Su asamblea”. ¿De dónde aprendemos que Dios está con dos personas que estudian Torá juntas? Porque el versículo en Malají 3:16 dice: “Entonces hombres temerosos de Dios hablaron uno con otro, y Dios escuchó”. ¿Y de dónde derivamos que incluso cuando una persona sola estudia Torá, Dios está con ella? Porque el versículo en Éxodo 20:21 dice: “…En todo lugar donde sea mencionado Mi Nombre, vendré a ti y te bendeciré”.
Ahora, si la presencia Divina está incluso con una persona, ¿por qué necesitamos un versículo que nos enseñe que Hashem está con dos o con diez? La respuesta es que Dios escribe un grupo de dos en Su Libro de Recuerdos, mientras que el estudio de un individuo no es escrito allí. Con un grupo de diez, Dios viene a ellos antes de que comiencen a rezar (Talmud de Babilonia, Brajot 6a).
La pregunta que quizás tienes, también la tuvo Tosafot. ¿Como podemos sugerir que Dios sólo escribe el estudio de Torá de un grupo de dos? ¿No rezamos en Rosh Hashaná para que Dios nos inscriba en Su Libro de la Vida, tanto si estamos o no con un grupo? Además, la Mishná en Pirkei Avot dice que “todas nuestras acciones son escritas en un libro”.
La respuesta de Tosafot es que esa cita del Talmud acepta que todas nuestras acciones son registradas en el libro de Dios, pero cuando estudiamos con un compañero, la acción es registrada en un libro separado.
De acuerdo con Tosafot, pareciera que Dios tiene un libro para mitzvot realizadas por individuos y otro para mitzvot realizadas por grupos. Sabemos que cuando el Talmud habla sobre los libros de Dios, la referencia es figurativa. Dios no tiene un cuerpo físico, y tampoco hay nada físico en el Cielo. Sin embargo, la metáfora de los libros tiene sentido. No es sólo una descripción bonita. La respuesta es que cuando un grupo de personas hace una mitzvá, es una realidad espiritual muy diferente a la generada cuando la mitzvá es realizada por un solo individuo. La diferencia no radica en la cantidad de personas involucradas, sino en que, ante los ojos de Dios, cuando participa un grupo la acción es cualitativamente diferente. Eso merece un archivo espiritual grupal y no puede ser archivado con las acciones positivas de los individuos.
El trabajo en equipo, en comunidad, genera sinergia, produciendo un resultado superior a la suma de los logros que cada individuo hubiese logrado por su cuenta. Un equipo consigue logros que sus miembros no hubiesen podido imaginar de forma individual. Esta verdad se aprecia tanto en los deportes colectivos como en proyectos laborales.
Lo mismo ocurre en el mundo espiritual. La calidad de la mitzvá es mucho mayor cuando la hace un grupo de personas, y Dios así la considera en el Cielo. Es por eso que la Mishná en Pirkei Avot 4:14 dice: “Todo grupo reunido en nombre del Cielo tendrá resultados duraderos”.
Entonces, ¿por qué repetimos la construcción del Tabernáculo? La respuesta está en el poder de la comunidad. El libro de Éxodo trata sobre la formación del pueblo y la comunidad judía. En Éxodo nos convertimos en nación, tanto en la esclavitud como en la libertad. Aquí aceptamos la Torá en el Sinaí y recibimos nuestra misión nacional de ser una “luz para el mundo”. Entonces, ¿no es apropiado concluir Éxodo con el brillante logro nacional de traer la Presencia de Dios al mundo a través del Tabernáculo? Es cierto, ya mencionamos en detalle la importancia del Tabernáculo en parashiot anteriores (ver Un tedioso Tabernáculo), pero ahora encontramos la construcción del Mishkán como una comunidad.



