Thursday, August 8, 2019

Santo Domingo - Orden de los Predicadores - Celebrandolavida.org

SEGUNDA LECTURA
De varios escritos de la Historia de la Orden de los Predicadores
(Libellus de principiis Ordinis Praedicatorum; Acta canonizationis sancti Dominici: Monumenta Ordinis Praedicatorum historica 16, Roma 1935, pp. 30ss. 146-147)

HABLABA CON DIOS O DE DIOS

La vida de Domingo era tan virtuosa y el fervor de su espíritu tan grande, que todos veían en él un instrumento elegido de la gracia divina. Estaba dotado de una firme ecuanimidad de espíritu, ecuanimidad que sólo lograban perturbar los sentimientos de compasión o de misericordia; y, como es norma constante que un corazón alegre se refleja en la faz, su porte exterior, siempre gozoso y afable, revelaba la placidez y armonía de su espíritu. En todas partes, se mostraba, de palabra y de obra, como hombre evangélico. De día, con sus hermanos y compañeros, nadie más comunicativo y alegre que él. De noche, nadie más constante que él en vigilias y oraciones de todo género. Raramente hablaba, a no ser con Dios, en la oración, o de Dios, y esto mismo aconsejaba a sus hermanos.

Con frecuencia pedía a Dios una cosa: que le concediera una auténtica caridad, que le hiciera preocuparse de un modo efectivo en la salvación de los hombres, consciente de que la primera condición para ser verdaderamente miembro de Cristo era darse totalmente y con todas sus energías a ganar almas para Cristo, del mismo modo que el Señor Jesús, salvador de todos, ofreció toda su persona por nuestra salvación. Con este fin instituyó la Orden de Predicadores, realizando así un proyecto sobre el que había reflexionado profundamente desde hacia ya tiempo.

Con frecuencia exhortaba, de palabra o por carta, a los hermanos de la mencionada Orden, a que estudiaran constantemente el nuevo y el antiguo Testamento. Llevaba siempre consigo el evangelio de san Mateo y las cartas de san Pablo, y las estudiaba intensamente, de tal modo que casi las sabía de memoria.

Dos o tres veces fue elegido obispo, pero siempre rehusó, prefiriendo vivir en la pobreza, junto con sus hermanos, que poseer un obispado. Hasta el fin de su vida conservó intacta la gloria de la virginidad. Deseaba ser flagelado, despedazado y morir por la fe cristiana. De él afirmó el papa Gregorio noveno: «Conocí a un hombre tan fiel seguidor de las normas apostólicas, que no dudo que en el cielo ha sido asociado a la gloria de los mismos apóstoles.»

RESPONSORIO Cf. Sir 48, 1; Ml 2, 6

R. Surgió como un fuego un nuevo heraldo de la salvación, * y sus palabras eran como un horno encendido.
V. Una doctrina auténtica llevaba en su boca, y en sus labios no se hallaba maldad.
R. Y sus palabras eran como un horno encendido.

ORACIÓN.

OREMOS,
Que tu Iglesia, Señor, encuentre siempre luz en las enseñanzas de santo Domingo y protección en sus méritos: que él, que durante su vida fue predicador insigne de la verdad, sea ahora para nosotros un eficaz intercesor ante ti. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén


Wednesday, August 7, 2019

Imagen Oficial de Nuestra Señora de Fátima a Nicaragua

Imagen Oficial de Nuestra Señora de Fátima hará Peregrinación inédita en Nicaragua
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6 de Agosto de 2019 
 
 
Fátima - Portugal (Martes, 06-08-2019, Gaudium Press) La Imagen Peregrina de Nuestra Señora de Fátima dejará el Santuario de Fátima, en Portugal, para realizar una peregrinación inédita a Nicaragua.
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A pedido de Mons. Carlos Enrique Herrera, obispo de Jinotega, a partir de enero de 2020, la imagen de la Virgen Peregrina de Fátima hará una peregrinación en aquel país de América Central. Ella permanecerá durante un cierto tiempo en el país y después regresará al Santuario, en la diócesis de Leiría-Fátima.
Primera Peregrinación a Nicaragua
Ya hubo una ofrenda y bendición de una Imagen de Nuestra Señora de Fátima que habría de ser enviada a Nicaragua, en peregrinación del 13 de febrero de 1984.
La ofrenda fue hecha por Mons. Alberto Cosme do Amaral, obispo de Leiria-Fátima, según informa la edición de marzo de ese año del diario "Voz de Fátima".
Como, en aquella ocasión la peregrinación no fue posible de ser realizada, la visita programada para enero del próximo año, será, de hecho, la primera visita de la Imagen de la Virgen Peregrina de Fátima a Nicaragua.
La Imagen Peregrina de Fátima
Esculpida según indicaciones de la Hermana Lucía, la primera Imagen Peregrina de Nuestra Señora de Fátima fue ofrecida por el obispo de Leiria y coronada solemnemente por el arzobispo de Évora, el 13 de mayo de 1947.
A partir de esa fecha, la Imagen recorrió, diversas veces, el mundo entero, llevando consigo el mensaje de Virgen Aparecida en Fátima.
Los fieles de Nicaragua y la devoción a Nuestra Señora de Fátima
"Los fieles de nuestra diócesis tienen un gran amor y devoción a la Virgen de Fátima y a estas apariciones marianas" dice la carta de Mons. Carlos Enrique Herrera enviada al Santuario de Fátima, al solicitar la visita a su diócesis de la Imagen Peregrina de la Virgen de Fátima.
Para el prelado nicaragüense, "sería una gran riqueza espiritual contar con la imagen" que podrá ser expandida a todo el territorio del país y tomar una dimensión nacional: Para eso, "vamos a sensibilizar toda la Conferencia Episcopal de Nicaragua".
Diócesis de Jinotega
La diócesis de Jinotega fue creada en 1891, está dividida en cuatro zonas pastorales, tiene 14 parroquias y 4 curatos; 30 sacerdotes y entre los cerca de 460 mil habitantes, 65% son católicos y 74% de ellos viven en la zona rural. (JSG)
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Saturday, August 3, 2019

BASILICA DE SANTA MARIA DEGLI ANGELI. ASIS, ITALIA



SANTA MARIA DE LOS ANGELES(BASILICA DE SANTA MARIA DEGLI ANGELI. ASIS, ITALIA)
Conocida también como: porciúncula (pequeña porción)
Fiesta de Santa María de los Angeles: 2 de Agosto.
Otras páginas: Porziuncola.org -mas info. y fotos
Nuestra Señora Reina de los Angeles

Historia de la Porciúncula
A 5 km de Asís, Italia, en el valle, se encuentra Santa María de los Angeles, hermosa basílica construida sobre
LA PORCIUNCULA

La pequeña capilla de la Porciúncula fue donde San Francisco fundó la Orden de los Frailes Menores en el 1209, confiándola a la protección de la Virgen Madre de Cristo, a quien le ha sido dedicada la iglesia.
Recibió de los Benedictinos la capilla para hacerlos centro de su comunidad.
Aquí vivió San Francisco con sus primeros hermanos.

El 28 de marzo de 1211 Clara de Favarone de Offreduccio, recibió aquí el hábito religioso de manos de San Francisco, dando inicio a la Orden de las Damas Pobres (Clarisas).

En el 1216, en una visión, Francisco obtuvo de mismo Jesús la indulgencia conocida como "la indulgencia de al Porciúncula" o "el Perdón de Asís", la cual fue aprobada por el papa Honorio III.

Aquí san Francisco reunía cada año a sus frailes en los capítulos (reuniones generales).
Aquí murió san Francisco.
 

Entre las reliquias que se encuentran en Santa María de los Angeles:- el cordón de San Francisco,
-la estatua del santo con las palomas que siempre allí anidan,
-las rosas sin espinas fruto del milagro cuando el santo se tiró sobre ellas para rechazar una tentación,
- la capilla de las lágrimas donde San Francisco rezaba por la Pasión de Cristo y por los pecadores...
 Santa María de los Angeles
Nuestra Señora de los Angeles
bajada temporalmente del techo de la basílica por daño del terremoto, Peregrinación SCTJM, 1998
la PORCIÚNCULA (Santa María de los Angeles) y EL PERDON DE ASIS (indulgencia de la Porciúncula)  
En una noche de Julio del año 1216, un fraile oraba fervientemente en su pequeña cueva del bosque. Pedía a Dios la virtud de la humildad. Le llamaban hermano Francisco y, aunque tenía 34 años, ya era conocido y amado por miles de personas. Doce años mas tarde y solo 22 meses después de su muerte, la Santa Madre Iglesia lo proclamaría santo. Pero el "poverelo" se consideró siempre el jefe de los pecadores. En el silencio de la noche, imploraba a Dios todopoderoso que tuviese misericordia de los pobres pecadores, recordando las palabras del Señor: "a menos que hagan penitencia, todos perecerán". Pensaba en su propia juventud, solo doce años antes había sido inquieto, frívolo, ambicioso, mujeriego, y por último, soldado. Difícilmente le daba algún momento de su atención a Dios.
Aquella noche el Señor le dijo al poverelo: "Francisco, ¿quien puede hacerte mayor bien, el amo o el siervo?" Francisco guardó esta lección a su corazón y decidió poner de primero lo primero. Le preguntó al amo como podría servirle, y Jesús, el amado salvador que abrazó la agonía de la cruz por todos los hombres, le miró con ternura y afecto y le dijo: "Repara mi Iglesia". Desde entonces, cuando Francisco pensaba en lo delicado, bueno, y amoroso que era Jesús, rompía en llanto y exclamaba: "¡El amor no es amado!".