Antes, Moshé recibió los mandamientos de Dios de forma individual. Esa era la etapa de planeamiento. En este momento, Moshé transmite estos mandamientos a la nación judía. Ahora es la etapa de la construcción. Esos mandamientos, y su cumplimiento por parte de todo el pueblo judío, son llevados a cabo, y traen una realidad cualitativamente diferente a la generada con la mención original a Moshé.
Dios desea resaltar la idea de la fuerza de la comunidad, por lo que repite las secciones de la construcción del Tabernáculo exhibiendo el logro comunitario del pueblo judío.
Esa es la razón por la que la parashá se llama Vaiakel (“Y [Moshé] congregó”). La clave de toda la parashá es entender la importancia de una congregación y el poder espiritual de sus acciones. El pueblo judío cumplió su misión de traer a Dios al mundo mediante el Tabernáculo, y lo hizo como una comunidad, no como millones de individuos. Ellos entendieron la realidad especial de las acciones grupales, particularmente de una nación entera, y valoraron cada detalle de la construcción del Tabernáculo. Por eso Dios escribió de nuevo cada detalle, porque quiere que también nosotros los valoremos.
Al leer la parashá Vaiakel, interioricemos la maravillosa fuerza de la construcción comunitaria y del trabajo en equipo en todos los aspectos de nuestra vida.

Nota al pie
1. Además, encontramos el siguiente comentario místico de Rav Ieshaiá Horowitz (Shnei lujot habrit, Vol. 1, pág. 10a, alrededor del siglo XVII): “si alguien es ignorante e intenta estudiar Torá sin lograr entender nada, debe recitar, con todo su corazón, los nombres individuales de los Cinco Libros de Moshé. A continuación debe continuar con los nombres de las parashiot de la Biblia. Debe decir los nombres de todos los libros de los profetas, los tratados del Talmud y los Midrashim. Entonces tendrá el mérito de entender toda la Torá en el Mundo Venidero”.
Definitivamente Rav Horowitz le da una gran importancia y significado espiritual a los nombres de las parashiot.



Con sumo cariño,
Sus hermanos,
Noel & Silvia
"La Poriúncula"

Friday, March 2, 2018

2ª predicación de Cuaresma del Padre Raniero Cantalamessa

02/03/2018-19:43
2ª predicación de Cuaresma del Padre Raniero Cantalamessa
Redaccion
P. Raniero Cantalamessa: “¡Que vuestro amor no sea fingido!”
(ZENIT – 2 marzo 2018).- “El ágape, o caridad cristiana, no es una de las virtudes, aunque fuera la primera; es la forma de todas las virtudes, aquella de la que `dependen toda la ley y los profetas´”, ha anunciado el Padre Cantalamessa.
El padre capuchino, predicador de la Casa Pontificia, ha ofrecido hoy, viernes, 2 de marzo de 2018, la segunda predicación de Cuaresma al Papa Francisco y a los sacerdotes de la Curia Romana.
El predicador ha centrado su meditación en el amor: Para captar el «sentimiento» que Pablo tiene de la caridad –ha explicado el padre capuchino– hay que partir de esa palabra inicial: «¡Que vuestro amor no sea fingido!». No es una de tantas exhortaciones, sino la matriz de la que derivan todas las demás. Contiene el secreto de la caridad.
El Apóstol –ha continuado el P. Cantalamessa– muestra cómo este «amor sincero» debe traducirse en acto en las situaciones de vida de la comunidad.
Así, ha enumerado las dos situaciones en las que el Apóstol se detiene: la primera, se refiere a las relaciones ad extra de la comunidad, es decir, con los de fuera; la segunda, las relaciones ad intra, entre los miembros de la misma comunidad.
El Padre Cantalamessa ha concluido la meditación con la exhortación final que el Apóstol dirigió a la comunidad de entonces: «Acogeos mutuamente, como Cristo os acogió para gloria de Dios».
RD
A continuación ofrecemos el texto de la 2ª predicación de Cuaresma del Padre Raniero Cantalamessa:

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«La caridad no tenga ficciones» El amor cristiano
1. En las fuentes de la santidad cristiana
Junto con la llamada universal a la santidad, el Concilio Vaticano II ha dado también indicaciones precisas sobre qué se entiende por santidad, en qué consiste. En la Lumen gentium se lee:
«El divino Maestro y Modelo de toda perfección, el Señor Jesús, predicó a todos y cada uno de sus discípulos, cualquiera que fuese su condición, la santidad de vida, de la que El es iniciador y consumador: “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5,48). Envió a todos el Espíritu Santo para que los mueva interiormente a amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas (cf. Mt 12,30) y a amarse mutuamente como Cristo les amó (cf. Jn 13,34; 15,12). Los seguidores de Cristo, llamados por Dios no en razón de sus obras, sino en virtud del designio y gracia divinos y justificados en el Señor Jesús, han sido hechos por el bautismo, sacramento de la fe, verdaderos hijos de Dios y partícipes de la divina naturaleza, y, por lo mismo, realmente santos. En consecuencia, es necesario que con la ayuda de Dios conserven y perfeccionen en su vida la santificación que recibieron» (LG 40).
Todo esto se resume en la fórmula: «La santidad es la perfecta unión con Cristo» (LG 50). Esta visión refleja la preocupación general del Concilio de volver a las fuentes bíblicas y patrísticas, superando, también en este campo, el planteamiento escolástico dominante durante siglos. Ahora se trata de tomar conciencia de esta visión renovada de la santidad y hacerla pasar a la práctica de la Iglesia, es decir, a la predicación, a la catequesis, a la formación espiritual de los candidatos al sacerdocio y a la vida religiosa y —¿por qué no?— también a la visión teológica en la que se inspira la praxis de la Congregación de los Santos[1].
Una de las diferencias mayores entre la visión bíblica de la santidad y la de la escolástica está en el hecho de que las virtudes no se basan tanto en la «recta razón» (la recta ratio aristotélica), cuanto en el kerigma; ser santo no significa seguir la razón (¡a menudo implica al contrario!), sino seguir a Cristo. La santidad cristiana es esencialmente cristológica: consiste en la imitación de Cristo y, en su cumbre —como dice el Concilio— en la «perfecta unión con Cristo».
La síntesis bíblica más completa y más compacta de una santidad basada en el kerigma es la trazada por san Pablo en la parte parenética de la Carta a los Romanos (cap. 1215). Al comienzo de ella, el Apóstol da una visión recopilatoria del camino de santificación del creyente, de su contenido esencial y de su objetivo:
«Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios; este es vuestro culto espiritual. Y no os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto» (Rom 12,1-2).
Hemos meditado la vez pasada en estos versículos. En las próximas meditaciones, partiendo de lo que sigue en el texto paulino y completándolo con lo que el Apóstol dice en otros lugares sobre el mismo tema, intentaremos poner de relieve los rasgos más destacados de la santidad, lo que hoy se llaman las «virtudes cristianas» y que el Nuevo Testamento define como los «frutos del Espíritu», las «obras de la luz», o también «los sentimientos que hubo en Cristo Jesús» (Flp 2,5).
A partir del capítulo 12 de la Carta a los Romanos se enumeran todas las principales virtudes cristianas, o frutos del Espíritu: el servicio, la caridad, la humildad, la obediencia, la pureza. No como virtudes que hay que cultivar por sí mismas, sino como necesarias consecuencias de la obra de Cristo y del bautismo. La sección comienza con una conjunción que, por sí sola, es un tratado: «Os exhorto, pues…». Ese «pues» significa que todo lo que el Apóstol diga desde este momento en adelante no es más que la consecuencia de lo que ha escrito en capítulos anteriores sobre la fe en Cristo y sobre la obra del Espíritu. Reflexionaremos sobre cuatro de estas virtudes: caridad, humildad, obediencia y pureza.