Primero Francisco tomó las palabras del Señor literalmente y con gozo reparó la capilla donde había recibido la visión del Señor. Después bajó al bosque en el valle de Asís y reparó la vieja capilla de Nuestra Señora de los Angeles, llamada Porciúncula (pequeña porción). Por su devoción a la Santísima Virgen y por su reverencia a los ángeles, tomó la porciúncula como lugar de vivienda. Los campesinos insistían que ellos muchas veces escuchaban ángeles cantando en la Porciúncula. Ahí fue donde los primeros hermanos se unieron a El, en la vida nueva de santa pobreza, trabajo manual, cuidando a los leprosos, mendigando y predicando el amor de Cristo. Siendo los benedictinos propietarios de aquel lugar, Francisco pagaba como renta anual una canasta de pescado.

Oprimido por el pensamiento de ser indigno ante la misión de fundar la orden religiosa, subió a una cueva en las montañas. Ahí, durante una tormenta se echó al piso y, con una perfecta contricción, rogó a su Salvador que le perdonara los pecados de su vida pasada. En la angustia de su alma el gritaba: "¿Quien eres tu mi querido Señor y Dios, y quien soy yo vuestro miserable gusano de siervo? Mi querido Señor quiero amarte. Mi Señor y mi Dios, te entrego mi corazón y mi cuerpo y yo quisiera, si tan solo supiera como, hacer mas por amor a ti!. Repetía: "Señor ten misericordia de mi que soy un pobre pecador."

Luego, una dulce y gentil paz, la maravillosa paz del Señor llegó a su pura y penitente alma y le dijo: "Francisco, tus pecados has sido borrados." Desde entonces, por la gratitud que sentía, ardía en un deseo apasionado de obtener el mismo favor celestial por todos los pecadores arrepentidos. Y por eso oraba y pedía fervientemente esa noche en la cueva del bosque.

De repente el sintió un impulso irresistible de ir a la pequeña Iglesia, la Porciúncula. En cuanto entró, como siempre, se arrodillo, inclinó su cabeza y dijo esta oración: "Te alabamos, Señor Jesucristo, en todas las iglesias del mundo entero. Y te bendecimos porque por tu santa cruz redimiste al mundo." Luego al alzar su mirada, en su asombro Francisco vio una luz brillante arriba del pequeño altar y en unos rayos misteriosos el vio al Señor con su Santísima Madre con muchos ángeles.

Con pleno gozo y profunda reverencia, Francisco se postró en el piso ante esta gloriosa visión y Jesús le dijo: "Francisco pide lo que quieras para la salvación de los hombres". Sobrecogido al escuchar estas palabras inesperadas y consumido por un amor angelical por su misericordioso Salvador y por su Santísima Madre, Francisco exclamo: "Aunque yo soy un miserable pecador, yo te ruego querido Jesús, que le des esta gracia a la humanidad: dale a cada uno de los que vengan a esta Iglesia con verdadera contricción y confiesen sus pecados, el perdón completo e indulgencias de todos sus pecados".

Viendo que el Señor se mantenía en silencio, Francisco se dirigio con un confiado amor a Maria, refugio de los pecadores, y le suplicó: "Te ruego, a Ti, Santísima Madre, la abogada de la raza humana, que intercedas conmigo, por esta petición". Entoces Jesús miro a Maria, y Francisco se alegró al ver a Ella sonreir a su Divino Hijo, como que si dijera: "por favor, concedele a Francisco lo que te pide, ya que esa petición me hace feliz a mi".

Inmediatamente Nuestro Señor le dijo a Francisco: "Te concedo lo que pides, pero debes de ir a mi Vicario, el Papa, y pídele que apruebe esta indulgencia". La visión, entonces, se desvaneció dejando a Francisco en el piso de la capilla, llorando de alegría, con profundo amor y agradecimiento.

Temprano en la mañana, Francisco salio con el Hermano Maceo, a la cercana ciudad de Perugia, donde un nuevo Papa había sido electo, Honorio III. En el camino, Francisco empezó a preocuparse, ya que iba a pedirle al Papa, un privilegio muy grande para una capilla desconocida. Ese tipo de indulgencia solo se le había concedido a la tumba de Cristo, a la de San Pedro y San Pablo y a los que participaban en las cruzadas. Entonces Francisco oró arduamente a Nuestra Señora de los Angeles.

Cuando llegó el turno de hablar con el Papa, Francisco se dirigió con gran humildad: "Su santidad, unos años atrás reparé una pequeña Iglesia en honor a la Santísima Virgen. Le suplico le conceda recibir indulgencias, pero sin tener que dar ninguna ofrenda" (Francisco pensaba en los pobres).

-El Papa replicó:"No es muy razonable lo que pides, pues quien desea una indulgencia debe hacer un sacrificio. Pero, bueno, ¿de cuantos años quieres que sea esta indulgencia?
-Francisco respondió: "Santo Padre, podría usted no darle años específicos, sino almas?
-¿
Que significa eso de almas, Francisco?
Ahora Francisco tuvo que elevar una oración ferviente a Nuestra Señora, ya que debía explicarle al Papa lo que significaba su petición. Con mucha humildad pero con firmeza hizo su extraordinaria petición, la que ha sido conocida como la indulgencia de la Porciúncula.

-"Yo deseo, si le parece a su Santidad, por las gracias que Dios concede en esa pequeña Iglesia, que todo el que entre en ella, habndose arrepentido sinceramente, confesado y habiendo recibido la absolución, que se le borren todos los pecados y las penas temporales de ellos en este mundo y en el purgatorio, desde el día de su Bautismo hasta la hora en que entren en esa iglesia."

Impresionado por esta firme y sincera petición, el Papa exclamo: "Estas pidiendo algo muy grande Francisco, ya que no es la costumbre de la Corte Romana conceder ese tipo de indulgencia"

Reconociendo que esta oportunidad de traer gracias a la humanidad, podía desvanecerse en aquel instante, Francisco añadió con fervor y vehemencia, y con una serenidad devastadora: "Reverendísimo Santo Padre, yo no le pido esto por mi mismo, lo pido en nombre de Aquel que me ha enviado, Nuestro Señor Jesucristo".

En ese momento el Papa recordó que su gran predecesor Inocencio III, estaba convencido que Cristo se le aparecía y guiaba de manera especial a este pequeño y santo poverelo. Movido, por el Espíritu Santo, el vicario de Cristo solemnemente declaró tres veces: es mi deseo que se te sea concedida tu petición. Pero los cardenales que estaban presente al escuchar esta innovación revolucionaria, protestaron y reclamaron al Papa que esta rica y nueva indulgencia debilitaría las cruzadas. En términos fuertísimos le exigieron que la cancelara. Pero el Papa les dijo, "yo no cancelo lo que he concedido". -"Entonces restríngela lo mas posible".

El Santo Padre llamó a Francisco y le dijo: "nosotros te concedemos esta indulgencia y debe ser válida perpetuamente, pero solo en un día cada año, desde las vísperas, a través de la noche, hasta las vísperas del siguiente día."

Francisco sumisamente bajo la cabeza y después de agradecer al Papa, se levanto y comenzó a salir. Pero el Papa le llamo: "¿Adonde vas, tu pequeño poverelo? No tienes garantía sobre esta indulgencia". Francisco se volvió hacia el y con su simpática y confiada sonrisa le dijo: "Santo Padre su Palabra es suficiente para mi, si esta es la obra de Dios es El quien hará su obra manifiesta. No necesito ningún otro documento. La Santísima Virgen María habrá de ser la garantía, Cristo el notario, y los ángeles los testigos." (recordando la visión)

Francisco escucho estas palabras en su oración: "Francisco quiero que sepas que esta indulgencia, que ha sido concedida a ti en la tierra, ha sido confirmada en el cielo". Con gran gozo compartió esta revelación al hno. Maceo, y juntos aligeraron el paso para ir a darle gracias a Nuestra Señora de los Angeles en la Porciúncula.

Para la solemne inauguración de este perdón en la Porciúncula, Francisco escogió Agosto 2, porque fue el primer aniversario de la consagración de esta santa capilla, y porque Agosto 1, era la fiesta de la liberación de San Pedro de las cadenas que tenía en la cárcel (Agosto 2, es el día de Nuestra Señora de los Angeles).

En presencia de los obispos de Asís, Perugia, Todi, Spoleto, Gubbio, Nocera y Foligno, anunció Francisco a la multitud la gran noticia: «Quiero mandaros a todos al paraíso anunciándoos la indulgencia que me ha sido otorgada por el Papa Honorio. Sabed, pues, que todos los aquí presentes, como también cuantos vinieren a orar en esta iglesia, obtendrán la remisión de todos sus pecados».

Jesús y María confirmaron su aprobación del Gran Perdón de la Porciúncula. Una vez a un santo fraile franciscano, Beato Conrado de Ofida, la Virgen Santísima se le apareció envuelta en un rallo de luz, con el niño Jesús en sus brazos, en la puerta de la Porciúncula. El niño bendecía a todos los peregrinos que entraban en la capilla de su Madre para adquirir el perdón de los pecados.
Mas tarde los obispos de Asis y otros Papas promulgaron documentos confirmando "El gran Perdón de la Porciúncula". La pequeña iglesia dedicada a la Santísima Virgen se convirtió en uno de los mas famosos santuarios de peregrinación de toda Europa. Mas tarde Gregorio XV hizo extensivo el jubileo de la Porciúncula a todas las Iglesias Franciscanas del mundo.  En 1921, el Papa Benedicto XV canceló la restricción de manera que se pueda obtener indulgencias cualquier día. Según el decreto de la Penitenciaría Apostólica del 15 de julio de 1988 («Portiuncolae sacrae aedes»), se puede ganar la indulgencia en La Porciúncula durante todo el año, una sola vez al día. Cada año una multitud de fieles acude allí para recibir el «Perdón de Asís» también llamado «Indulgencia de la Porciúncula». Sin embargo, a partir de
Condiciones para obtener la indulgenciaEl Perdón de Asís se puede obtener para uno mismo o por los difuntos. Las condiciones son las prescritas para las indulgencias plenarias.
1) Visita al Santuario con la recitación de un Padrenuestro y un Credo
2) Confesión sacramental y Santa Comunión
3) Rezar según las intenciones del Sumo Pontífice.

Los peregrinos pueden obtener la indulgencia todos los días del año.
 


Testimonio de Simone Weil, hija de Israel, fascinada por Cristo: «Mientras estaba sola en la capillita románica de Santa María de los Angeles, incomparable milagro de pureza, donde san Francisco rezó tan a menudo, algo más fuerte que yo me obligó, por primera vez en mi vida, a arrodillarme» (Autobiografía espiritual).
 
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Siervas de los Corazones Traspasados de Jesús y María

Thursday, August 1, 2019

Indulgencia de la Porciúncula Año Franciscano - 2 de agosto de 2019

INDULGENCIA DE LA PORCIÚNCULA
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En julio de 1216, Francisco pidió en Perusa a Honorio III que todo el que, contrito y confesado, entrara en la iglesita de la Porciúncula, ganara gratuitamente una indulgencia plenaria, como la ganaban quienes se enrolaban en las Cruzadas, y otros que sostenían con sus ofrendas las iniciativas de la Iglesia. De ahí el nombre de Indulgencia de la Porciúncula, Perdón Asís, Indulgencia o Perdón de las rosas (por el prodigio que medió en su confirmación según alguna tradición tardía) u otros parecidos.
Más allá de las controversias históricas acerca de los orígenes y circunstancias de la concesión de la Indulgencia, lo cierto es que la Iglesia ha seguido, hasta nuestros días, otorgando y ampliando esa gracia extraordinaria. En la actualidad, esta Indulgencia puede lucrarse no sólo en Santa María de los Ángeles o la Porciúncula, sino en todas las iglesias franciscanas, y también en las iglesias catedral y parroquial, cada 2 de agosto, día de la Dedicación de la iglesita, una sola vez, con las siguientes condiciones: 1) visitar una de las iglesias mencionadas, rezando la oración del Señor y el Símbolo de la fe (Padrenuestro y Credo); 2) confesarse, comulgar y rezar por las intenciones del Papa, por ejemplo, un Padrenuestro con Avemaría y Gloria; estas condiciones pueden cumplirse unos días antes o después, pero conviene que la comunión y la oración por el Papa se realicen en el día en que se gana la Indulgencia.

S. S. Benedicto XVI
Ángelus del domingo 2 de agosto de 2009

EL «PERDÓN DE ASÍS»
Queridos hermanos y hermanas, el Año sacerdotal que estamos celebrando constituye una magnífica ocasión para profundizar en el valor de la misión de los presbíteros en la Iglesia y en el mundo. Al respecto nos llegan útiles motivos de reflexión de la memoria de los santos que la Iglesia nos propone diariamente. (...)
Hoy contemplamos en san Francisco de Asís el ardiente amor por la salvación de las almas, que todo sacerdote debe alimentar constantemente: en efecto, hoy se celebra el llamado "Perdón de Asís", que obtuvo del Papa Honorio III en el año 1216, después de haber tenido una visión mientras se hallaba en oración en la pequeña iglesia de la Porciúncula. Apareciéndosele Jesús en su gloria, con la Virgen María a su derecha y muchos ángeles a su alrededor, le dijo que expresara un deseo, y Francisco imploró un "perdón amplio y generoso" para todos aquellos que, "arrepentidos y confesados", visitaran aquella iglesia. Recibida la aprobación pontificia, el santo no esperó ningún documento escrito, sino que corrió a Asís y, al llegar a la Porciúncula, anunció la gran noticia: "Hermanos míos, ¡quiero enviaros a todos al paraíso!". A partir de entonces, desde el mediodía del 1 de agosto hasta la medianoche del 2, se puede lucrar, con las condiciones habituales, la indulgencia plenaria también por los difuntos, visitando una iglesia parroquial o franciscana.

S. S. Pablo VI
Carta Apostólica «Sacrosancta Portiunculae ecclesia»
con ocasión del 750º aniversario de la concesión de la

INDULGENCIA DE LA PORCIÚNCULA (14-VII-1966)
La sacrosanta iglesia de la Porciúncula, que el bienaventurado Francisco de Asís «amó con preferencia a todos los demás lugares del mundo» (LM 2,8), adquirió con el tiempo fama en todo el mundo católico, por el hecho de que allí el seráfico Padre dijo y obró muchas cosas maravillosas, y de un modo especial por el hecho de que fue enriquecida por una singular indulgencia, llamada por eso «Indulgencia de la Porciúncula», que desde hace muchos siglos obtienen quienes visitan piadosamente aquella iglesia.
En estos días en que se celebra el 750º aniversario de la aprobación de aquella indulgencia por parte de Honorio III, la cual, como se cree, fue concedida al mismo San Francisco y que diversos predecesores nuestros confirmaron a lo largo de los siglos, nos es grato dirigirnos a los fieles que, según el uso y costumbre de cuantos nos han precedido, se dirigen a la Porciúncula, resplandeciente por ilustre antigüedad, para reconciliarse de una manera más plena y solícita con el mismo Dios allí donde «aquel que ore con corazón devoto obtendrá lo que pida» (1 Cel 106).
Queremos repetir las palabras que pronunciamos hace poco tiempo atrás, movidos por la solicitud pastoral: «Al reino de Cristo se puede llegar solamente por la metánoia, es decir, por esa íntima y total transformación y renovación de todo el hombre -de todo su sentir, juzgar y disponer- que se lleva a cabo en él a la luz de la santidad y caridad de Dios, santidad y caridad que, en el Hijo, se nos han manifestado y comunicado con plenitud» (Const. apostólica, Paenitemini).
A los mismos fieles que, impulsados por la penitencia, son llevados a alcanzar esta metánoia, por cuyo motivo, después del pecado, ha sido herida aquella santidad con la que fueron revestidos al principio en Cristo en el bautismo, sale al encuentro la Iglesia, que sostiene a los hijos enfermos y débiles con un amor y un socorro semejantes al materno, incluso otorgando las indulgencias.
Pero la indulgencia no es un camino más fácil, mediante el cual podemos evitar la necesaria penitencia de los pecados, sino más bien es un sostén que cada fiel, humildemente consciente de su enfermedad, encuentra en el Cuerpo místico de Cristo, que de una manera concreta «colabora a su conversión con la caridad, el ejemplo y las oraciones» (Const. Lumen Gentium, c. 2, n. 11).
Un ejemplo excelso de semejante penitente y de un alma consciente de la humana enfermedad fue para nosotros el mismo San Francisco, en el cual admiramos tan bien expresado «el hombre nuevo, creado a imagen de Dios en la justicia y en la verdadera santidad» (Ef 4,24). En efecto, él no sólo ofrece un ejemplo validísimo de aquella conversión a Dios y de una vida auténticamente penitente, sino que ordena en su Regla exhortar a los hombres para que «perseveremos en la verdadera fe y penitencia, porque de otro modo nadie se puede salvar» (Rnb 23); así en el comentario al Padre Nuestro, implora de esta manera al Padre que está en los cielos: «Y perdónanos nuestras deudas: por tu inefable misericordia, por la virtud de la pasión de tu amado Hijo y por los méritos e intercesión de la beatísima Virgen y de todos tus elegidos» (ParPN 7).
Con mucha razón se puede creer que esta exhortación de San Francisco así como aquel admirable amor, por el cual fue movido a pedir la indulgencia de la Porciúncula para todos los fieles, haya nacido del deseo de participar a los demás la dulzura de ánimo que él mismo había experimentado después de haber implorado de Dios el perdón de las culpas cometidas. Lo que con dulcísimas palabras narra el principal escritor de la vida de este Hombre seráfico, Tomás de Celano: «En cierta ocasión, admirando la misericordia del Señor en tantos beneficios como le había concedido y deseando que Dios le mostrase cómo habían de proceder en su vida él y los suyos, se retiró a un lugar de oración, según lo hacía muchísimas veces. Como permaneciese allí largo tiempo con temor y temblor ante el Señor de toda la tierra, reflexionado con amargura de alma sobre los años malgastados y repitiendo muchas veces aquellas palabras: "¡Oh Dios, sé propicio a mí, pecador!", comenzó a derramarse poco a poco en lo íntimo de su corazón una indecible alegría e inmensa dulcedumbre. Comenzó también a sentirse fuera de sí; contenidos los sentimientos y ahuyentadas las tinieblas que se habían ido fijando en su corazón por temor al pecado, le fue infundida la certeza del perdón de todos los pecados y se le dio la confianza de que estaba en gracia» (1 Cel 26).
El primer fruto de la penitencia, en efecto, es la conciencia de nuestros pecados: «Si quieres que Dios los ignore, sé tú quien los reconozca. Tu pecado te tenga a ti como juez, no como defensor» (S. Agustín, Sermón 20,2; PL 38, 139).
Transformándonos, pues, en acusadores de nosotros mismos ante la Iglesia, a la que Jesús entregó las llaves del reino de los cielos (cf. Mt 16,19), recibimos la remisión de la culpa y de la pena; sin embargo, no se debe relajar el camino por el que volvemos a Dios. Debemos cargar sobre nosotros el yugo de Cristo y debemos llevar su cruz y desearla mediante una voluntaria expiación; es necesario que demostremos con las buenas obras y, en particular, con los frutos del amor fraterno que nos encaminamos sinceramente hacia la casa del Padre y que estamos insertos más sólidamente y con una nueva razón en el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia.
El fiel penitente que cumple así la renovación del espíritu, como hemos dicho más arriba, no actúa solo; en efecto «quien es redimido del pecado y mondado en el espíritu en fuerza de las oraciones y del llanto de todos, consigue la purificación mediante las obras de todo el pueblo y es lavado por las lágrimas del mismo. Cristo, en efecto, ha concedido a su Iglesia que todos fueran salvados por obra de uno solo» (S. Ambrosio, De poenitentia, 1.15,80; PL 16,469).
La indulgencia que la Iglesia ofrece a los penitentes es manifestación de aquella admirable comunión de los Santos, que por el único vínculo del amor de Cristo une estrechamente de una manera mística a la beatísima Virgen María, a los fieles triunfantes en el cielo, a los que están en el Purgatorio y a los que peregrinan en la tierra. La indulgencia, pues, que se concede por el poder de la Iglesia, disminuye e incluso borra totalmente la pena por la que el hombre de alguna manera está imposibilitado de alcanzar de una manera más estrecha la unión con Dios; por este motivo el fiel penitente en persona encuentra ayuda en esta singular forma de amor eclesial, para dejar el hombre viejo y revestirse de aquel nuevo «que se va renovando hasta alcanzar un conocimiento perfecto, según la imagen de su Creador» (Col 3,10).
Mientras reflexionamos sobre estas cosas, deseamos que el 750º aniversario de la institución de esta indulgencia sea celebrado de manera que verdaderamente la Porciúncula sea aquel lugar santo donde se consigue el perdón total y se hace estable la paz con Dios.
Sabemos bien que a lo largo de los siglos una inmensa multitud de peregrinos se ha dirigido incesantemente a la iglesia de la Porciúncula. Ellos se arriesgaban a emprender viajes largos y fatigosos para que, como en un abrazo de la Reina de los Ángeles, a la que la iglesia y basílica de la Porciúncula está dedicada, sus espíritus pudiesen gozar de la quietud luego que le fueran perdonados sus pecados y para ellos se renovase el don de la gracia divina. Al mismo tiempo sabemos bien que también hoy, y sobre todo con ocasión del aniversario de la solemne dedicación de esta capilla, en que la indulgencia de la Porciúncula se puede ganar en todas las iglesias de la Orden Franciscana, muchos peregrinos llegan a la Porciúncula, para nada movidos por la curiosidad o por el entretenimiento, sino solo para implorar el perdón de los pecados, de modo de poder gozar en el futuro de la familiaridad del Padre celestial. Estos, habiendo llegado como peregrinos, indican de alguna manera que la vida del hombre es una gran peregrinación que por un largo y arduo sendero nos conduce hasta Dios.
Es preciso pues, desear que las peregrinaciones individuales y en grupo que en nuestros días, a causa del gran aumento de los medios de transporte, se hacen más numerosas, no pierdan el espíritu de la piedad y de la penitencia, sino que sean como una auténtica pasión por la religión.
Quiera Dios que la peregrinación, transmitida durante siglos, a la iglesia de la Porciúncula, que Nuestro mismo Predecesor Juan XXIII emprendió con ánimo piadoso, no termine sino que más bien crezca continuamente la multitud de los fieles que acuden aquí al encuentro con Cristo rico en misericordia y con su Madre, que intercede siempre ante él.
Mientras deseamos de corazón que estas cosas puedan realizarse, a ti, hijo dilecto [C. Koser, Vicario general de la OFM], a toda la Familia Franciscana y a todos aquellos que se reunirán en el santuario de la Porciúncula para festejar solemnemente la memoria de este aniversario, impartimos con mucho gusto en el Señor la bendición apostólica.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el 14 de julio de 1966, cuarto año de nuestro pontificado.
[Acta OFM V (1966) 317-320; Enchiridion de la Orden de Hermanos Menores, I, 30-34]
INDULGENCIA DE LA PORCIÚNCULA
por Omer Englebert