2. Un amor sincero
El ágape, o caridad cristiana, no es una de las virtudes, aunque fuera la primera; es la forma de todas las virtudes, aquella de la que «dependen toda la ley y los profetas» (Mt 22,34; Rom 13,10). Entre los frutos del Espíritu que el Apóstol enumera en Gál 5,22, encontramos en primer lugar el amor: «El fruto del Espíritu es amor, alegría, paz…». Y con él, coherentemente, comienza también la parénesis sobre las virtudes en la Carta a los Romanos. Todo el capítulo duodécimo es una sucesión de exhortaciones a la caridad:
«Que vuestro amor no sea fingido […];
amaos cordialmente unos a otros,
cada cual estime a los otros más que a sí mismo…» (Rm 12,9ss).
Para captar el alma que unifica todas estas recomendaciones, la idea de fondo, o, mejor dicho, el «sentimiento» que Pablo tiene de la caridad hay que partir de esa palabra inicial: «¡Que vuestro amor no sea fingido!». No es una de tantas exhortaciones, sino la matriz de la que derivan todas las demás. Contiene el secreto de la caridad.
El término original usado por san Pablo y que se traduce «sin fingimiento», es anhypòkritos, es decir, sin hipocresía. Este vocablo es una especie de luz-espía; es, efectivamente, un término raro que encontramos empleado, en el Nuevo Testamento, casi exclusivamente para definir el amor cristiano. La expresión «amor sincero» (anhypòkritos) vuelve de nuevo en 2 Cor 6, 6 y en 1 Pe 1, 22. Este último texto permite captar, con toda certeza, el significado del término en cuestión, porque lo explica con una perífrasis; el amor sincero —dice— consiste en amarse intensamente «de corazón».
San Pablo, pues, con esa simple afirmación: «¡Que vuestro amor no sea fingido!», lleva el discurso a la raíz misma de la caridad, al corazón. Lo que se requiere del amor es que sea verdadero, auténtico, no fingido. También en esto el Apóstol es el eco fiel del pensamiento de Jesús; en efecto, él había indicado, repetidamente y con fuerza, el corazón, como el «lugar» donde se decide el valor de lo que el hombre hace (Mt 15,19).
Podemos hablar de una intuición paulina, respecto a la caridad; ésta consiste en revelar, detrás del universo visible y exterior de la caridad, hecho de obras y de palabras, otro universo interior, que es, respecto del primero, lo que es el alma para el cuerpo. Encontramos esta intuición en el otro gran texto sobre la caridad, que es 1 Cor 13. Lo que san Pablo dice allí, mirándolo bien, se refiere todo a esta caridad interior, a las disposiciones y a los sentimientos de caridad: la caridad es paciente, es benigna, no es envidiosa, no se irrita, todo lo cubre, todo lo cree, todo lo espera… Nada que se refiera, en sí y directamente, al hacer el bien, o las obras de caridad, pero todo se reconduce a la raíz del querer bien. La benevolencia viene antes de la beneficencia.
Es el Apóstol mismo quien explicita la diferencia entre las dos esferas de la caridad, diciendo que el mayor acto de caridad exterior (el distribuir a los pobres todas las propias riquezas) no valdría para nada, sin la caridad interior (cf. 1 Cor 13,3). Sería lo opuesto de la caridad «sincera». La caridad hipócrita, en efecto, es precisamente la que hace el bien, sin quererlo, que muestra al exterior algo que no se corresponde con el corazón. En este caso, se tiene una apariencia de caridad, que puede, en última instancia, ocultar egoísmo, búsqueda de sí, instrumentalización del hermano, o incluso simple remordimiento de conciencia.
Sería un error fatal contraponer entre sí caridad del corazón y caridad de los hechos, o refugiarse en la caridad interior, para encontrar en ella una especie de coartada a la falta de caridad activa. Sabemos con cuanto vigor la palabra de Jesús (Mt 25), de Santiago (2,16 s) y de san Juan (1 Jn 3,18) impulsan a la caridad de los hechos. Sabemos de la importancia que san Pablo mismo daba a las colectas en favor de los pobres de Jerusalén.