El sábado 16 de julio de 1216, Jacobo de Vitry llegaba a Perusa, donde temporalmente residía la Corte pontificia. Recién nombrado obispo de San Juan de Acre, antes de ir a tomar posesión de su sede, venía a recibir la consagración episcopal en la sobredicha ciudad. Apenas entrado en ella, supo que aquella misma mañana acababa de morir Inocencio III. Inocencio se había establecido en Perusa en mayo de 1216. Quería recorrer Toscana y Alta Italia para tratar de restituir la paz entre las ciudades rivales de Génova y Pisa, y acelerar los preparativos de la cruzada contra los Sarracenos.
Dos días tan sólo duró la vacante de la Santa Sede. Salió elegido Honorio III cuya avanzada edad y malograda salud permitían creer que no duraría mucho tiempo, pero que vivió, sin embargo, hasta el año 1227.
«El Papa que acaban de elegir -escribe Jacobo de Vitry- es un anciano excelente y piadoso, un varón sencillo y condescendiente, que ha dado a los pobres casi toda su fortuna».
Francisco debió de alegrarse al saber la elección de un Papa renombrado por su piedad y amor a los pobres. Quizás pensó que Dios mismo tomaba en sus manos la causa del santo Evangelio y, como muchos, creyó un tiempo que iba a realizarse la reforma de la Iglesia anunciada por el Concilio IV de Letrán.
En tal caso, podría suponerse que tan bellas esperanzas dieron, en parte, origen a la indulgencia de la Porciúncula, la cual siempre consideran como auténtica los más de los franciscanistas. Lo cierto es que refieren ellos a esta época un paso extraordinario que dio el Pobrecillo. Tal como ellos, lo relataremos a continuación, esforzándonos por creer en su historicidad tanto como en ella creen los mismos.
En su discurso de Letrán el año 1215, Inocencio III había señalado con el signo TAU a tres clases de predestinados: los que se alistaran en la cruzada; aquellos que, impedidos de cruzarse, lucharan contra la herejía; finalmente, los pecadores que de veras se empeñaran en reformar su vida. ¿Sugirieron a Francisco aquellas palabras el deseo de reconciliar con Dios el mundo entero, facilitando a los que no podían ir a Oriente, y a los privados de recursos con que ganar indulgencias, otros medios de participar también en la universal redención?
Sea lo que sea, un día del verano de 1216, el Pobrecillo partió para Perusa, acompañado del hermano Maseo.
La noche anterior, escribe Bartholi, Cristo y su Madre, rodeados de espíritus celestiales, se le habían aparecido en la capilla de Santa María de los Ángeles:
-- Francisco -le dijo el Señor-, pídeme lo que quieras para gloria de Dios y salvación de los hombres.
-- Señor -respondió el Santo-, os ruego por intercesión de la Virgen aquí presente, abogada del género humano, concedáis una indulgencia a cuantos visitaren esta iglesia.
La Virgen se inclinó ante su Hijo en señal de que apoyaba el ruego, el cual fue oído. Jesucristo ordenó luego a Francisco se dirigiese a Perusa, para obtener allí del Papa el favor deseado.
Ya en presencia de Honorio III, Francisco le habló así:
-- Poco ha que reparé para Vuestra Santidad una iglesia dedicada a la bienaventurada Virgen María, Madre de Dios. Ahora vengo a solicitar en beneficio de quienes la visitaren en el aniversario de su dedicación, una indulgencia que puedan ganar sin necesidad de abonar ofrenda alguna.
-- Quien pide una indulgencia -observó el Papa-, conviene que algo ofrezca para merecerla... ¿Y de cuántos años ha de ser esa que pides? ¿De un año?... ¿De tres?...
-- ¿Qué son tres años, santísimo Padre?
-- ¿Quieres seis años?... ¿Hasta siete?
-- No quiero años, sino almas.
-- ¿Almas?... ¿Qué quieres decir con eso?
-- Quiero decir que cuantos visitaren aquella iglesia, confesados y absueltos, queden libres de toda culpa y pena incurridas por sus pecados.
-- Es excesivo lo que pides, y muy contrario a las usanzas de la Curia romana.
-- Por eso, santísimo Padre, no lo pido por impulso propio, sino de parte de nuestro Señor Jesucristo.
-- ¡Pues bien, concedido! En el nombre del Señor, hágase conforme a tu deseo.
Al oír eso, los cardenales presentes rogaron al Papa que revocara tal concesión, representándole que la misma desvaloraría las indulgencias de Tierra Santa y de Roma, que en adelante serían tenidas en nada. Mas el Papa se negó a retractarse. Le instaron sus consejeros que al menos restringiera todo lo posible tan desacostumbrado favor. Dirigiéndose entonces a Francisco, Honorio le dijo:
-- La indulgencia otorgada es valedera a perpetuidad, pero sólo una vez al año, es decir, desde las primeras vísperas del día de la dedicación de la iglesia hasta las del día siguiente.
Ansioso de despedirse, Francisco inclinó reverente la cabeza y ya se marchaba, cuando el Pontífice lo llamó diciendo:
-- Pero, simplote, ¿así te vas sin el diploma?
-- Me basta vuestra palabra, santísimo Padre. Si Dios quiere esta indulgencia, él mismo ya lo manifestará si fuere necesario; que, por lo que me toca, la Virgen María es mi diploma, Cristo es mi notario y los santos Ángeles son mis testigos.
Y con el hermano Maseo se puso en camino para la Porciúncula.
Una hora habrían andado, cuando llegaron a la aldea de Colle, situada sobre una colina, a medio camino entre Asís y Perusa. Allí se durmió Francisco, rendido de fatiga; al despertar tuvo una revelación que comunicó a su compañero:
-- Hermano Maseo -le dijo-, has de saber que lo que se me ha concedido en la tierra, acaba de ratificarse en el cielo.
Celebróse la dedicación de la capilla el día 2 del siguiente agosto.
La liturgia de la fiesta, con las palabras que Salomón pronunciara en la inauguración del templo de Jerusalén (1 Re 8,27-29.43), parecía como hecha para aquella circunstancia. Desde un púlpito de madera, en presencia de los obispos de Asís, Perusa, Todi, Spoleto, Gubbio, Nocera y Foligno, anunció Francisco a la multitud la gran noticia:
-- Quiero mandaros a todos al paraíso -exclamó-, anunciándoos la indulgencia que me ha sido otorgada por el Papa Honorio. Sabed, pues, que todos los aquí presentes, como también cuantos vinieren a orar en esta iglesia, obtendrán la remisión de todos sus pecados. Yo deseaba que esta indulgencia pudiese ganarse durante toda la octava de la dedicación, pero no lo he logrado sino para un solo día.
Tal es, según los documentos que luego mencionaré, el origen del famoso Perdón de Asís.

* * *


No se puede negar que desde el principio suscitó vivísima oposición.
No acontecía entonces lo de ahora, que cualquier cristiano, sin gastar nada ni salir de la propia parroquia, puede ganar indulgencias plenarias en abundancia. En aquellos tiempos, solamente los peregrinos de Tierra Santa, de Roma y de Santiago de Compostela podían merecer semejante favor. Los demás lugares de romería, por ricos que fuesen en santas reliquias, eran mucho menos favorecidos, no pudiendo ofrecer a los visitantes más que unos cuantos días o años de indulgencia. Elevada a la categoría de los tres más célebres lugares de peregrinación de la cristiandad, la Porciúncula desvaloraba de repente aquellos innumerables santuarios de los cuales clérigos y monjes reportaban gloria y subsistencia. Se comprende que desplegasen éstos todo su celo en combatirla. ¿No se vio, acaso, a unos de ellos salir por los caminos y los puertos al encuentro de los peregrinos de Asís, para demostrarles que el privilegio franciscano era falso, e inducirles a desandar lo andado?
Hoy no se discute la validez de la indulgencia -repetidas veces confirmada por la Iglesia- sino sólo si se debe su concesión a la iniciativa de san Francisco.
En sentir de algunos críticos, son pura leyenda el viaje de Francisco a Perusa y el privilegio verbalmente arrancado al Papa Honorio; otros, en cambio, opinan que se trata de un hecho históricamente comprobado.
Los primeros alegan el silencio de los antiguos biógrafos del Santo, quienes, de ser cierto, no habrían pasado por alto un hecho tan glorioso para el mismo. Pues bien, ni Celano, ni san Buenaventura, ni los Tres Compañeros mencionan para nada tal concesión. Sólo cincuenta años después del suceso aparecen testimonios en su favor. ¿Qué fe se ha de dar, pues, a testigos tan tardíos?
Los partidarios de la autenticidad replican que era forzoso el silencio de los primeros biógrafos, y que no puede, por tanto, prevalecer contra testimonios que, con ser tardíos, no por ello son menos probatorios.
Si los referidos biógrafos callaron el hecho, fue porque muchos motivos les indujeron a guardar silencio.
Recuérdese, en efecto, que Francisco obtuvo la indulgencia contra el parecer de los cardenales, que la consideraban perjudicial para el éxito de la cruzada. Ahora bien, de haberse publicado algo acerca de ella, esos mismos prelados no hubieran perdonado medio de hacerla revocar. Lo sabía el Santo; y puesto que aborrecía tanto los conflictos con el clero como el andar solicitando privilegios en la Corte romana, guardóse con cautela de pedir confirmación de la indulgencia en la cancillería apostólica. Más aún, según Jacobo Coppoli, prohibió al hermano León hacer mención de ella, dejando a Dios el cuidado de manifestarla más tarde. A todo eso conviene agregar que los franciscanos mismos, encargados de recoger fondos para la cruzada, se oponían a que se hablase de un privilegio que podía comprometer el resultado de sus predicaciones. ¿No fueron esos motivos más que suficientes para que los biógrafos de la época guardaran silencio?
Pero pasó el tiempo, y con él la era de las cruzadas; los hermanos menores eran ya suficientemente poderosos en la Iglesia para proclamar a voces aquel secreto ya muy divulgado; y en 1277, por orden de Jerónimo de Ascoli, ministro general y futuro Papa, el hermano Ángel, ministro provincial de Umbría, empezó a reunir ante notario testimonios capaces de confundir a los adversarios del gran Perdón.
Entre los testigos citados estaban Benito y Rainerio de Arezzo, Pedro Zalfani y Jacobo Coppoli.
Los hermanos Benito y Rainerio atestiguaron haber oído al hermano Maseo contar repetidas veces la historia de la indulgencia en los términos que más arriba referimos. Pedro Zalfani, señor de Asís que, siendo joven, asistió a la dedicación de Santa María de los Ángeles, hizo un resumen del sermón pronunciado en aquella ocasión por san Francisco. Cuanto a Jacobo Coppoli, señor de Perusa, afirmó haber oído del hermano León el relato de las circunstancias en que el Papa concedió la indulgencia a san Francisco.
Es de notar que en la época de estos testimonios el gran Perdón de Asís era ya muy popular. Y muy pronto acudieron a Santa María de los Ángeles peregrinos de todas las regiones de Italia. Fue entonces, por el año 1308, habiendo recrudecido los ataques de los enemigos de la Porciúncula, cuando Teobaldo Offreducci, obispo de Asís, hizo levantar un acta formal que, en sentir del mismo, había de terminar con todas las impugnaciones.
Tal documento oficial originó indudablemente gran contrariedad entre los adversarios de la indulgencia, y la sigue originando hoy entre los críticos que niegan la autenticidad de la misma. Relata por menudo este diploma cómo fue concedido el gran privilegio; reproduce los testimonios de los testigos que ya conocemos, añadiendo el del hermano Marino, sobrino del hermano Maseo; luego acomete, con tono algo denigrante, a los contrarios, a los envidiosos e ignorantes, que con su boca pestilente, dice, se atreven a negar un privilegio reconocido tanto en Italia, como en Francia y España; privilegio, añade, que desde tantos años se predica a vista y ciencia de la Curia romana, privilegio que acaba de ratificar el Papa Bonifacio VIII, y del cual los cardenales mismos se aprovechan gustosos para obtener el perdón de sus pecados.
El diploma de Teobaldo Offreducci no acabó con los irreductibles, pero hizo vanos sus ataques; porque, a partir de esa época, el día 2 de agosto se congregaron cada año en Santa María de los Ángeles muchedumbres de peregrinos llegados de todas partes de Europa, viniendo a impetrar, «sin necesidad de ofrenda, la remisión de la pena merecida por sus pecados».
Más tarde, como es sabido, los Papas extendieron generosamente el mismo privilegio a las iglesias del mundo entero, con lo cual ya solamente los eruditos siguieron disputando acerca de la indulgencia franciscana.
[Omer Englebert, Vida de San Francisco de Asís.
Santiago de Chile, Cefepal, 1973, págs. 234-244]