Por lo demás, decir que, sin la caridad, «de nada me sirve» incluso el dar todo a los pobres, no significa decir que esto no sirve a nadie y que es inútil; significa, más bien, decir que no me sirve «a mí», mientras que puede beneficiar al pobre que lo recibe. No se trata, pues, de atenuar la importancia de las obras de caridad, sino de asegurarlas un fundamento seguro contra el egoísmo y sus infinitas astucias. San Pablo quiere que los cristianos estén «arraigados y fundados en la caridad» (Ef 3,17), es decir, que la caridad sea la raíz y el fundamento de todo.
Cuando amamos «desde el corazón», es el amor mismo de Dios «derramado en nuestro corazón por el Espíritu Santo» (Rom 5,5) el que pasa a través de nosotros. El actuar humano es verdaderamente deificado. Llegar a ser «partícipes de la naturaleza divina» (2 Pe 1,4) significa, en efecto, ser partícipes de la acción divina, la acción divina de amar, ¡desde el momento en que Dios es amor!
Nosotros amamos a los hombres no sólo porque Dios les ama, o porque él quiere que nosotros les amemos, sino porque, al darnos su Espíritu, él ha puesto en nuestros corazones su mismo amor hacia ellos. Así se explica por qué el Apóstol afirma inmediatamente después: «No tengáis ninguna deuda con nadie, si no la de un amor recíproco, porque quien ama al prójimo ha cumplido la ley» (Rom 13,8).
¿Por qué, nos preguntamos, una «deuda»? Porque hemos recibido una medida infinita de amor a distribuir a su tiempo entre los consiervos (cf. Lc 12,42; Mt 24,45 ss.). Si no lo hacemos defraudamos al hermano de algo que le es debido. El hermano que se presenta a tu puerta quizás te pide algo que no eres capaz de darle; pero si no puedes darle lo que te pide ten cuidado de no despedirlo sin lo que le debes, es decir, el amor.
3. Caridad con los de fuera
Después de habernos explicado en qué consiste la verdadera caridad cristiana, el Apóstol, a continuación de su parénesis, muestra cómo este «amor sincero» debe traducirse en acto en las situaciones de vida de la comunidad. Dos son las situaciones en las que el Apóstol se detiene: la primera, se refiere a las relaciones ad extra de la comunidad, es decir, con los de fuera; la segunda, las relaciones ad intra, entre los miembros de la misma comunidad. Escuchemos algunas recomendaciones que se refieren a la primera relación, con el mundo externo:
«Bendecid a los que os persiguen; bendecid, sí, no maldigáis […].Procurad lo bueno ante toda la gente; En la medida de lo posible y en lo que dependa de vosotros, manteneos en paz con todo el mundo. No os toméis la venganza por vuestra cuenta, queridos; dejad más bien lugar a la justicia […]. Por el contrario, si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber […]. No te dejes vencer por el mal, antes bien vence al mal con el bien» (Rom 12,14- 21).
Nunca, como en este punto, la moral del Evangelio parece original y diferente de cualquier otro modelo ético, y nunca la parénesis apostólica parece más fiel y en continuidad con la del Evangelio. Lo que hace todo esto particularmente actual para nosotros es la situación y el contexto en el que esta exhortación se dirige a los creyentes. La comunidad cristiana de Roma es un cuerpo extraño en un organismo que —en la medida en que se da cuenta de su presencia— lo rechaza. Es una isla minúscula en el mar hostil de la sociedad pagana. En circunstancias como ésta sabemos lo fuerte que es la tentación de encerrarse en sí mismos, desarrollando el sentimiento elitista e irritable de una minoría de salvados en un mundo de perdidos. Con este sentimiento vivía, en aquel mismo momento histórico, la comunidad esenia de Qumrán.