INDULGENCIA DE LA PORCIÚNCULA
por Luis de Sarasola, o.f.m.
Para llevar a pronta ejecución la cruzada de Tierra Santa, el más encendido anhelo de su vida y una de las decisiones del Concilio IV de Letrán, Inocencio III emprendió un viaje a la Alta Italia, a fin de arreglar personalmente las contiendas que dividían a las dos potentes ciudades marítimas, Génova y Pisa. Llegó a fines de mayo a Perusa, y aquí sucumbió el 16 de julio de 1216, a los cincuenta y seis años de edad. Eccleston asegura que Francisco se halló presente a la muerte de Inocencio.
Por entonces, 1 de agosto, prima die Kalendarum Augusti, fija fray Benito de Arezzo la concesión de la celebérrima Indulgencia de la Porciúncula. Nos ocupamos más adelante de las controversias sobre la historicidad de este suceso. Por encima de todas las divergencias, dos aspectos esenciales de la cuestión quedan firmemente indiscutidos:
1.° El gran perdón de las almas se concentra, como en un hogar celeste de misericordia y refugio, en la ermita de Santa María de la Porciúncula, cuna de la Orden Franciscana.
2.° Todo el amor de San Francisco a sus hermanos los hombres tiembla de emoción y ansias ardorosas en el relato de la concesión de la Indulgencia. Será o no será rigurosamente histórico el relato material; su plenitud de sentido moral y religioso es rigurosamente histórica y exacta. Como ocurre muchas veces, el mito o la leyenda es aquí más significativa y verdadera que la misma historia. He aquí el núcleo del relato:
«Estando el bienaventurado Francisco en Santa María de la Porciúncula, le fue revelado del Señor que se acercase al Sumo Pontífice Honorio III, que entonces se hallaba en Perusa, a fin de impetrar de él la indulgencia para la dicha iglesia de Santa María que había reconstruido. El papa Honorio permaneció en Perusa hasta el 12 de agosto. Levantándose Francisco de mañana, llamó a su compañero fray Masseo de Marignano, se presentó con él al dicho señor Honorio y le dijo:
-- Santo Padre, hace poco reparé para Vos una iglesia en honor de la Virgen, madre de Cristo; suplico a Vuestra Santidad que pongáis allá indulgencia sin ofertas.
Le respondió que convenientemente no podía hacerse esto, pues el que pide indulgencia, menester es que la merezca aportando ayuda:
-- Pero indícame cuántos años quieres y qué indulgencia deseas se ponga allá.
A lo que respondió San Francisco:
-- Santo Padre, plegue a Vuestra Santidad darme no años, sino almas.
Y el señor Papa le dijo:
-- ¿Cómo quieres las almas?
El bienaventurado Francisco respondió:
-- Santo Padre, si a Vuestra Santidad le agrada, quiero que cualquiera que venga a esta iglesia confesado y contrito y absuelto como conviene por el sacerdote, quede libre de pena y de culpa en el cielo y en la tierra desde el día del bautismo hasta el día y la hora que entró en esta dicha iglesia.
El señor Papa le respondió:
-- Mucho pides, Francisco, pues no es costumbre de la Curia romana conceder tal indulgencia.
El bienaventurado Francisco le replicó:
-- Señor, no lo pido de mí; lo pido de parte del que me envió, el Señor Jesucristo.
Entonces el señor Papa exclamó tres veces:
-- Pláceme que la tengas.
Los señores cardenales que estaban presentes respondieron:
-- Mirad, señor, que si a éste le concedéis tal indulgencia, destruís la indulgencia de Ultramar, y se reduce a la nada y por nada será tenida la indulgencia de los apóstoles Pedro y Pablo.
Respondió el señor Papa:
-- La hemos dado y concedido, y no es conveniente revocar lo hecho. Pero la modificaremos fijándola en un solo día natural.
Llamó entonces a San Francisco y le dijo:
-- ¡Ea!, concedemos desde ahora que cualquiera que viniere y entrare en dicha iglesia bien confesado y contrito, quede absuelto de pena y de culpa, y queremos que esto sea valedero perpetuamente todos los años, solamente por un día natural, desde las primeras vísperas del día hasta las vísperas del día siguiente.
Entonces Francisco, después de inclinar con reverencia la cabeza, comenzó a salir del palacio. Viendo el Papa que se iba, le llamó y le dijo:
-- O simplicione! ¿Adónde vas? ¿Qué garantías llevas tú de la indulgencia?
Y el bienaventurado Francisco respondió:
-- Me basta vuestra palabra. Si es obra de Dios, Él mismo la manifestará. No quiero otro instrumento, sino que la bienaventurada Virgen María sea la carta, Cristo el notario y testigos los ángeles.
Él tornó de Perusa hacia Asís, y llegando a medio camino, al lugar que se llama Collestrada, donde había hospital de leprosos, descansando un poco con su compañero, se durmió. Despertóse, y después de la oración llamó al compañero y le dijo:
-- Fray Masseo, dígote de parte de Dios que la indulgencia que me ha concedido el sumo Pontífice ha sido confirmada en los cielos» (Diploma del obispo Teobaldo).

Aclaración histórica


El origen de la Indulgencia de la Porciúncula es uno de los sucesos más discutidos en la vida de San Francisco. Las leyendas franciscanas del siglo XIII no hablan de ella; tampoco se publicó ningún diploma de la Cancillería romana referente a su concesión. Los enemigos de la Indulgencia apoyáronse en este silencio para negarle todo valor con argumentos teológicos y eclesiásticos, a los que contestó cumplidamente en 1279 el ardiente y genial pensador franciscano Pedro Juan Olivi. Los partidarios del Perdón fueron agrupando testimonios y referencias desde 1277 hasta 1310, poco más o menos, en que se fijó en sus rasgos esenciales la tradición histórica con el documento de fray Teobaldo, obispo de Asís. El suceso fue adornándose de elementos fantásticos maravillosos, que alcanzaron su plena evolución, después del relato de Michael Bernardi, en la narración del obispo de Asís, Conrado, en 1335.
No vamos a historiar las controversias que se han suscitado durante varios siglos hasta hoy. Dos años después de rechazar de plano los relatos de la tradición, Sabatier cambió totalmente de parecer; y fue el primero, entre los contemporáneos, que, planteando científicamente la cuestión sobre códices antiguos, publicó conclusiones definitivas a favor de la autenticidad histórica de la concesión de la Indulgencia por Honorio III a San Francisco. Los numerosos estudios publicados después de Sabatier han aportado poca luz sobre la materia; se limitan, en lo fundamental, a repetir sus argumentos. Solamente Fierens reanudó la labor de Sabatier con verdadera amplitud y espíritu científico, arribando por diversos caminos, con diferente coordinación de los códices manuscritos, a la misma conclusión definitiva: «El núcleo histórico de toda la floración legendaria de la Indulgencia de la Porciúncula se halla en la entrevista de San Francisco con el Papa Honorio III en Perusa, el año 1216».
Los fundamentos históricos de la autenticidad son:
1.º Testimonio notariado de fray Benito de Arezzo y de su compañero fray Rainerio de Mariano de Arezzo, en 1277: afirman haber oído de fray Masseo de Marignano el relato de la concesión de la Indulgencia, siendo el mismo Masseo el que acompañó a San Francisco a Perusa cuando se presentó a Honorio III y consiguió de él esa gracia.
2.º Testimonio de Pedro Zalfani de haber asistido él mismo a la consagración de Santa María de la Porciúncula y oído predicar a San Francisco delante de siete obispos, anunciando a todo el pueblo la Indulgencia.
3.º Testimonio de Jacobo Coppoli de haber oído, delante de testigos que nombra, a fray León, compañero del Santo, afirmar firmemente la verdad histórica de la concesión.
Estos tres testimonios, con otros varios que dicen lo mismo, se funden en el relato del obispo Teobaldo, hacia 1310. Los partidarios de la autenticidad refuerzan su opinión con el testimonio del beato Francisco de Fabriano, quien asegura de sí mismo que fue a Asís en agosto de 1268 a lucrar el Perdón de la Porciúncula. Otro de los testimonios autenticados es el del beato Juan de Alverna, personaje celebérrimo de las Florecillas: su relato confirma el de fray Benito y fray Rainerio de Arezzo, aportando más testigos.
No podemos discutir aquí uno por uno todos los testimonios, su grado de veracidad y la coordinación de todas las narraciones en el relato tradicional de Teobaldo. La plena solución depende, en mi concepto, de que sean auténticos los documentos. Fierens rechaza los testimonios de Zalfani y de Coppoli, porque hablan de un suceso que juzga improbable, la consagración de la iglesia de la Porciúncula; le parece también sospechosa la atestación de fray Benito, porque depone con demasiada pompa y solemnidad y alude a los "secretos de la Orden", secreta Ordinis, que, dice, nunca existieron. Y se atiene al testimonio de fray Marino, sobrino de fray Masseo, y de Juan de Alverna, como las únicas exentas de sospecha. Lemmens, en cambio, sin mencionar siquiera a fray Marino y a fray Juan de Alverna, insiste en la veracidad de los testigos rechazados por Fierens. Yo creo que esto es desplazar la cuestión del verdadero terreno científico. En mi concepto, antes que la veracidad de los testigos y testimonios debe discutirse la autenticidad de los documentos. ¿El testimonio de fray Benito y fray Rainerio se extendió verdaderamente ante notario el año 1277? ¿Este y los otros documentos fueron o no fabricados en las postrimerías del siglo XIII, para acallar las negaciones de los enemigos del Perdón? Ahí está para mí la más fuerte duda. Si los documentos son auténticos, no veo ninguna razón seria que permita dudar de la veracidad de su testimonio; se coordinan y completan mutuamente, y el relato tradicional del obispo Teobaldo adquiere firme consistencia histórica.
Lo mismo debemos decir del testimonio de Francisco de Fabriano, que conocemos a través de Waddingo. ¿El analista transcribió fielmente la forma original del documento?
Algunos sostienen que la autenticidad histórica de los orígenes de la Indulgencia de la Porciúncula está firme y definitivamente consolidada. Permítasenos dudar de esa definitiva firmeza. Hay quienes la niegan redondamente; otros vacilan, como nosotros; otros muchos afirman su autenticidad. Sea como fuere, las gentes piadosas no deben confundir la autenticidad histórica con la autenticidad canónica, que ningún católico niega. No se olvide tampoco que este suceso es un mero episodio en la vida de San Francisco, que puede y debe ser discutido críticamente, sin que por eso disminuya en un ápice su grandeza. La gloria inmortal de la humilde ermita restaurada por el Santo permanece intacta.