La situación de la comunidad de Roma descrita por Pablo representa, en miniatura, la situación actual de toda la Iglesia. No hablo de las persecuciones y del martirio al que están expuestos nuestros hermanos de fe en tantas partes del mundo; hablo de la hostilidad, del rechazo y a menudo del profundo desprecio con que no sólo los cristianos, sino todos los creyentes en Dios son vistos en amplias capas de la sociedad, en general los más influyentes y que determinan el sentir común. Ellos son considerados, precisamente, cuerpos extraños en una sociedad evolucionada y emancipada.
La exhortación de Pablo no nos permite perdernos un solo instante en recriminaciones amargas y polémicas estériles. No se excluye naturalmente el dar razón de la esperanza que hay en nosotros «con dulzura y respeto», como recomendaba san Pedro (1 Pe 3,1516). Se trata de entender cuál es la actitud del corazón que hay que cultivar en relación a una humanidad que, en su conjunto, rechaza a Cristo y vive en las tinieblas en lugar de la luz (cf. Jn 3,19). Dicha actitud es la de una profunda compasión y tristeza espiritual, la de amarlos y sufrir por ellos; hacerse cargo de ellos delante de Dios, como Jesús se hizo cargo de todos nosotros ante el Padre, y no dejar de llorar y rezar por el mundo.
Este es uno de los rasgos más bellos de la santidad de algunos monjes ortodoxos. Pienso en san Silvano del Monte Athos. Él decía:
«Hay hombres que auguran a sus enemigos y a los enemigos de la Iglesia la ruina y los tormentos del fuego de la condenación. Piensan de este modo, porque no fueron instruidos por el Espíritu Santo en el amor de Dios. En cambio, quien verdaderamente lo ha aprendido derrama lágrimas por el mundo entero. Tú dices: “Es malvado y que se queme en el fuego del infierno”. Pero yo te pregunto: “Si Dios te diera un buen lugar en el Paraíso y vieras arrojado en las llamas a quien tú se lo augurabas, quizás ni siquiera entonces te dolerías por él, quienquiera que fuera, aunque fuera enemigo de la Iglesia» [2].
En la época de este santo monje, los enemigos eran sobre todo los bolcheviques que perseguían a la Iglesia de su amada patria, Rusia. Hoy el frente se ha ampliado y no existe «telón de acero» al respecto. En la medida en que un cristiano descubre la belleza infinita, el amor y la humildad de Cristo, no puede prescindir de sentir una profunda compasión y sufrimiento por quien voluntariamente se priva del bien más grande de la vida. El amor se hace en él más fuerte que cualquier resentimiento. En una situación similar, Pablo llega a decir que está dispuesto a ser él mismo «anatema, separado de Cristo», si esto podía servir para que le aceptaran por los de su pueblo que permanecieron fuera (cf. Rom 9,3).
4. La caridad ad intra
El segundo gran campo de ejercicio de la caridad se refiere, se decía, a las relaciones dentro de la comunidad, en concreto, cómo gestionar los conflictos de opiniones que surgen entre sus diversos componentes. A este tema el Apóstol dedica todo el capítulo 14 de la Carta.
El conflicto entonces en curso en la comunidad romana estaba entre los que el Apóstol llama «los débiles» y los que llama «los fuertes», entre los cuales se pone a sí mismo («Nosotros que somos los fuertes…») (Rom 15,1). Los primeros eran aquellos que se sentían moralmente obligados a observar algunas prescripciones heredadas de la ley o por anteriores creencias paganas, como el no comer carne (en cuanto que existía la sospecha de que hubiera sido sacrificado a los ídolos) y el distinguir los días en prósperos y perniciosos. Los segundos, los fuertes, eran los que, en nombre de la libertad cristiana, habían superado esos tabúes y no distinguían un alimento de otro, o un día de otro. La conclusión del discurso (cf. Rom 15,7-12) nos hace comprender que en el trasfondo está el habitual problema de la relación entre creyentes provenientes del judaísmo y creyentes procedentes de los gentiles.
Las exigencias de la caridad que el Apóstol inculca en este caso nos interesan en grado sumo, porque son las mismas que se imponen en cualquier tipo de conflicto intraeclesial, incluidos los que vivimos hoy, tanto a nivel de la Iglesia universal como de la comunidad en que cada uno vive.
Los criterios que el Apóstol sugiere son tres. El primero es seguir la propia conciencia. Si uno está convencido en conciencia de cometer un pecado haciendo una cierta cosa, no debe hacerla. «De hecho, todo lo que no viene de la conciencia —escribe el Apóstol— es pecado» (Rom 14,23). El segundo criterio es respetar la conciencia ajena y abstenerse de juzgar al hermano:
«Pero tú, ¿por qué juzgas a tu hermano? Y tú, ¿por qué desprecias a tu hermano? […] Dejemos, pues, de juzgarnos unos a otros; cuidad más bien de no poner tropiezo o escándalo al hermano» (Rom 14,10.13).
El tercer criterio afecta principalmente a los «fuertes» y es evitar dar escándalo:
«Sé, y estoy convencido en el Señor Jesús —continúa el Apóstol—, que nada es impuro por sí mismo; lo es para aquel que considera que es impuro. Pero si un hermano sufre por causa de un alimento, tú no actúas ya conforme al amor: no destruyas con tu alimento a alguien por quien murió Cristo […] procuremos lo que favorece la paz y lo que contribuye a la edificación mutua» (Rom 14,14-19).
Sin embargo, todos estos criterios son particulares y relativos, respecto a otro que, en cambio, es universal y absoluto, el del señorío de Cristo. Escuchemos cómo lo formula el Apóstol:
«El que se preocupa de observar un día, se preocupa por causa del Señor; el que come, come por el Señor, pues da gracias a Dios; y el que no come, no come por el Señor y da gracias a Dios. Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; así que ya vivamos ya muramos, somos del Señor. Pues para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de muertos y vivos» (Rom 14, 6-9).
Cada uno es invitado a examinarse a sí mismo para ver qué hay en el fondo de su elección: si existe el señorío de Cristo, su gloria, su interés, o en cambio no, más o menos larvadamente, su afirmación, el propio «yo» y su poder; si su elección es de naturaleza verdaderamente espiritual y evangélica, o si depende en cambio de la propia inclinación psicológica, o, peor aún, de la propia opción política. Esto vale en uno y otro sentido, es decir, tanto para los llamados fuertes como para los llamados débiles; hoy diríamos que tanto para quien está de parte de la libertad y la novedad del Espíritu, como para quien está de parte de la continuidad y la tradición.
Hay una cosa que se debe tener en cuenta para no ver, en la actitud de Pablo sobre este tema, una cierta incoherencia respecto a su enseñanza anterior. En la Carta a los Gálatas él parece bastante menos disponible al compromiso y en ocasiones incluso enfadado. (Si hubiera tenido que pasar por el proceso de canonización hoy, Pablo difícilmente habría llegado a ser santo: ¡habría sido difícil demostrar la «heroicidad» de su paciencia! Él, a veces «estalla», pero podía decir: «Ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí» [Gal 2,20], y ésta, se ha visto, es la esencia de la santidad cristiana).
En la Carta a los Gálatas Pablo reprocha a Pedro lo que aquí parece recomendar a todos, es decir, que se abstengan de mostrar la propia convicción para no dar escándalo a los simples. Pedro en efecto, en Antioquía, estaba convencido de que comer con los gentiles no contaminaba a un judío (¡ya había estado en casa de Cornelio!), pero se abstiene de hacerlo para no dar escándalo a los judíos presentes (cf. Gál 2,11-14). Pablo mismo, en otras circunstancias, actuará del mismo modo (cf. Hch 16,3; 1 Cor 8,13).
La explicación no está, por supuesto, sólo en el temperamento de Pablo. Sobre todo, el juicio en Antioquía esta mucho más claramente vinculado a lo esencial de la fe y la libertad del Evangelio de lo que parece que se tratara en Roma. En segundo lugar —y es el principal motivo—Pablo habla a los gálatas como fundador de la Iglesia, con la autoridad y la responsabilidad del pastor; a los romanos les habla a título de maestro y hermano en la fe: para contribuir, dice, a la común edificación (cf. Rom 1,11-12). Hay diferencia entre el papel del pastor al que se debe obediencia y el del maestro al que sólo se le deben respeto y escucha.
Esto nos hace comprender que a los criterios de discernimiento mencionados se debe añadir otro, es decir, el criterio de la autoridad y de la obediencia. De obediencia, el Apóstol nos hablará, oportunamente, en una de las sucesivas meditaciones con las conocidas palabras: «Que todos se sometan a las autoridades constituidas, pues no hay autoridad que no provenga de Dios y las que hay han sido constituidas por Dios. De modo que quien se opone a la autoridad resiste a la disposición de Dios; y los que le resisten atraen la condena sobre sí» (Rom 13,1-2).
Entretanto escuchemos como dirigida a la Iglesia de hoy la exhortación final que el Apóstol dirigió a la comunidad de entonces: «Acogeos mutuamente, como Cristo os acogió para gloria de Dios» (Rom 15,7).
[1] Cf. Le cause dei santi. Sussidio per lo Studium, (Ed. Congregación de las Causas de los Santos) (Libreria Editrice Vaticana, Ciudad del Vaticano 32014) 13-81.
[2] Archimandrita Sofronio, Silvano del Monte Athos. La vita, la dottrina, gli scritti (Turín 1978) 255s.