[Luis de Sarasola, O.F.M., San Francisco de Asís.
Madrid, Ed. Cisneros, 1960, págs. 248-251 y 576-580; suprimidas aquí las notas que lleva el libro]

LA INDULGENCIA DE LAS ROSAS
por Emilia Pardo Bazán
Una noche, en el monte cercano a la Porciúncula, ardía Francisco de Asís en ansias de la salud de las almas, rogando con eficacia por los pecadores. Apareciósele un celeste mensajero, y le ordenó bajar del monte a su iglesia predilecta, Santa María de los Angeles. Al llegar a ella, entre claridades vivísimas y resplandecientes, vio a Jesucristo, a su Madre y a multitud de beatos espíritus que les asistían. Confuso y atónito, oyó la voz de Jesús, que le decía:
-- Pues tantos son tus afanes por la salvación de las almas, pide, Francisco, pide.
Francisco pidió una indulgencia latísima y plenaria, que se ganase con sólo entrar confesado y contrito en aquella milagrosa capilla de los Ángeles.
-- Mucho pides, Francisco -respondió la voz divina-; pero accedo contento. Acude a mi Vicario, que confirme mi gracia.
A la puerta esperaban los compañeros de Francisco, sin pasar adelante por temer a los extraños resplandores y las voces nunca oídas. Al salir Francisco le rodearon, y les refirió la visión; al rayar el alba, tomó el camino de Perusa, llevando consigo al cortés y afable Maseo de Marignano. A la sazón estaba en Perusa Honorio III, el propagador del Cristianismo por las regiones septentrionales, que debía unir su nombre a la aprobación de la regla de la insigne Orden dominicana.
-- Padre Santo -dijo el de Asís al antes Cardenal Cencio-, en honor de María Virgen he reparado hace poco una iglesia; hoy vengo a solicitar para ella indulgencia, sin gravamen de limosnas.
-- No es costumbre obrar así -contestó sorprendido Honorio-; pero dime cuántos años e indulgencias pides.
-- Padre Santo -replicó Francisco-, lo que pido no son años, sino almas; almas que se laven y regeneren en las ondas de la indulgencia, como en otro Jordán.
-- No puede conceder esto la Iglesia romana -objetó el Papa.
-- Señor -replicó Francisco-, no soy yo, sino Jesucristo, quien os lo ruega.
En esta frase hubo tal calor, que ablandó el ánimo de Honorio, moviéndole a decir tres veces:
-- Me place, me place, me place otorgar lo que deseas.
Intervinieron los Cardenales allí presentes, exclamando:
-- Considerad, señor, que al conceder tal indulgencia, anuláis las de Ultramar y menoscabáis la de los apóstoles Pedro y Pablo. ¿Quién querrá tomar la cruz para conseguir en Palestina, a costa de trabajos y peligros, lo que pueda en Asís obtener descansadamente?
-- Concedida está la indulgencia -contestó el Papa-, y no he de volverme atrás; pero regularé su goce.
Y llamó a Francisco:
-- Otorgo, pues -le dijo-, que cuantos entren contritos y confesados en Santa María de los Ángeles sean absueltos de culpa y pena; esto todos los años perpetuamente, mas sólo en el espacio de un día natural, desde las primeras vísperas, inclusa la noche, hasta el toque de vísperas de la jornada siguiente.
Oídas las últimas palabras de Honorio, bajó Francisco la cabeza en señal de aprobación, y sin despegar los labios salió de la cámara.
-- ¿Adónde vas, hombre sencillo? -gritó el Papa-. ¿Qué garantía o documento te llevas de la indulgencia?
-- Bástame -respondió el penitente- lo que oí; si la obra es divina, Dios se manifestará en ella. No he menester más instrumento; sirva de escritura la Virgen, sea Cristo el notario y testigos los ángeles.
Con esto se volvió de Perusa a Asís. Llegando al ameno valle que llaman del Collado, en Collestrada, sintió impulsos de afecto, y se desvió de sus compañeros para desahogar su corazón en ríos de lágrimas; al volver de aquel estado de plenitud, de gozo y de reconocimiento, llamó a Maseo a voces:
-- ¡Maseo, hermano! -exclamó-. De parte de Dios te digo que la indulgencia que obtuve del Pontífice está confirmada en los cielos.
No obstante, corría el tiempo sin que Honorio, ocupado en atender a las Cruzadas, a la lucha con los maniqueos y a la pacificación de Italia, formalizase los despachos autorizando la proclamación de la otorgada indulgencia; el retraso atribulaba a Francisco. En mitad de una fría noche de enero se encontraba abismado en rezos y contemplaciones. Impensadamente le asaltó una sugestión violentísima; pensó que obraba mal, que faltaba a su deber trasnochando, macerándose y extenuándose a fuerza de vigilias, siendo un hombre cuya vida era tan esencial para el sostenimiento y prosperidad de su Orden. Discurrió que tanta penitencia pararía en enflaquecer y enajenar su razón, tocando en las lindes del suicidio, y le entró congoja. Para desechar esta tentación, nacida quizás del propio cansancio y debilidad de su cuerpo, se levantó, se desnudó el hábito, corrió desde su celda al obscuro monte, y no pareciéndole mortificación bastante el frío cruel, se arrojó sobre una zarza, revolcándose en ella. Manaba sangre de su desgarrada piel, y se cubría el zarzal de blancas y purpúreas rosas, fragantes, turgentes, frescas, como las de mayo. Exhalaba suave aroma la mata recién florida, y las hojas verdes, salpicadas con la sangre del Santo, se tachonaban de pintas bermejas o gotas de carmín. Una zona de blanca y fulgurosa luz radió disipando las tinieblas, y Francisco se encontró rodeado de innumerables ángeles:
-- Ven a la iglesia; te aguardan Cristo y su Madre -cantaban a coro sus inefables voces.
Francisco se levantó transportado y caminó entre un ambiente luminoso. En torno suyo revoloteaban como mariposas de fuego los serafines, y esplendían, cual luciérnagas magníficas, las aladas cabezas de los querubines; el monte se abrasaba todo sin consumirse en aquel sobrenatural foco de luz; resonaban acordes de deliciosa melodía; el suelo estaba cubierto de ricas alfombras y tapices de flores, sedas y oro; sobre su propio cuerpo veía Francisco una veste cándida, transparente como el cristal, relumbradora como los astros. Cogió Francisco de la zarza florida doce rosas blancas y doce rojas, entrando en la capilla. También deslumbraba el humilde recinto. Le bañaban ríos de claridad semejantes a oro líquido; envueltos en aureolas más inflamadas aún y en brillantes nubes de gloria, estaban Cristo y su Madre, con innumerables milicias celestiales, constelaciones de espíritus. Francisco cayó de rodillas, y fijo el pensamiento en sus constantes ansias, impetró la realización de la suspirada indulgencia, como si la vista de las hermosuras del cielo le impulsase a desear con más ardor que se abriesen sus puertas para el hombre. María se inclinó hacia su hijo, y éste habló así:
-- Por mi madre te otorgo lo que solicitas; y sea el día aquel en que mi apóstol Pedro, encarcelado por Herodes, vio milagrosamente caer sus cadenas [1 de agosto].
-- ¿Cómo, Señor -preguntó Francisco-, haré notoria a los hombres tu voluntad?
-- Ve a Roma -repuso- como la primera vez; notifica mi mandamiento a mi Vicario; llévale por vía de testimonio rosas de las que has visto brotar en la zarza; yo moveré su corazón y tu anhelo será cumplido.
Francisco se levantó; entonaron los coros de ángeles el Te Deum, y con último acorde de vaga y deleitosa armonía se extinguió la música, desvaneciéndose la aparición.
Fue Francisco a Roma con Bernardo de Quintaval, Ángel de Rieti, Pedro Catáneo y fray León, la ovejuela de Dios. Se presentó al Papa llevando en sus manos tres rosas encarnadas y tres blancas de las del prodigio, número designado en honra de la Trinidad. Intimó a Honorio de parte de Cristo que la indulgencia había de ser en la fiesta de San Pedro ad Víncula. Le ofreció las rosas, frescas, lozanas y fragantes, que se burlaban del erizado invierno. Se reunió el Consistorio, y ante las flores que representaban en enero la material resurrección de la primavera, fue confirmada la indulgencia, resurrección del espíritu regenerado por la gracia. Escribió el Papa a los obispos circunvecinos de la Porciúncula, citándoles para que se reunieran en Asís el primer día de Agosto, a fin de promulgar la indulgencia solemnemente. «En el día convenido -escribe uno de los cronistas del suceso-, concurrieron allí puntuales; con ellos gran multitud de las regiones comarcanas acudió también a la solemnidad. Apareció Francisco en un palco prevenido al efecto, con los siete obispos a su lado, y después de ferviente plática sobre la indulgencia obtenida, terminó diciendo que en el mismo día y todos los años perpetuamente, quien confesado y contrito entrase en aquella iglesia, lograría plena remisión de sus pecados. Oyendo los obispos a Francisco anunciar indulgencia semejante, se indignaron, exclamando que si bien tenían orden de hacer la voluntad de Francisco, no lograban creer que fuese la intención del Papa promulgar el indulto perpetuamente; en consecuencia se adelantó el obispo de Asís resuelto a proclamarlo por diez años solos; pero en vez de esto repitió involuntariamente las palabras mismas que Francisco había pronunciado; unos después de otros, pensando cada cual corregir al anterior, reprodujeron los obispos el primer anuncio. De esto fueron testigos muchos, tanto de Perusa cuanto de las inmediatas villas».
Así quedó solemnemente publicada y promulgada la gran indulgencia de la Porciúncula, rival por el concurso y la importancia de los más célebres jubileos de la Edad Media. A su misma extraordinaria amplitud se atribuye que ninguno de los primeros biógrafos del Santo de Asís haga mención explícita de ella, ni de las circunstancias que la precedieron. Cuando se cifraba en las Cruzadas la esperanza de la Europa y del cristianismo, sería imprudente e impolítico del todo, según observaban los Cardenales, esparcir el rumor de que los peregrinos de Asís lograban iguales gracias que los palmeros de Jerusalén. Hasta disposiciones de los Concilios vedaban cuanto pudiese en algún modo impedir o dilatar las Cruzadas. Por muchos años, pues, fue sólo conocida oralmente la indulgencia de la Porciúncula, y hasta medio siglo después del tránsito de Francisco no hallamos el primer documento auténtico de Benito de Arezzo, que dice así:
«En el nombre de Dios, Amén. Yo fray Benito de Arezzo, que estuve con el beato Francisco mientras aún vivía, y que por auxilio de la divina gracia fui recibido en su Orden por el mismo Padre Santísimo; yo que fui compañero de sus compañeros, y con ellos estuve frecuentemente, ya mientras vivía el santo Padre nuestro, ya después que se partió de este mundo, y con los mismos conferencié frecuentemente de los secretos de la Orden, declaro haber oído repetidas veces a uno de los susodichos compañeros del beato Francisco, llamado fray Maseo de Marignano, el cual fue hombre de verdad y clarísimo en su vida, que estuvo con el hermano Francisco en Perusa, en presencia del señor papa Honorio, cuando el santo pidió la indulgencia de todos los pecados para los que, contritos y confesados, viniesen al lugar de Santa María de los Angeles (que por otro nombre se llama Porciúncula) el primer día de las calendas de agosto, desde las vísperas de dicho día hasta las vísperas del día siguiente. La cual indulgencia, habiendo sido tan humilde como eficazmente pedida por el beato Francisco, fue al cabo muy liberalmente otorgada por el Sumo Pontífice, aunque él mismo dijo no ser costumbre en la Sede Apostólica conceder tales indulgencias (...)».
Muertos también ya entonces los testigos oculares del suceso, se echó de ver la conveniencia de registrarlo en forma legal y solemne. Al citado testimonio del compañero de San Francisco, Benito, se agregan otros muchos de obispos, canonistas, cronistas e historiógrafos.
No todos saben lo que significa una indulgencia; acaso la mayoría de los católicos lo ignora en parte. Es la parcial o total remisión de las penas temporales que expían los pecados en esta o la otra vida, aun después de la reconciliación entre Cristo y el alma. Anexa va de ordinario a la indulgencia una obra pía: una limosna para construir iglesias, fundar instituciones benéficas, cubrir, en suma, el presupuesto de la fe, de la caridad o del culto. Mas el requisito de la limosna constituye sólo lo exterior y formal de la práctica; lo esencial e interno estriba en la firme voluntad y propósito de renunciar al pecado, en la renovación del espíritu; así lo enseña la Iglesia, declarando el fruto de la indulgencia plenaria proporcionado a las disposiciones del alma que aspira a lograrlo, y de cuyo albedrío depende obtenerlo. Distinguíase la indulgencia del jubileo en que cabía en éste la absolución hasta de censuras o casos reservados enormísimos, exceptuándose la herejía y conmutación de votos, privilegio guardado sólo para los jubileos magnos.
Esto eran espiritualmente las indulgencias; socialmente podemos considerarlas como una manifestación internacional de mayor influencia para el adelanto de los pueblos que nuestras modernas Exposiciones. Difícil es que hoy nos formemos cabal idea de lo que significaba en la Edad Media un jubileo. Abría la Iglesia la fuente de sus gracias a las naciones sedientas, y especialmente a las milicias de la Cruz, aún más pródigas de su sangre que Roma de sus espirituales tesoros. Fueron acaso las indulgencias uno de los medios más potentes de civilización que empleó la gran civilizadora del orbe. Por ellas se comunicaban gentes de remotas comarcas, se establecía comercio activo, se roturaban vías de comunicación y se colgaban puentes sobre los abismos de los senderos de atajo. Por ellas tomaba la cruz el magnate, dejando la ociosidad de su castillo; al paso que con su espada combatía en Oriente, abarcaba su inteligencia nuevos horizontes, y traía en su pupila, al regresar, la luz de aquellas misteriosas comarcas. Con el producto de las indulgencias se edificaban hospitales y hospicios, comprándose además el cáliz y el humilde ornato del templo rural; el dinero bendecido se multiplicaba, bastando para innumerables buenas obras, que sólo puede contar Dios.
Del entusiasmo que en el alma del pueblo despertaban las indulgencias podemos juzgar por las crónicas que refieren el gran acontecimiento que, estremeciendo hasta las últimas fibras de la conciencia de Dante, dio por resultado la Divina Comedia. «El 22 de febrero de 1300 -escribe Ozanam-, publicó el Papa Bonifacio VIII las indulgencias del jubileo para todos los romeros que verdaderamente arrepentidos visitasen por espacio de quince días las basílicas de los Santos Apóstoles». Conmovió el anuncio del perdón a toda la cristiandad. Cruzaron las puertas de Roma hasta treinta mil personas cada día; llegaban así de las salvajes estepas de Ucrania y Tartaria, o de las frías montañas de Iliria, como de las floridas vegas valencianas y cordobesas, llevando los hijos en parihuelas a sus ancianos padres, las mujeres a sus hijos colgados del seno, y siendo las mozas sostenidas por sus hermanos; acampaban en las calles, dormían en los pórticos, comían en el regazo, bebían de las fuentes públicas; el número de romeros se calculó en dos millones. Tan deseadas eran las indulgencias, que aquel gran jubileo se impuso en algún modo a la Iglesia por un plebiscito: el pueblo recordaba tradicionalmente el jubileo de cien años antes, y exigía otro para comenzar el nuevo siglo.
Puede inferirse de aquí cuál sería el concurso a la indulgencia del valle de Asís, gratuita y como ninguna popular. Allí afluían cientos de miles de peregrinos, caravana patriarcal como la de las tribus de Israel en los primeros días de su éxodo: niños, mujeres, familias, aldeas enteras, cobijadas en un seto, bajo de un risco, por todos los rincones del venturoso valle. El jubileo determinaba una suspensión de discordias y luchas: la tregua de Dios. Sitiado Asís en cierta ocasión por las tropas de Perusa, el segundo día de Agosto se interrumpió el ataque, y los Menores perusinos pudieron entrar en la villa para obtener la indulgencia. A despecho de la providencia de Gregorio XV, que hizo extensivo el jubileo de la Porciúncula a todas las iglesias franciscanas del mundo, no menguó la concurrencia a la pequeña población de Asís.
Con respecto a la fecha de la concesión de esta gran indulgencia hay algunas dudas; ateniéndonos a las indagaciones de fray Pánfilo de Magliano, autor reciente y escrupuloso en materias cronológicas, la concesión de la indulgencia corresponde al año 1216, a enero de 1217 la determinación de la misma, y a las siguientes calendas de agosto la solemne publicación y congregación de la Porciúncula por siete obispos.
La víspera del solemne día llamaba a los fieles la Campana de la Predicación, una de las más antiguas y la que tocaba a la indulgencia; se cubría el campo de toldos y enramadas, que hacían fresca sombra, protegiendo contra los calores de agosto, y convidando a ello la hermosura de las noches, acampaban al raso los peregrinos. Al lucir el nuevo sol se verificaba la ceremonia de la absolución, descrita por el divino poeta, bajo el velo de misteriosa y bella alegoría, en el canto IX del Purgatorio (vv. 94-132): Llega el pecador a una puerta recóndita, a la cual conducen tres escalones, de blanco y pulimentado mármol el primero; de una piedra sombría, ruda y calcinada el segundo; el tercero de un pórfido de sangriento color. Son las tres condiciones de la penitencia: confesión sincera, contrición, satisfacción. El ángel, imagen del sacerdote, está sentado en lo alto; tiene en la mano la espada, con la cual toca la frente de los pecadores, al modo que el penitenciario hiere con su varita la cabeza de los peregrinos, que ve de hinojos delante. Empuña el ángel dos llaves, una de oro, otra de plata, símbolos de la autoridad y ciencia sacerdotales; ha recibido ambas de San Pedro; significan el ejercicio de una prerrogativa pontifical. Arrójase a sus pies el pecador, golpeándose tres veces el pecho, y pidiendo misericordia; el rito mismo de la confesión sacramental.
Al abrirse así con las sacras llaves las puertas del cielo, oleadas de bienaventuranza descendían sobre la Porciúncula, una especie de resplandor bañaba sus humildes muros, y en la serena noche del primer día de agosto los frailes en éxtasis veían revolotear por las naves blanca paloma; sobre el altar se aparecía la Madre Virgen, teniendo en su regazo al Niño, cuyas manecitas extendidas bendecían el recinto de paz, según la visión atribuida a fray Conrado de Ofida. Más tarde, para cubrir aquellas murallas toscas y resguardarlas como estuche precioso o joya inestimable, veremos alzarse, por el majestuoso plano de Vignola, las tres soberbias naves y gran rotonda de la Porciúncula actual. Acaso flota aún en su clara atmósfera el aroma de las rosas que abrieron sus cálices puros al contacto de un cuerpo más puro todavía.