© Traducción del original italiano Pablo Cervera Barranco

Thursday, March 1, 2018

Purim: ¡Todo lo que necesitas saber! - por Rav Shraga Simmons

Queridos hermanos,

Purim: ¡Todo lo que necesitas saber!


Resumiendo la festividad en 10 palabras o menos: ellos intentaron matarnos, nosotros ganamos, ¡ahora celebremos!


Purim es la festividad judía más entretenida y con más drama. ¿En qué otro momento puedes vestirte como conejito y comer triángulos de masa rellenos de ciruelas y semillas de amapola?
Purim ocurre el 14 de Adar. (En ciertas ciudades amuralladas como Jerusalem, se celebra "Shushan Purim" el 15 de Adar).
El evento principal es leer el Libro de Ester. Escrito en Persia hace 2300 años, la "Meguilá" (como es llamada comúnmente) cuenta cómo una serie de eventos aparentemente no relacionados se hilaron para salvar al pueblo judío de la aniquilación. La versión corta es la siguiente:
Cuando el rey Ajashverosh hace una enorme fiesta de seis meses y la reina se rehúsa a seguir sus órdenes, ella es reemplazada por una nueva reina – Ester, la judía. El tío de Ester, Mordejai, el líder de los judíos, revela un complot que algunos individuos planeaban para asesinar al rey – poniéndolo a él también en una posición favorable. Todo esto resulta útil cuando Hamán, el máximo consejero del rey, obtiene la aprobación de un decreto para destruir a todos los judíos.
Al final, a través de un complejo giro de eventos, Ester consigue que el decreto sea revertido, Hamán es colgado en la horca, y Mordejai se convierte en primer ministro.
El nombre Meguilat Ester (Rollo de Ester) realmente significa "revelando lo oculto". A diferencia de todos los otros libros de la Biblia, en la Meguilát Ester no se menciona el nombre de Dios, ni siquiera una sola vez. La mano escondida de Dios es revelada a través del laberinto de eventos. No hay coincidencias.
La Meguilát Ester nos enseña que los desafíos de la vida son siempre para mejor, porque los obstáculos son realmente oportunidades para crecer. Todo proviene de la mano invisible de Dios que guía nuestro destino, en cada paso del camino.
Celebrando Purim Hoy en Día
Hay cuatro mitzvot específicas en la festividad de Purim:

  • Leer la Meguilá (Rollo de Ester)
  • Celebración y Regocijo (la comida festiva de Purim)
  • Enviar comida a amigos (Mishloaj Manot)
  • Dar regalos a los pobres (Matanot La Evionim)
El Libro de Ester es leído en la noche de Purim, y de nuevo al día siguiente. Cada palabra debe ser escuchada claramente. Lo leemos en la sinagoga, porque mientras más público, más publicidad se le está haciendo al milagro de nuestra salvación.
En la mañana de Purim, vamos por todos lados visitando amigos y entregándoles deliciosas golosinas – Mishloaj Manot. Purim es el día en que nos acercamos a abrazar a nuestros compañeros judíos – independiente de cualquier diferencia religiosa o social. Después de todo, Hamán no discriminó entre nosotros... por eso es particularmente bueno dar regalos a aquellos con los que puedes haber tenido una discusión, o a alguien nuevo en la comunidad que necesita un nuevo amigo.
En Purim, es también una mitzvá especial dar regalos o dinero a los pobres. El pueblo judío es una sola unidad – no podemos de ninguna manera disfrutar la festividad si personas pobres no tienen suficiente.
Entonces viene el gran final – ¡la comida festiva! Comemos hasta estar satisfechos y mimamos a nuestros cuerpos – porque es a los cuerpos judíos que Hamán buscaba destruir. Además, estamos obligados a consumir alcohol (responsablemente por supuesto) hasta que uno no reconozca la diferencia entre "maldito es Hamán" y "bendito es Mordejai".
Nos disfrazamos, para bajar nuestras defensas y abrirnos a la realidad más profunda de nosotros mismos y de nuestro mundo. Todos nuestros actuales problemas e imperfecciones de la vida se mezclan con el bien, hasta que se convierten en una unificada expresión de la infinita perfección del Todopoderoso.
¡Realmente no hay otra festividad como Purim!
Shalom

Ciudad portuaria... Yehuda Amijai

Queridos hermanos,
Nuevamente un pensamiento de Jerusalen:

Con mucho cariño,
Noel & Silvia
"La Porciúncula"
Centro San Pablo Arquidiocesano
Zona 12, Guatemala