[Emilia Pardo Bazán, San Francisco de Asís.
Segunda parte. Madrid, Ed. Pueyo, 1941, págs. 27-39]
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Santa María de los Ángeles o de la Porciúncula - Año Franciscano 2/8/2019

SANTA MARÍA DE LOS ÁNGELES o DE LA PORCIÚNCULA. La ermita de Santa María de los Ángeles, situada en el paraje llamado Porciúncula, a pocos kilómetros de Asís, fue el lugar sagrado preferido por san Francisco. En la ermita y sus alrededores se desarrollaron muchos hechos decisivos de la vida y obra del Santo. Allí comenzó la Orden Franciscana, allí inició santa Clara su aventura evangélica, allí tenían los frailes su casa solariega, allí murió Francisco. Pero antes, en 1216, obtuvo allí de Cristo, por intercesión de la Virgen, el privilegio del «Perdón de Asís» o «Indulgencia de la Porciúncula», confirmado por Honorio III a partir del 2 de agosto de aquel año, renovado y extendido luego por otros papas. En el siglo XVI, para acoger a los numerosos fieles que acudían a lucrar la indulgencia, se construyó el grandioso templo, que alberga en su centro la humilde ermita, declarado en 1909 basílica patriarcal. Las condiciones para ganar la indulgencia son: visitar una iglesia franciscana, rezar un padrenuestro y un credo, confesar y comulgar y orar por las intenciones del Papa.- Oración: Concédenos, Señor, por intercesión de la Virgen, Reina de los Ángeles, que participemos como ella de la plenitud de tu gracia. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.